Hay un mundo paralelo en el que el Úbeda más famoso no es el técnico de Boca. Ni Claudio es su nombre; ni “Sifón”, su apodo; ni el azul y amarillo los colores que más lo representan. En el centro de Santos Lugares, a pocas cuadras de la iglesia de Lourdes, Úbeda es “Chiqui”, Claudio José, un hombre de 72 años que pasa sus tardes tomando café en una clásica heladería del barrio y no deja pasar más de cinco minutos sin levantar la mano para saludar, desde detrás del vidrio, a algún vecino que cruza la vereda.
En los buscadores de noticias, su nombre aparece ligado a la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino. En 2022, como secretario adjunto del organismo, denunció que Carlos Tevez no tenía hecho el curso que lo habilitaba como entrenador de Rosario Central. Pero detrás de ese dirigente de perfil bajo, hay una historia que parece salida de una película.
Fue promesa de las inferiores de Boca, y llegó a jugar en Reserva junto a un ya experimentado Ángel Clemente Rojas, pero antes de debutar en Primera ganó el Prode y su vida -y su carrera- dieron un vuelco de 180°: eligió el disfrute por encima de la disciplina del fútbol, quedó libre del club y luego armó su recorrido en Huracán, donde fue muy amigo de René Houseman, y en el ascenso, por más que el técnico de Boca escribe su apellido sin tilde, y él, con la Ú acentuada.
Quienes lo vieron jugar aseguran que tenía condiciones para triunfar en Boca, incluso pese a su fanatismo por River. “Si no pegaba el Prode, mi vida en el fútbol hubiese sido distinta”, dice, aunque aquel premio le permitió no pasar necesidades y jugar realmente donde tuviera ganas de estar. Asegura que no tiene un lazo sanguíneo comprobado con Claudio Ubeda, aunque lo conoce del gremio y más de una vez quedaron en juntarse para intentar descubrir si tienen algún parentesco.
Claudio y José tuvieron trayectorias con varios puntos en común: debutaron en el ascenso -el Sifón, en Central Córdoba, de Rosario; Chiqui, en Excursionistas-; estuvieron ligados a Boca y Huracán, se sentaron en el banco como entrenadores -José dirigió a All Boys y Deportivo Armenio- y hasta sumaron una experiencia en el exterior: uno en Japón y otro en los Estados Unidos.
Úbeda nació el 19 de septiembre de 1953, 12 años y 363 días antes que el hoy DT del Xeneize. Se formó en la canchita del barrio y, a los 16, llegó a probarse en Boca por recomendación de un conocido, amigo a su vez de Vito Damiano, uno de los encargados de observar jugadores junto con Ernesto Grillo y Bernardo Nano Gandulla.
“Yo soy de River, ¿qué me vas a llevar a Boca?”, respondió Úbeda cuando le propusieron ir a mostrarse a La Candela. Sin embargo, terminó aceptando. Cuando Grillo lo vio jugar, le dijo que le hacía acordar a él y que tenía futuro en el fútbol. Lo mismo creían sus compañeros, pero el tiempo terminaría demostrando que el talento no siempre alcanza para llegar.
Enganche técnico, inteligente y con buena conducción, también podía ocupar el puesto de “8 de juego”, al estilo de Juan José López o Miguel Ángel Brindisi. Aunque tenía edad de cuarta, enseguida subió a reserva, donde en 1973 fue compañero de Alberto Tarantini -dos años menor- y compartió equipo con Rojitas, quien había vuelto al club tras su paso por Deportivo Municipal, de Perú, y buscaba ponerse en forma con los juveniles. “Dos horas antes, la segunda y la tercera bandeja se llenaban para verlo jugar”, cuenta Chiqui, con admiración. Estaba señalado como el próximo 10 de la Primera, pero el dinero y las luces lo desviaron del camino.
El Prode (acrónimo de pronósticos deportivos) fue un juego de apuestas creado por la Lotería Nacional en 1972 y que tuvo dos décadas de auge hasta su desaparición en 1998 (en 2001 intentó ser revivido aunque sin éxito). “Con mi hermana, Lilia, jugábamos dos partidos cada uno y acertamos los 14. Yo no sabía nada. Pero cuando volví a casa, Santos Lugares estaba convulsionado, había gente por todos lados. Ganamos 14 millones de pesos cuando un departamento valía dos”, reconstruye, y acepta: “Con la plata y la joda fui un desastre. Mi hermana se compró un auto, un departamento… Yo también, pero una buena parte la malgasté. Todos me decían ‘tenés que seguir jugando’ y yo respondía ‘dejame de hinchar’: quería vivir ese momento”.
