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El Boca campeón de 2007: domó egos, le dio vuelo a Riquelme y se sentó en la mesa de los grandes

Última actualización: octubre 8, 2025 14 Lectura mínima
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Cuando se oficializó la salida de Alfio Basile de Boca para llegar al seleccionado argentino por segundo período, en agosto de 2006, los dirigentes xeneizes, entonces liderados por Mauricio Macri, pensaron en Jorge “Ruso” Ribolzi, que era asistente de Coco, para conducir al plantel hasta diciembre de esa temporada. Sin embargo, Ribolzi quedó descartado luego de ser desautorizado por el propio Diego Maradona, que era vicepresidente del fútbol profesional. El astro pensó en otro ruso… en realidad, en Miguel Ángel Russo.

Sin embargo, Miguel, de 50 años, tenía vínculo vigente con Vélez Sarsfield. Entonces, los dirigentes del club de la Ribera apostaron por Ricardo La Volpe, que llegaba desde México. Basile había dejado un equipo que funcionaba a la perfección y que se acercaba al primer tricampeonato de la historia del club… pero La Volpe tomó bruscas decisiones, pegó volantazos, el grupo colapsó y Estudiantes terminó celebrando el título en el Apertura 2006, a mediados de diciembre, tras imponerse 2-1 en el desempate. La Volpe renunció y, al final, algunos meses después de lo querido, llegó Russo, el técnico que había pedido Maradona.

La alegría de Miguel Ángel Russo durante la temporada 2007, en la que alcanzó la gloria con BocaItsuo Inouye – AP

Russo, cuya primera experiencia como técnico había sido en 1990 en Lanús, arribó a Boca envalentonado por su valioso trabajo en Vélez, donde había sido campeón como DT por primera vez en la Primera División (en el Clausura 2005), alcanzado las semifinales de la Copa Sudamericana de esa misma temporada y los cuartos de final de la Copa Libertadores de 2006. Además, Miguel desembarcó en Brandsen 805 con el aval de su amigo Basile.

Hombre de café y charlas hasta la madrugada, amigo de los discursos medidos (nunca se despegó de la muletilla “son momentos, son decisiones”), se fue adaptando poco a poco al eléctrico y demandante escenario xeneize, donde cada movimiento de piezas se observa con lupa. Uno de sus primeros desafíos fue lograr armonía en un vestuario que tenía conflictos y pesos pesados como Juan Román Riquelme, Martín Palermo, Guillermo Barros Schelotto, Hugo Ibarra… Discípulo de Carlos Bilardo y de la escuela de Estudiantes (algo que lo enorgullecía), Russo tuvo muñeca para domar egos y enamorar a (casi) todos por igual. Tuvo buen oído, ofreció libertades y apretó clavijas en forma equilibrada. Fue construyendo meticulosamente su estrategia. Algunos podían esperar fórmulas mezquinas, pero el hombre nacido en Villa Diamante (Valentín Alsina, en el partido de Lanús) le dio una fisonomía particular al juego de Boca, muy ofensivo y al compás de un Riquelme sensacional, que se había incorporado a préstamo (tras un pago millonario) desde Villarreal.

Riquelme regresó a Boca en febrero de 2007 y un par de meses después se consagró campeón de la Copa Libertadores; fue la figura ante Gremio, en la finalEFE

El Boca de 2007 que terminó ganando la Copa Libertadores (la última de la historia xeneize) tenía un esquema de 4-3-1-2, con laterales que pasaban al ataque constantemente (Ibarra por la derecha y Clemente Rodríguez por la izquierda), un central con presencia como el Cata Díaz y otro zurdo como el paraguayo Claudio Morel Rodríguez. Un N° 5 de juego como Ever Banega, mediocampistas interiores que llegaban al gol, como Pablo Ledesma y Neri Cardozo (también ingresaba como recambio Jesús Dátolo). De enganche, Riquelme, y arriba, uno por afuera (el bahiense Rodrigo Palacio) y otro por adentro (Palermo). El arquero era Mauricio Caranta, que terminó siendo clave.

