La intervención armada estadounidense en Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro se mira desde Europa con una derivada propia. El presidente estadounidense Donald Trump lleva tiempo diciendo que quiere hacerse con Groenlandia, que “tiene que tener” esa isla en el Ártico por motivos de seguridad nacional y hasta nombró en Navidad a un representante especial con la misión de anexionar Groenlandia a Estados Unidos.
Lo que durante un tiempo se veía como una bravuconada empieza a estudiarse en serio en los cuarteles diplomáticos y militares europeos. “En realidad Trump no es imprevisible -cuenta un diplomático europeo- pues basta seguir lo que dice para saber lo que va a hacer. Está cumpliendo sus promesas, aunque esas promesas nos parezcan barbaridades imposibles de hacer por parte de países democráticos”.
La captura de Maduro repite en parte la de Manuel Noriega en Panamá por parte del primer presidente George Bush. O la intervención ordenada por Ronald Reagan en la isla caribeña de Granada. Pero Groenlandia, que este fin de semana aparecía en redes sociales pintada con la bandera estadounidense en un post de la esposa del director de Gabinete de Donald Trump, es una cuestión diferente.
Las intervenciones de Estados Unidos en América Latina han sido para derrocar a gobernantes, a través de su captura o fomentando golpes de Estado, no para anexionarse territorios desde que usurpó la parte norte de México. Hacerse con Groenlandia tendría otro significado a nivel geopolítico.
La isla, la segunda mayor del planeta después de Australia, es de soberanía danesa, aunque tenga un estatus de autonomía (como tienen los lander alemanes o las comunidades autónomas españolas) y gestione internamente sus políticas.
Nunca ningún país reclamó su soberanía a Dinamarca y Estados Unidos la ha usado como base militar desde la Segunda Guerra Mundial. Ahora tiene en ella, en la base de Thule, uno de sus más importantes centros de detección de lanzamiento de misiles, herencia de la Guerra Fría para vigilar eventuales lanzamientos de misiles soviéticos.
Trump alega que rusos y chinos tienen intenciones en Groenlandia, pero hoy en día quien tiene soldados en la isla es Estados Unidos, mientras Beijing y Moscú no tienen ni un consulado.
La situación geográfica de la isla y la capacidad militar de Dinamarca hacen que Groenlandia esté prácticamente indefensa. Si Estados Unidos quiere tomarla por la fuerza los daneses poco podrán hacer. Pero en Europa se rompería del todo la relación con Estados Unidos, que ha marcado la política global desde la Segunda Guerra Mundial, porque Washington se habría apoderado por las armas de un trozo de un país europeo.
Los tratados de la Unión Europea incluyen una cláusula de defensa mutua como el tratado de la OTAN. No se escribió pensando en Estados Unidos sino en Rusia, pero aplica a cualquier país externo al bloque. Si un país de la Unión Europea, como Dinamarca, es atacado por un tercer país, todos los demás le deben asistencia “por todos los medios”, también militar.
Nadie imagina una armada europea navegando hacia Groenlandia para atacar al ocupante estadounidense. Europa estaría ante unos hechos consumados a los que debería responder con medidas políticas.
Las normativas europeas más antiguas, o las preparadas desde que Rusia lanzó su agresión militar contra Ucrania en febrero de 2022, dan mucho margen de maniobra. El problema no es de ideas, el problema es que los dirigentes europeos parecen estar noqueados, pensando que cualquier pelea con Washington les privará del paraguas de seguridad estadounidense.
Porque muchos todavía creen, a pesar del comportamiento de esta Administración estadounidense y de las declaraciones del propio Donald Trump, que Estados Unidos todavía los protegería de un ataque ruso.
La Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump señala a Europa como su principal adversaria en el planeta e insinúa que Washington estaría feliz en un mundo de esferas de influencia a repartir con China y en parte con Rusia. Europa sería parte del botín de los grandes.
Pero ideas sí hay y empiezan a moverse entre analistas de centros de estudios políticos, diplomáticos y altos funcionarios europeos. Y pasan por una larga lista de medidas de represalias y disuasión, desde aranceles hasta impuestos especiales y expulsión del mercado europeo a empresas estadounidenses, pasando por ventas masivas de la deuda del Tesoro estadounidense, sanciones a individuos y, en último término, la expulsión de las tropas estadounidenses de Europa y el cierre de sus bases militares, que tienen más de 80 años.



