Europa y Estados Unidos miden este fin de semana la profundidad de la fosa atlántica que Donald Trump abrió con su amenaza de tomar por la fuerza la isla danesa de Groenlandia y lanzando una guerra comercial contra los europeos.
Los principales dirigentes de la Unión Europea se dan cita desde este viernes y hasta el domingo en la Conferencia de Seguridad de Múnich, un evento que lleva décadas celebrándose en la ciudad bávara y que ha ganado importancia desde el ataque ruso a Ucrania y la vuelta del magnate republicano a la Casa Blanca.
El año pasado, el vicepresidente estadounidense JD Vance dejó estupefactos a los europeos con un discurso de tintes racistas en el que los acusaba de permitir inmigración sin control y de evitar con formas no democráticas que los partidos de ultraderecha, que son los que quieren destruir la Unión Europea, llegaran al poder.
La situación cambió. Los europeos ya no se verán sorprendidos. Y Washington debería bajar al menos el tono retórico, aunque en el fondo no cambie su discurso, porque en Múnich se espera este sábado al secretario de Estado Marco Rubio, más diplomático que Vance. También porque la relación con Estados Unidos no ha hecho más que deteriorarse entre amenazas.
La última pedrada estadounidense fue la de enviar de gira a Europa a la número dos de Rubio para contactar con centros de pensamiento que ayuden a los partidos ultraderechistas a cambio de financiación estadounidense.
La reunión de Múnich empezó con Alemania dejando claro que la relación está en cuidados intensivos. El jefe de gobierno Friedrich Merz, anfitrión, abrió las jornadas pidiendo trabajar para mantener la relación con Washington: “No me convence cuando se pide que Europa renuncie a Estados Unidos como aliado”. “Juntos somos más fuertes”, añadió.
Pero Merz también hace un análisis realista: “El viejo orden mundial ya no existe”. El alemán pide una “refundación” de la OTAN que dé más peso a los europeos. Y anunció, como ya se había comunicado hace semanas, que está negociando con Francia que el arma nuclear francesa sea el paraguas de seguridad de la Unión Europea.
Marco Rubio, en unas cortas declaraciones a la prensa después de reunirse con su homólogo chino, vino a darle la razón a Merz: “El viejo mundo ha desaparecido. Vivimos en una nueva era geopolítica, y exigirá de todos nosotros que reexaminemos cómo serán las cosas y cuál será nuestro papel”. Rubio aprovecha esta visita para visitar a los dos dirigentes más a la ultraderecha ahora mismo, dos aliados de Moscú, “dos caballos de Troya”, como dice un diplomático escandinavo: el húngaro Viktor Orban y el eslovaco Robert Fico.
El presidente Emmanuel Macron cerró la primera jornada diciendo que “Europa tiene que convertirse en una potencia geopolítica. Tenemos que reducir nuestras dependencias a través de políticas que den preferencia a lo europeo. Y tiene que ser para la inteligencia artificial, la computación en nube, los minerales críticos, las tecnologías limpias, las industrias de defensa y el diseño de nuestros armamentos. En cualquier sector en el que tengamos sobre dependencias, tenemos que eliminar riesgos a nuestro modelo y apoyar la preferencia europea”. Macron apunta al “Buy European” que los gobiernos del bloque están ultimando.
El francés también trató del arma nuclear para decir que dará “más detalles” sobre cómo el arma francesa puede contribuir a la seguridad europea durante un futuro discurso sobre la doctrina nuclear francesa.
Macron no siguió los pasos de Merz defendiendo la importancia de la relación entre Europa y Estados Unidos. El francés, que es el único líder que en los últimos años ha enviado un emisario a Moscú, dijo que Europa no debe “ceder ante Rusia, sino incrementar la presión”. Y que los europeos, también los de fuera de la Unión Europea, deben crear una nueva arquitectura de seguridad para el continente. Es su forma diplomática de rechazar que sean actores ajenos a Europa, como los estadounidenses, los que fijen los marcos del futuro europeo.
Múnich sirve para medir el estado de la relación y, escuchando a los europeos, se para confirmar si ya despertaron al nuevo mundo sin el aliado tradicional estadounidense. La situación en Múnich, según fuentes de la Comisión Europea y de un gobierno que espera pocas amabilidades desde Washington, será diferente: la misma desconfianza, pero también una posición europea más clara a la hora de defender sus intereses. Si en Davos el portavoz de la resistencia contra Donald Trump fue el primer ministro canadiense Mark Carney, en Múnich se espera escuchar ya a los principales dirigentes europeos con discursos que rechacen las políticas estadounidenses. Merz y Macron fueron conciliadores. Este sábado aparecerán el británico Keir Starmer y el español Pedro Sánchez.
Europa también perdió el miedo en otros asuntos. Aunque sigue dependiendo en parte de Estados Unidos para su defensa, ha dado pasos de gigante para recortar esa dependencia. Desde el año pasado los europeos sostienen sin un dólar de Washington el esfuerzo de guerra ucraniano y la financiación de su economía. Las industrias militares europeas despertaron y están aumentando rápidamente su producción. El bloque, además, disparó el gasto militar.
Los europeos argumentan que la ruptura no es circunstancial, que la relación no volverá a ser la misma después de Trump. Porque Trump, y lo que Europa entiende que es una deriva ultraderechista del Partido Republicano, no es una circunstancia puntual y puede volver a ocurrir. El cambio es estructural y no es solamente que Europa esté ante un líder imprevisible, brabucón y que insulta, sino ante una transformación profunda en la forma en que Estados Unidos se mueve en el mundo y el respeto que tiene al Derecho Internacional y al multilateralismo.
Los europeos intentan contener daños. Por eso lanzaron maniobras militares en el Ártico, para mostrar a Trump que se preocupan por la seguridad de Groenlandia. Pero no van a ceder en todo, por eso siguen con su avance contra las plataformas tecnológicas de los amigos de Trump y que trabajan contra la Unión Europea.