Russo apostó a “un equipo de memoria” para pelear los dos frentes y sólo al final del torneo Clausura hizo la rotación (el campeonato lo ganó San Lorenzo, con 46 puntos; Boca, segundo, terminó con 39). Más allá del triunfo 2-0 ante Gremio en Porto Alegre, en el desquite de la final de la Libertadores, el 20 de junio en el estadio Olímpico, Boca hizo la diferencia de local, donde ganó seis de los siete partidos de la Copa (el restante lo empató) y anotó 21 goles.

El presidente argentino Néstor Kirchner recibió al plantel de Boca tras la conquista de la Libertadores 2007: en la imagen, Russo, Maidana, Carante, Boselli y, sentado, Palermo JUAN MABROMATA – AFP

El de Russo en 2007 fue un equipo que podía desequilibrar con un juego directo o triangulaciones elaboradas, con un gol de contraataque (Palacio, antes de emigrar a Europa, era una flecha) o uno de pelota parada, a partir de la exquisita pegada de Riquelme. Defensivamente achicaba y muchas veces defendía mano a mano con Díaz y Morel Rodríguez. A veces la performance bajaba de visitante, pero el cimbronazo en el desafío final rompió con todo. Russo entró en la historia y se sentó a la mesa grande con el Toto Lorenzo y Carlos Bianchi, los únicos técnicos en Boca que alzaron el trofeo continental.

“Es el logro más importante. Es algo que todos desean y muy pocos consiguen. No es fácil lograrlo, pero a mí me tocó”, celebró el entrenador.

Riquelme fue el mejor jugador del año, absorbiendo la presión y siendo el goleador. Desde el Mundial de México 1986, quizás, que un solo jugador no era tan determinante para la conquista de un título como lo fue Riquelme en ese Boca 2007. El promedio de calificaciones del número 10, según LA NACION, fue de 8,09 en la Copa Libertadores. En esa etapa de oro, Russo y Riquelme construyeron una conexión que luego tendría otros capítulos.

Riquelme dejó Boca en el segundo semestre de 2007: se le terminó el préstamo y debió volver a Villarreal. Como enganche llegó Leandro Gracián, a quien Russo había dirigido -con éxito- en Vélez. Boca no estuvo a la altura en el campeonato local, el Apertura, que ganó Lanús, con 38 puntos (el equipo xeneize, con 31 unidades, quedó cuarto). Claro que el gran estímulo del segundo semestre fue el Mundial de Clubes, en Japón, al que Boca se clasificó por haber ganado la Copa Libertadores.

Por aquellos días, los periodistas que cubríamos el día a día de Boca, podíamos encontrar a Russo en el predio de Casa Amarilla o, fuera del trabajo, en el Café París, de las calles España y Gorriti, en el centro de Lomas de Zamora. Allí paraba muchas tardes/noches y compartía largas charlas de fútbol, política y de la vida en general con sus amigos. Miguel supo vivir en los 80 y 90 en esa localidad del conurbano bonaerense y hasta dirigió a Los Andes. Después del triunfo ante Gremio en Porto Alegre, por la final de la Copa, Boca volvió de madrugada a Buenos Aires y, esa misma tarde del jueves 21 de junio, Russo apareció en el café para abrazarse con sus amigos.

Allí mismo recibió a LA NACION el 6 de septiembre, cuando ya pensaba en el viaje a Japón, para el Mundial. “Siempre pide un café, medio whisky J&B y un platito con cinco aceitunas”, contó el mozo de siempre. “Este lugar es folklore puro. Acá me despejo, me ayudan a reírme mucho. Es lindo tener un lugar. Hace más de 20 años que vengo”, le comentó Russo a este diario. Y confesó sobre el poco tiempo libre que tenía en esos días: “No tengo mucho tiempo, no voy al cine, no voy al teatro, pese a que me gusta mucho. No me dan los tiempos, siempre hay algo, pero bueno, es una etapa importante en mi vida”.

