La paz y el alivio momentáneo que parecieron traer en Boca el triunfo sobre Gimnasia Chivilcoy por la Copa Argentina, con el doblete de Adam Bareiro que renovó la ilusión de los hinchas y le permitió ganarse un lugar tras confirmarse una nueva lesión de Edinson Cavani, se diluyó en cuestión de días. Apenas 96 horas después de aquella victoria en Salta, el equipo de Claudio Ubeda volvió a quedar en deuda en el Apertura y otra vez se fue silbado: empató 1 a 1 con Gimnasia de Mendoza, uno de los recién ascendidos, y el clima del final anticipa jornadas agitadas, con el técnico nuevamente bajo la lupa.
Boca volvió a ser un conjunto de voluntades arrojadas a la cancha. Si incluso con Leandro Paredes el equipo ya exhibía problemas en la generación, su ausencia los dejó todavía más expuestos. El cambio de esquema no alcanzó para corregir ese déficits ni ordenar el funcionamiento. El 4-2-3-1, con Santiago Ascacibar y Milton Delgado en la contención y Miguel Merentiel suelto detrás del paraguayo Bareiro, tampoco ofreció soluciones. No solo por la escasa conexión entre líneas, sino, sobre todo, por el bajo rendimiento de los intérpretes.
El Ruso, refuerzo estrella de este mercado, sigue lejos de aquel volante polifuncional y con llegada que fue referencia en Estudiantes; Williams Alarcón aún no encuentra su lugar en el equipo; y Lucas Janson acentúa cada vez más la falta de Exequiel Zeballos.
En ese contexto, el principal recurso ofensivo volvió a ser la proyección de Lautaro Blanco. Con aciertos y errores, fue el único en generar algo distinto desde el costado. Si sus trepadas no terminan en centro —como en la jugada del gol—, al menos provoca un córner, un lateral que empuja al equipo unos metros más o una infracción cerca del área. Demasiado poco para un equipo que necesita mucho más.
Falto de confianza, el equipo de Ubeda tampoco aprovechó el envión inicial para intentar arrinconar al rival. Salió apagado, con poca intensidad, demasiado atado al esquema, sin conexión entre líneas y con desajustes en el retroceso que encendieron una señal de alarma.
Ante un Gimnasia prolijo y aplomado, que no se achicó pese al escenario -volvía a la Bombonera después de 43 años-, aunque algo lento para salir de contra, Boca intentó asumir el protagonismo, pero volvió a chocar contra sus limitaciones. Con el paso de los minutos, la ansiedad se impuso sobre el juego. El equipo empezó a partirse, dejó espacios a espaldas de los volantes y permitió que el visitante ganara confianza.
Gonzalo Colini
Así, tras un par de córners consecutivos, llegó el 1 a 0 del Lobo: Luciano Paredes ganó en el área ante la marca de Bareiro y marcó de cabeza. Fue el tercer tanto que Boca recibe de pelota parada en lo que va del campeonato -sobre un total de cinco-, un dato que ya no parece casualidad sino problema estructural.
A los 15 minutos, desde el sector donde se ubica la barra bajó el primer reclamo: actitud. El pedido se sostuvo durante varios minutos y marcó el clima de la tarde. Después, el cancionero insistió en la misma línea: más garra, más entrega, valores que en Boca no se negocian. Al equipo, por momentos, le faltó eso. Pero, sobre todo, le faltó fútbol.
Recién en el tramo final de esa etapa, Boca salió del letargo. Primero, con el gol de Merentiel, que nació en otro centro de Blanco y un rebote que dejó Bareiro en el área. Y enseguida con el tanto del nueve guaraní, que daba la sensación de empezar a dar vuelta la historia pero fue anulado por un offside previo de Janson.
Al inicio del complemento, Ubeda buscó una reacción desde el banco con los ingresos de Paredes, Kevin Zenón y Tomás Aranda. El triple cambio no solo dejó en evidencia las falencias colectivas, sino también el hastío de los hinchas con algunos nombres propios: Alarcón y Janson se retiraron reprobados por el público.
El ingreso de Paredes y Aranda cambió levemente la tónica del partido. El mediocampista aportó algo de claridad en el manejo, mientras que el juvenil sumó movilidad por la derecha, profundidad para asociarse y algunos toques de distinción que le valieron el reconocimiento de la gente. Aun así, con Boca plantado en campo rival, el trámite siguió siendo luchado, con pocas situaciones de gol. La más clara: un cabezazo de Aranda que salió cerca del palo.
La imagen del final fue el retrato de la bronca y la desazón. Mientras los futbolistas se acercaban a la popular, muchos con la cabeza baja y las manos en señal de disculpa, parte del público se retiró en silencio: sin aplausos, sin silbidos, superado por la situación.
El técnico, que aguardó en el círculo central para irse junto al plantel, afrontará una nueva final este miércoles, cuando Boca visite a Lanús, con parcialidad visitante y la obligación de cortar una racha de cuatro partidos sin triunfos en el torneo local.
Cuando terminó el partido La 12 cantaba sin reclamos, pero desde la platea hubo un par de canciones que dejaron en evidencia el malestar de los hinchas. Se veía a los simpatizantes agitando el brazo y cantando en señal de protesta: “La camiseta de Boca se tiene que transpirar y sino, no se la pongan. Vayansé no roben más”. No fue masivo, pero el fastidio se hizo notar.
La situación vuelve a ubicar a Ubeda en el centro de la escena. Por ahora no hay señales de que su ciclo pueda interrumpirse antes del partido en la Fortaleza, ni por decisión propia ni por un cambio de postura de la dirigencia. De hecho, tras el empate sin goles ante Racing, en el que el equipo mostró al menos un atisbo de rebeldía frente a un rival de jerarquía, Juan Román Riquelme le había renovado el respaldo. Pero en el fútbol mandan los resultados. Y Boca hace tiempo que dejó de ganar para quedar atrapado en un bucle de inestabilidad que no parece tener fin.



