En 50 días, Claudio Ubeda dio vuelta su historia en Boca y pasó de la reprobación estruendosa de la Bombonera ante Gimnasia de Mendoza, que estuvo a punto de eyectarlo del banco, a un contexto mucho más favorable, tras el triunfo ante River en el Monumental. Aunque los flashes se los llevaron Leandro Paredes, por el gol y el manejo del partido, y Darío Herrera, otra vez por las polémicas, el técnico también quedó en el centro de la escena, con una victoria que le cambia la perspectiva y lo invita a mirar el futuro con otros ojos. Después de 18 años, Boca volvió a tener un entrenador capaz de ganar dos superclásicos seguidos, y ese dato, a poco más de dos meses del final de su contrato, lo ubica en una posición más firme. En ese lapso, el equipo afrontará la recta final del Apertura y completará la etapa de grupos de la Libertadores. En ese escenario, empieza a permitirse pensar en la renovación, aunque sabe que todo depende de los resultados: la racha de 13 partidos sin perder lo sostuvo tras su momento más crítico, pero una caída importante puede devolverlo a un escenario de dudas, en una sensación que también comparten en la dirigencia, que por ahora no tomará decisiones sobre su continuidad.
Este lunes, cuando los hinchas de Boca repasaron las imágenes del triunfo en la cancha de River, observaron el rostro alegre de un DT que, sin saberlo, escribió su nombre en la historia reciente del club con el buzo azul y oro: desde 2008 que un mismo entrenador no se imponía en dos superclásicos consecutivos, desde aquella vez en que Carlos Ischia se llevó los dos de ese año: 1-0 en la Bombonera, con gol de Sebastián Battaglia, y por el mismo resultado en Núñez, con un testazo de Lucas Viatri.
Además, solo nueve técnicos en la historia consiguieron ganar sus dos primeros duelos con el Millonario, y apenas Ischia lo había logrado en este siglo. En ese grupo también aparecen nombres como Néstor “Pipo” Rossi (1965), Oscar Tabárez (1991) y Carlos Salvador Bilardo (1996).
Una marca que coloca a Ubeda en un lugar de privilegio, difícil de imaginar semanas atrás, por más que su equipo haya dado un vuelco importante en el último tramo, potenciado por victorias de peso como la goleada 3 a 0 sobre Lanús, que marcó un quiebre en el rendimiento y el ánimo del plantel y de los hinchas, el triunfo ante Universidad Católica en Chile, en el debut en la Copa Libertadores, y, por supuesto, este 1 a 0 ante River, con el que llegó a 13 encuentros sin perder y quedó a dos de la marca de Hugo Ibarra, en 2022.
Pero Ubeda también sabe que estos resultados, más allá de marcar una tendencia, no son determinantes por sí solos: en 2025, tras el clásico ganado y otros tres éxitos en fila, la eliminación ante Racing y, sobre todo, la salida del Changuito Zeballos en el segundo tiempo lo devolvieron a la cuerda floja, hasta quedar en duda incluso en la previa del inicio de la pretemporada.
Al margen de algunos aciertos puntuales del DT, en estos 50 días hubo, a su vez, una serie de circunstancias que confluyeron en la mejora del equipo y le permitieron a Ubeda seguir avanzando casilleros en su objetivo de renovación. Por un lado, y más allá del regreso de lesionados como Miguel Merentiel, que volvió a potenciar el ataque, se sumaron dos piezas clave en la estructura: Santiago Ascacibar y Adam Bareiro. Ambos llegaron por gestión de la dirigencia, pero con el visto bueno del entrenador, que conocía al Ruso de la selección Sub 20 y al paraguayo de su paso por San Lorenzo, como ayudante de Miguel Russo.
Ascacibar se transformó en un engranaje central del medio campo, aportando dinámica y presencia en toda la cancha: un volante box to box que, con altibajos, le dio a Boca una característica que no tenía. Ubeda, además, le exigió pisar el área rival, en un equipo que no contaba con jugadores con gol en esa zona. Bareiro, por su parte, no solo aportó goles (cinco en 11 partidos), sino que también modificó el esquema: con él, Boca dejó atrás el 4-3-3 -un sistema que el técnico había pensado en el verano, marcado por la búsqueda de un extremo que nunca llegó- y pasó a un 4-4-2 más equilibrado. Así, el equipo ganó presencia en zona ofensiva y solidez en el medio, un sector en que faltaban variantes de nivel.
A ese ajuste se sumó otro acierto de Ubeda: la inclusión de Tomás Aranda, el volante de 18 años que empezó a ganarse el puesto en el empate ante los mendocinos y al que el técnico sostuvo incluso con el regreso de jugadores como Alan Velasco o Zeballos. En ese sentido, respaldó y le dio continuidad a un juvenil que se consolidó como una de las mejores apariciones recientes del club, aunque no haya mostrado su mejor versión en el clásico. Aunque también es cierto que Aranda ni siquiera había sido convocado a la pretemporada de enero y que su irrupción en primera se dio, en gran parte, por la ola de bajas en el plantel profesional.
En su momento más delicado, Ubeda fue respaldado por Riquelme, en parte por su método de conducción con los entrenadores, a los que en muchos casos suele sostener incluso en contextos adversos. El presidente confiaba en que el equipo mostraría otra cara con el regreso de los lesionados, aunque el salto de calidad, finalmente, lo dieron los que llegaron desde afuera. En la interna dirigencial destacan el buen trabajo de Ubeda en el día a día y su buena relación con el plantel, en especial con los referentes, con quienes comparte el manejo del grupo e incluso algunas decisiones futbolísticas.
Pero hay un antecedente que invita a la cautela. En noviembre de 2020, con el equipo en octavos de final de la Libertadores, el club renovó el contrato de Russo, que vencía en diciembre, por un año más y con opción a extenderlo hasta 2024. Fue un gesto de respaldo a un ciclo que se había interrumpido por la pandemia y que luego no volvió a despegar. Por eso, en Boca hoy predomina la mesura. Y si bien reconocen que los triunfos sobre River pesan al momento de tomar una decisión, eligen no apresurarse.
Ubeda, de hecho, aún no recibió su primer reconocimiento de la Bombonera: cuando la voz del estadio repasa las formaciones, su nombre pasa inadvertido. Y en lo inmediato tampoco tendrá esa oportunidad, ya que Boca jugará cuatro partidos seguidos como visitante: Defensa y Justicia, Cruzeiro, Central Córdoba (por el pendiente de la fecha 9) y Barcelona, de Guayaquil.
Ayudado por los refuerzos y por el rendimiento superlativo de Paredes, el mérito de Ubeda fue mantener en la cancha un equipo lógico, con un esquema clásico y respaldado en los jugadores de mejor presente. Ante River, cuando el capitán dejó la cancha, el equipo lo sintió y volvió por momentos a parecerse al del inicio del año, cuando dependía de la velocidad de Zeballos casi como único recurso ofensivo, aunque esta vez ya estaba en ventaja.
Clasificado a los playoffs del Apertura, con puntaje ideal en la Copa y en 16avos de final de la Copa Argentina, Ubeda afronta la recta final del semestre con otra cara y mayor confianza, aunque consciente de que Boca debe rendir examen todos los días y que, en un club que lleva tres años sin alegrías, el éxito se mide en títulos, por más que el clásico le haya dado un impulso necesario.