Miguel Ángel Russo, con LA NACION, en un café de Lomas de Zamora, tras ganar la Copa Libertadores y antes de viajar al Mundial de Clubes en Japón Archivo

En el mismo reportaje apuntó que ya estaban “coordinando los viajes, hoteles, vuelos” y que, así como “ellos” (se refería a los integrantes del Milan, el gran rival que llegaría en Asia), buscaban información de Boca, “nosotros ya estamos viendo todo. Yo leo La Gazzetta dello Sport. Sabemos que para llegar bien a diciembre el camino debe ser bueno a nivel resultados, rendimientos, formas… Japón es el objetivo más alto”.

Sin embargo, antes del viaje, hubo traspiés del equipo y se empezaron a producir cortocircuitos entre el cuerpo técnico y la dirigencia, que tenía a Pedro Pompilio como presidente. Es más: antes del Mundial se empezó a rumorear que la estadía de Russo en Boca dependía de la tarea del equipo en Japón.

Ya sin Riquelme, el equipo no pudo pisar fuerte en Japón. En Tokio, el 12 de diciembre, el equipo xeneize derrotó con esfuerzo a Étoile Sportive du Sahel, de Túnez. Pero en la final, cuatro días más tarde, en Yokohama, perdió por 4-2 con el Milan de Carlo Ancelotti. Fue un mazazo para el Mundo Boca.

“Vengo de 40 horas de viaje, no voy a hablar nada. Voy a hablar con los dirigentes… No me acorralen que tengo libertad”, expresó Russo al llegar al aeropuerto de Ezeiza. A esa altura ya se sabía que la dirigencia le ponía condicionamientos para continuar. ¿Cuáles? La separación de Guillermo Cinquetti y Marcelo Trobbiani, dos de sus colaboradores más directos. El sentido común indicaba que el DT no lo aceptaría y que daría un paso al costado. “Salió campeón de América y, además, peleó y estuvo cerca de ganar el torneo local. Mejor trabajo que hizo él es muy difícil lograr. Tiene que seguir”, opinó, en esas horas, Bilardo.

Russo, en Tokio, junto con el PF Guillermo Cinquetti, a quien el presidente Pedro Pompilio quiso separar, algo que no aceptó el DT y se marchó KATSUMI KASAHARA – AP

Pompilio se puso al frente de las negociaciones con Russo. Uno de los supuestos pedidos que le hizo al DT fue el de tener más compromiso con las divisiones inferiores y utilizar a los jóvenes talentos con más frecuencia (durante su año de trabajo en el club, Russo hizo debutar pocos juveniles en la máxima categoría; el más importante fue Banega). Pompilio, además, habló de un nuevo método de trabajo: incorporar un preparador físico que dependiera del club. ¿Lo habría hecho si el equipo hubiera sido campeón en Japón? Seguramente, no.

En 2007, Russo tuvo una cuenta pendiente en los superclásicos: en la imagen, en el Monumental, tras la victoria millonaria por 2-0MARIANA ARAUJO

Durante esa temporada, además, Russo tuvo una cuenta pendiente en los superclásicos con River. Perdió los dos amistosos del verano, 2-0 en Mar del Plata y 6-5 por penales en Mendoza; empató 1-1 en la Bombonera por el Clausura (en abril) y perdió 2-0 en el Monumental, por el Apertura (en octubre).

Antes de la Navidad, Russo renunció al club al no aceptar las imposiciones de la dirigencia. Así terminó la historia luego de una temporada con mucha acción: en cinco competencias logró 30 triunfos, 12 empates y 14 derrotas, con 102 goles a favor y 56 en contra. En su lugar asumió Carlos Ischia, recomendado por Bianchi. Más allá del desprolijo final, en esa temporada Russo se ganó un lugar de privilegio en la historia xeneize.


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