Al volver a Boca, Úbeda fue entrevistado por Mauro Viale para ATC. Hasta entonces, un futuro promisorio: aunque no era parte estable del plantel que dirigía Rogelio Domínguez, ya empezaba a entrenarse con la primera, junto con jugadores como Roberto Mouzo, Roberto Rogel, Vicente Pernía, Jorge Chino Benítez, Hugo Curioni y Osvaldo Potente. Incluso, participó de un amistoso contra River en el interior del país, pero, pese a tener contrato profesional, nunca llegó a debutar oficialmente.
En 1975, el club le propuso pasar a préstamo a Gimnasia y Esgrima de Mendoza, que el año anterior se había asegurado la participación en el Torneo Nacional tras consagrarse campeón de la liga local. “Alberto J. Armando me convocó a una reunión en su famosa concesionaria de Avenida La Plata. La oferta era por mí y [Alfredo] Letanú. ‘¿Yo? ¿A Mendoza? ¡Ni loco!’, le dije al presidente. Letanú quería irse a toda costa. Eran tiempos complicados en el país, ya empezaba la violencia política. Entonces, me decía: ‘Vamos a Mendoza, a estar tranquilos’; él fue, pero yo me negué. Al tiempo, me quisieron mandar a un equipo de Córdoba, no recuerdo si a Racing o a Belgrano, y también les dije que no. ‘¿Usted no quiere ir a ningún lado? Entonces, lo voy a colgar’, me dijo Armando. ‘Bueno, cuélgueme’, le respondí”.
Úbeda todavía hoy se sorprende por la naturalidad con la que atravesó aquel momento: “Me enviaron un telegrama para que me presentara a entrenar, pero no fui, no me calentaba nada. Con el tiempo entendí que buscaban sacarme de Buenos Aires para ver si me rescataba, porque era un cabeza fresca. A los 20 días me dejaron libre. Y lo peor fue que no me dolió. Otro pibe, si queda libre de Boca, se pasa una semana llorando. Yo no: seguí en la misma, jugando torneos en el barrio”.
-¿Qué decían tus compañeros?
-Me querían matar. El Cholo [Horacio] Palmieri me hablaba mucho; el Ruli [Carlos] Randazzo, también. Lo mío fue por aquella boludez de agarrar plata demasiado joven. Muchos podrían pensar: ‘Tenías condiciones, llegaste, jugaste’. Pero no hubiese sido lo mismo hacerlo en Boca que en cualquiera de los clubes donde jugué. O quizás a los dos años me daban una patada y todo cambiaba, no lo sé. Pero era difícil no marearse: tenía más plata que algunos jugadores de primera.
-Al final, terminaste en Excursionistas.
-Sí, un poco por casualidad. Me anoté en un torneo de papi-fútbol donde competían equipos de distintos barrios, como Santos Lugares, Billinghurst, San Martín o Caseros. Fuimos a jugar a Excursionistas, salimos campeones y después de la final se me acercaron (René) Houseman, Lulú (Jorge) Sanabria y Carlitos López. Los tres habían salido de ahí, aunque ya hacía tiempo jugaban en primera. René, de hecho, venía del Mundial de Alemania 74. Me dijeron que ellos también querían presentar un equipo y me ofrecieron jugar con ellos. Les dije que sí, claro, y obviamente ganamos el campeonato. Cuando termina el partido, me viene a hablar un tipo grande, con un acento raro, y me dice que quería llevarme a su club. Era Vahram Citcioglu, socio fundador y presidente de Deportivo Armenio. Le pregunté dónde jugaba el equipo y, cuando me dijo ‘en Primera C’, le respondí que no; me iban a matar a patadas. Además, estaba cómodo: había puesto la plata en el banco, me daba unos intereses bárbaros y no trabajaba; me pasaba el día en casa. Pero Citcioglu insistió tanto que terminé yendo. Jugué seis meses y no fui más. Era bravísimo, te pegaban de todos lados. Igual, integré el equipo que ascendió a la B contra Liniers, en cancha de Estudiantes de Buenos Aires. Y después de seguirme durante mucho tiempo, Toscano [Alberto] Rendo, técnico de Huracán, terminó llevándome al club para jugar en primera división.
