Ganar es zafar. Perder es la vergüenza. El sol saldrá para todos, pero apenas termina el partido, la sensación es que algunos recibirán sólo oscuridad. El día siguiente comienza con otro gusto si el resultado fue una derrota. El cuerpo lo sabe. No es equitativo: la distancia va desde el alivio, no el placer, hasta la bronca. Es lo que entrega el final y lo que se advierte durante. Allí cuando se escucha el movete y dejá de joder, el sonido ambiente de todas las tribunas. La canción que no hostiga como otras, pero marca la cancha. Porque hoy no podemos perder.
Barracas había recibido un gol de River y se escuchó el himno; se repite, Barracas y su plantel de mediana jerarquía perdía contra River, sus jugadores de selección y sus refuerzos caros. Era la primera fecha. Lo mismo sucedió en Argentinos, incluso un equipo con quien su gente está identificada, cuando no podía quebrar en superioridad numérica a Sarmiento. Y también ese fin de semana Central, armado nuevamente para pelear, terminó silbado porque se le escurrió el resultado favorable contra Belgrano. Ya en la tercera fecha hubo varios que se fueron reprobados al vestuario: Banfield en el entretiempo (de un partido que luego ganaría), Independiente, Atlético Tucumán. Un detalle: ninguno perdió. Pero el empate no alcanza.
Un técnico confía en la intimidad: “No sabés lo lindo que es el fútbol… de lunes a viernes”. Otro se anima a ponerle firma: Pedro Troglio, que reconoce ser “un adicto a este fútbol”. El tema le encanta; básicamente, es un apasionado. Sabe que el contexto está equivocado, pero se incluye. Incluso cuenta que en el entretiempo de este último partido, en ese momento 0-1 ante Estudiantes de Río Cuarto, entró en el vestuario a los gritos, “como si a los jugadores les hubiese faltado actitud, contagiado de lo que bajaba de las tribunas y en realidad, todo se define por el estado de ánimo”. Es cierto, las circunstancias puntuales de un partido pesan más que el enfoque previo. Todos arengan, los que ganan y los que pierden. En el medio, el fútbol se mueve hacia donde quiere.
Omar de Felippe, que pasó por momentos de verdadera tensión en su vida, dijo en la semana en ESPN: “Me cuesta procesar la derrota”. También en estos días Leonardo Carol Madelón, después del 4-0 de su Unión a Gimnasia de Mendoza, abrió la conferencia de prensa diciendo que “hacía mucho que no vivía sentado los últimos 20 minutos de un partido. Nosotros siempre estamos condicionados hasta el final”. El director técnico, enroscado en su presión, tiene que quitársela a sus jugadores. Escuchen lo que les digo, no miren lo que hago.
La siguiente es una sensación, difícil de comprobar más que por referencias personales, por contrastar recuerdos y medir reacciones actuales en los estadios: antes la resistencia de los hinchas a sus jugadores era una excepción; hoy es una norma. Siempre será preferible jugar de local que de visitante, pero las quejas de los propios se sienten más que la hostilidad de los ajenos. Quien lea esta columna y vaya frecuentemente a un estadio reconocerá que, entre los equipos cambiantes y los doce suplentes en vez de los escasos cinco de otras épocas, sucede seguido que no se sepa quién es el que está por entrar. Aun así, se viralizó en las redes la descripción de un hincha de Aldosivi de Mar del Plata previo al debut, ya presentados los 14 refuerzos del plantel: “Todavía no sé los apellidos de todos, pero los tengo que aprender para tener a quién putear”.
Un posible resultado negativo del equipo potencia las desventuras personales de un hincha. Ser los responsables del humor de la gente puede ser una bendición. O un padecimiento. Y la cancha ya no es el único lugar donde hacer llegar el cariño o el descontento. Las redes sociales son el canal más directo. A los entrenadores les preocupa el tema. Saben que un comentario crítico, dependiendo de la personalidad del futbolista y sobre todo de su edad, puede pesar más que una decena de elogios.
El mensaje periodístico contribuye, obvio. No podemos sacar los pies del plato. Las consecuencias de la derrota duran una semana; las de una victoria son más cortas. En los medios audiovisuales se generalizó la tendencia del micrófono ofrecido a los hinchas en la salida del estadio. No está mal, ¿quién puede arrogarse la exclusividad de la opinión futbolera? El problema es el momento: allí brotan más emociones que razones.
No hay soluciones en el texto. O sí, aunque sabidas, probablemente obvias, con la intención de no caer en lo solemne. El fútbol fue, es y será un ámbito de pasión. Lo ideal sería encontrar el punto medio entre un fútbol desabrido, que no nos representaría ni formaría personalidades ganadoras entre jugadores, y el histérico actual, que impide desarrollar potenciales. Recientemente, a propósito de la exigencia que pesa sobre Real Madrid en cada partido, Jorge Valdano escribió que se trata a la vez de una “pesada condena y del principal motivo de su competitividad”. Es decir, al Madrid le pesa pero también lo empuja. El punto sería establecer una analogía. ¿Dónde termina la inyección que estimula? ¿Dónde empieza la presión que hunde? Es más fácil imaginar una respuesta en la soledad de la escritura que responderlo en la tribuna, al calor de la multitud.



