Angel Di María se emociona cuando ingresa en el Gigante, en el festín de bienvenida. Dos horas después, el Fideo se retira con bronca de Arroyito, porque Central, su Central, dispuso de 26 remates y no pudo contra Independiente del Valle, que jugó la última media hora con un futbolista menos por una expulsión. El 0 a 0, de todos modos, es una anécdota del Grupo H de la Copa Libertadores. El crack, de 38 años, volvió a jugar la copa más bonita, 20 años después. Evidentemente, no son nada.
Independiente del Valle juega bien, más allá de la superficie. En la altura, en el llano, suele destacarse en el ámbito internacional. Durante un buen rato, le quitó el balón a Central, se animó y hasta se acercó a Ledesma. Un disparo lejano de Jordy Alcívar fue una de las principales muestras: el grito fue evitado por las manos del arquero.
Al rato, Layan Loor también tomó nota de los reflejos del arquero, la figura del equipo argentino. De a poco, Central recuperó el protagonismo y hasta pudo abrir el marcador durante el primer capítulo, con un puntinazo de Giménez. De todos modos, Central marca mal. Defiende distraído, como en otro contexto. Esa situación no la pudo capitalizar Cocoliso González, de paso reciente por Newell’s, que se perdió el gol debajo del arco.
Angelito Di María se recuperó de una lesión muscular y pudo jugar el encuentro que marcó su regreso a la Copa Libertadores, a 20 años de su primera y única participación, también con la camiseta del Canalla.
El futbolista de 38 años logró recuperarse con lo justo de una lesión en el aductor izquierdo, fue titular y hasta se permtió una cuota de emoción, cuando ingresó en el campo de juego, cómplice de la fiesta de la gente en el Gigante. El crack disputa la máxima competición continental por primera vez desde su regreso a Rosario Central en 2025 y a 20 años de su debut en 2006, con tan solo 18 años y mientras daba sus primeros pasos en el club de su vida.
Su anterior partido fue exactamente el 12 de abril de 2006, en la derrota ante Atlético Nacional de Medellín por 2 a 1. Solo participó de cuatro partidos en aquel equipo que conducía Leonardo Astrada, antes de su partida a Portugal.
“Me gustaría jugar la Libertadores. La jugué una sola vez, pero era muy chico y no pude vivirla tanto”, declaró Di María a fines de enero de 2024, cuando proyectaba tímidamente su regreso a Arroyito. Se trata, como ocurre en todos los futboleros de ley, de un anhelo de pequeño. “Sería un sueño ganarla con Central. Pero ganar la Libertadores, en realidad, ya no es un sueño… sería algo que pasaría por encima de ese sueño. Sería algo histórico, inolvidable para poder terminar mi carrera. Sería el mejor broche final que podría tener”, llegó a declarar.
Fideo, lejos de su mejor versión física a esta altura de su carrera, expuso su clase. Vértigos de talento. En una suerte de 4-2-3-1, Di María actuó en el centro de los tres creativos (los otros fueron Enzo Giménez y Campaz), más punzantes en el despliegue y a campo abierto que en la conducción.
Cada vez que encontró el espacio, se corrió hacia el carril derecho, en donde se siente más cómodo. Allí, la rompió. Sus compañeros muchas veces no lo entienden, se trata de jugadores de primera, pero de otra categoría. La cabeza de Di María (sobre todo), viaja a otra velocidad.
Con una camiseta nueva, a imagen y semejanza con los 110 años del Gigante, Central jugó con la historia sobre su cuerpo. “Inaugurado en 1926, el Gigante trasciende su condición de estadio para convertirse en el corazón simbólico de la ciudad y en un verdadero emblema de la identidad canalla. A cien años de su apertura, esta nueva colección rinde homenaje a su legado…”, escribió el club en las redes sociales, días atrás.
El conjunto rosarino está en un buen momento y se ubica en la cuarta posición de la Zona B del Torneo Apertura, con 21 unidades en 12 jornadas. El elenco ecuatoriano está primero en la liga local: suma 16 puntos en 7 partidos.
En el tramo final, el conjunto rosarino atacó más y mejor. Alejo Véliz lo perdió en tres situaciones seguidas, la primera, una delicia de tiro libre de Di María, que chocó con un cabezazo tan demoledor como desviado. La última, un gol bien anulado por offside.
Un cruce entre Ovando y Cocoliso González derivó en un tumulto, primero. Y en una expulsión después, de Júnior Sornoza, el 10 de Independiente del Valle, que le propinó un manotazo al defensor, fuera de toda lógica.
Central jugó los últimos 30 minutos con un jugador más. Buscó, intentó, con Di María como lanzador por el sector derecho, con Campaz como velocista por el lado izquierdo, con Ibarra como el pulmón del medio.
Dispuso de 26 tiros, entre remates y cabezazos. Tan cerca, tan lejos. Al final, desatado, casi pierde por una aventura del buen equipo ecuatoriano. Di María pasó de la emoción a la bronca en un abrir y cerrar de ojos: lo ganó todo, pero quiere una más. La copa más linda, la que quieren todos los argentinos.




