Dos ceros más grandes que un estadio de fútbol. Instituto e Independiente firmaron uno de esos partidos de los que hacen doler los ojos. Ambos viven momentos delicados, por algunas cuestiones en común -escasez de juego y de triunfos- y otras agregadas en el caso del Rojo, y durante 90 minutos se encargaron de ratificar que todo tiempo pasado fue mejor.
La bronca y la rabia pueden ser motores para generar reacciones positivas; la incertidumbre y la impotencia, en cambio, son una especie de nebulosa que distrae la mente y difumina la mirada. Los gritos de enojo de la hinchada propia alteran el ánimo y encienden un nivel de ansiedad inconveniente para pensar y no pasarse de revoluciones. La incapacidad suficientemente reconocida de quien está a cargo de llevar las riendas de un partido tiene el demérito de sacar de las casillas al más pintado.
Con semejantes ingredientes, cualquier pretensión de equilibrio emocional tiene todos los boletos para naufragar ahogado por un manojo de nervios a flor de piel, dentro y fuera de la cancha. Y como era de esperar, sucedió lo que era fácil de vaticinar: un choque con más adrenalina que fútbol, y más polémica y discusiones que juego.
La interrupción de la revancha ante Universidad de Chile que tantas páginas ha llenado desde el miércoles 20 y la postergación del encuentro frente a Platense el fin de semana pasado desconectó a Independiente de lo deportivo para trasladar su interés y su cabeza a lo que vaya a decidirse en los despachos de la Conmebol. La pregunta era obvia: ¿Qué equipo pisaría el césped de Alta Córdoba? ¿El que a fuerza de temperamento había neutralizado la ventaja inicial de la U chilena e incluso anduvo rondando un par de veces la posibilidad de igualar la serie en aquella noche nefasta? ¿O el conjunto insulso que sumaba siete partidos sin triunfos?
Los primeros pantallazos sembraron la impresión de que iba a prevalecer la segunda opción: tres pelotas divididas ganadas de manera consecutiva por los jugadores locales más algunos fallos en la marca y la salida del lado visitante presagiaron para los de Avellaneda una noche más negra que la camiseta alternativa utilizada por el Rojo. Hasta que Luciano Cabral consiguió hacerse amigo del balón por un rato, y a partir de su habilidad en el toque corto y la pisada, los dirigidos por Julio Vaccari dieron la sensación de ser superiores en la elaboración, aunque sin completar nunca con la creación de una auténtica sensación de riesgo para volver luego a la intrascendencia.
Enfrente, Instituto no presentaba un semblante mejor. Tres derrotas y dos empates en los últimos partidos sembraban la inquietud en sus filas, y la gente de la Gloria no se privó de demostrar su malestar desde antes del silbato inicial.
Para completar el panorama, un árbitro como Luis Lobo Medina, que carga sobre su espalda la mochila de la sospecha por sus actuaciones acusadas de parcialidad, y de bajo nivel para dirigir en la categoría superior. Sobre lo primero podría quejarse Independiente, perjudicado porque un planchazo de Juan Franco a la rodilla de Facundo Zabala mereció solo una tarjeta amarilla a 7 minutos del inicio; porque cuatro infracciones muy duras de Francis Mac Allister (la última sacó del campo a Felipe Loyola, a quién empujó contra los carteles de publicidad) acabaron con idéntica sanción, y porque le dio impunidad al local para reiterar las faltas como herramienta defensiva. Sobre lo segundo, no quedaron dudas desde que empezó a rodar la pelota. Su acumulación de errores en acciones evidentes y su extraño manejo de las tarjetas lo convirtieron en protagonista por el camino del absurdo.
El combo dio como resultado un partido de encefalograma plano. No logró mejorar ni un gramo su imagen Independiente, siempre proclive al fallo y el desacople atrás; carente de imaginación y resolución adelante, incapaz hasta de capturar algún rebote suelto de los varios que flotaron en el área rival en los primeros instantes de la segunda mitad.
Enseñó todas sus limitaciones Instituto, cuya suerte parece depender exclusivamente de lo que pueda inventar Gastón Lodico cuando se suelta y busca posiciones ofensivas, tal como ocurrió en el cuarto de hora final, cuando estuvo más cerca de quedarse con los puntos (Jonás Acevedo tuvo la más clara a los 38).
No gana el Rojo desde que empezó el torneo; no levanta cabeza la Gloria para desesperación de sus hinchas; continúa demostrando su ineptitud con el silbato Luis Lobo Medina. Para rematar su noche negra, el árbitro cobró falta de Rey, el arquero visitante, por tomar la pelota con las manos fuera de su área en la última jugada del partido, pese a que la imagen de TV mostró que no había tal infracción. Era un tiro libre muy peligroso para Instituto, pero de repente… Lobo Medina terminó el partido, sin que se ejecutara la falta.
Enseguida, un jugador local dijo en la transmisión de TV que al juez le habían avisado desde el VAR sobre su error en la sanción, y para no exponerse a un gol, tomó la decisión de finalizar el juego. Más que dos errores, dos horrores: el VAR no puede intervenir en una jugada así, y el árbitro no debe hacer lo que hizo para sacarse el problema de encima.
El fútbol nuestro de cada día sigue repartiendo bostezos y discusiones.