Estados Unidos abrió un complejo interrogante a partir del ataque contra Venezuela que se coronó con la extracción del autócrata Nicolás Maduro y su mujer, llevados a territorio norteamericano y entregados a la justicia. La operación, por el potencial militar involucrado, tenía una garantía de eficiencia. Hacia adelante, sin embargo, se montan dudas que no son menores.
El país quedó en lo inmediato en manos de los líderes chavistas y especialmente de los jerarcas militares. Las declaraciones combativas de esos sectores, puede interpretarse a partir de una necesidad inmediata de marcar poder. Es claro para quien haya seguido la situación política del país caribeño, cualquier cosa hacia adelante deberá incluir a buena parte de estas fuerzas que rodearon al poder bolivariano. La transición necesariamente deberá ser negociada y es posible que deba incluir un nuevo llamado a elecciones. Pero ¿qué habrá entremedio?
Hay otra mirada que importa. Los comicios presidenciales de julio del año pasado expusieron con claridad que el chavismo paso a ser una minoría en Venezuela. El gran mérito de la oposición encabezada por María Corina Machado fue exhibir las actas, que no pueden ser falsificadas, que probaban una victoria contundente por una diferencia en torno a los 30 puntos del diplomático Edmundo González Urrutia.
El régimen evitó, como se sabe, documentar lo que luego la Corte alineada con el poder, determinó como la victoria de Maduro. Ese comicio dejó en claro una extendida disidencia, incluso en las bases de las fuerzas armadas, que ayudó a la oposición a reunir miles de esas actas. Un ejemplo nítido de un pueblo exhausto y harto del madurismo, aunque reivindique al líder muerto que creo el experimento bolivariano, Hugo Chávez.
Analistas ligados a esa misma oposición temían, sin embargo, que la ofensiva militar de Donald Trump causara un efecto contrario galvanizando el conocido nacionalismo venezolano. Un colega, que por cierto no permite ser nombrado, le dijo a este cronista que “una cosa es echar a este individuo y sus cómplices, pero otra es que te bombardeen para expulsarlo. Estos tipos se agrandaron desde que comenzó la ofensiva en el mar”.
No es nuevamente claro si el ataque provocará el efecto inverso que teme el periodista caraqueño, pero no debería ser descartado. Tampoco una profunda división en el país. Recordemos que cuando Bill Clinton bombardeo en 1999 la ex Yugoslavia para derribar al genocida Slovodan Milosevic, la gente en su conjunto salió a repudiar los ataques y la incursión terminó en un fracaso. Meses después fue el pueblo de ese país el que echó al tirano que acabó juzgado en La Haya.
Es frágil, además, el argumento norteamericano para el procedimiento. Maduro será juzgado en Estados Unidos por narcotráfico, la principal acusación que se labró en su contra. Pero Trump acaba de perdonar ampliamente a un poderoso narco que ingreso 500 toneladas de cocaína a Estados Unidos, donde fue juzgado y condenado a 42 años de prisión, el ex presidente de honduras, Juan Orlando Hernández.
Ese gesto, que sorprendió a los fiscales norteamericanos que dirigieron ese proceso e incluso a la propia cancillería estadounidense, derribó la bandera de la lucha contra el tráfico de drogas, un negocio que los especialistas estadounidenses sostienen que Venezuela cumple un papel menor.
Trump, que piensa en términos no necesariamente modernos, desde su primera presidencia, cuando encaró una ofensiva para derribar al régimen chavista, había señalado la importancia objetiva de la enrome riqueza petrolera y minera de Venezuela, que además esta literalmente, remarcó, a un paso geográfico de Estados Unidos. Ese interés necesariamente sobrevolará este episodio contaminando algún discurso.
Para la región lo sucedido es un umbral complejo hacia una geopolítica diferente. Significa un antecedente radical de hasta dónde está dispuesto a ir Estados Unidos sobre las huellas de su propia historia cuando invadió Panamá en 1989/90, Santo Domingo en 1965 o Guatemala en 1954 entre otros escenarios del viejo “gran garrote”.
Implica un paso dominante sobre el “patio trasero”, donde todo a partir de ahora puede ser posible, en el peor de los casos si algún gobierno disgusta a Washington. Un alerta grave a Cuba o Nicaragua, no a otras autocracias aliadas Pero también enciende una luz inquietante para Canadá, Panamá o Groenlandia, donde en medio de estos avances sobre Venezuela, el líder de la Casa Blanca marco con claridad sus intereses anexionistas.