-Fuiste muy amigo de Houseman. ¿Cómo fue compartir con él?
-Mirá lo que son las vueltas de la vida: yo había ganado el Prode gracias a un triunfo de Huracán 6 a 1 contra Argentinos Juniors, en el 73. Y cuando llegué al club todavía estaban René y Carlitos Babington, que había vuelto del fútbol alemán. Me tocó enfrentar a Maradona en una derrota 2 a 1 en el Ducó, con dos goles de él, pero jugar con el Loco fue de las experiencias más lindas que tuve en mi carrera. Con ese plantel hicimos una gira por Europa después del Mundial 78: jugamos contra Valencia de Kempes, Ajax, Athletic Bilbao, Málaga y Middlesbrough. Anduvimos tan bien con René que los ingleses nos quisieron comprar: ofrecían 800.000 dólares por el Loco y 200.000 por mí. Fuimos a ver una casa con pileta y todo; estaba prácticamente cerrado. El intermediario era Carlos Sexton, por entonces marido de Moria Casán. Pero cuando volvimos, Huracán estaba complicado con el descenso. La mitad del equipo había viajado y el torneo local había quedado bastante descuidado, así que el presidente, Luis Seijo, no quiso saber nada con vendernos. En esa época el fútbol se manejaba de otra manera. Yo no tenía representante; muchas veces los jugadores ni sabíamos lo que firmábamos y era fácil que te durmieran. Yo había llegado a Huracán con el pase en mi poder, así que podía irme libre. Pero nunca había firmado el contrapase, que era el documento que me permitía quedar libre de verdad. Y Middlesbrough nos quería ya. Al final completé el año en Huracán y en el 79 pasé a Banfield, a cambio de una coupé Taunus y la mitad de un departamento.
-Contame una historia de René que te haya sorprendido.
-Le vi hacer las cosas más insólitas que te imagines, dentro y fuera de la cancha. En pleno partido, mientras la pelota estaba en juego, se ponía a hacer jueguitos con una pastilla D.R.F. Los rivales creían que los estaba cargando, pero él era así; por eso jamás contestaba nada. Cuando se hacía la hora del partido y René no aparecía, Toscano me decía: “Chiqui, acompañame a buscarlo, que a vos te quiere”, y nos íbamos a tratar de encontrarlo. René andaba por ahí, muchas veces en la villa, aunque ya vivía en Monroe y Figueroa Alcorta. Un día, era el cumpleaños de Dieguito, el hijo de René. Toscano le dijo: “Vamos, pero a las diez de la noche nos volvemos”. Claro, cuando llegó la hora, René no se quería ir y al otro día jugábamos contra Newell’s; al final lo convencí. Concentrábamos juntos, debajo de la tribuna del estadio. De madrugada, me despierta y me dice: “Me voy”. “¿A dónde?”, le pregunté. Quería salir a despejarse. Le dije que se quedara a dormir y que al día siguiente le pidiera permiso al técnico para ir dos horas a la casa, pero no quiso. “Decile que por el empedrado de la calle no podía dormir, pasan muchos camiones”, me dijo. Y se fue. En el desayuno, Toscano me preguntó por él y me hice el desentendido. Pasaba la hora y René no aparecía. Llegó un rato antes del inicio, se acostó a dormir un rato y se tomó varios cafés. El partido incluso se retrasó unos minutos para que pudiera jugar. Ganamos 1 a 0 con un golazo suyo: gambeteó a tres rivales sobre la raya y la puso en el primer palo. Así era René: un tipo bárbaro, pero indomable. Fuimos muy amigos, y también nuestras esposas: Olga, la mujer de René, y Patricia, la mía, que falleció hace 15 años. Podía jugar donde hubiese querido, pero le costaba muchísimo llevar una vida profesional.
-Da la sensación de que había que cuidarlo todo el tiempo.
-En Londres, durante aquella gira, se despertó a las tres de la mañana y me dijo: “Gordo, vámonos”. “René, dejate de hinchar. Estamos en Londres, ¿adónde querés ir?”, le respondí. Pero no quería salir: quería volverse a la casa. Entonces, Chocolate [Héctor] Baley le decía: “René, no nos podemos volver; tenemos que pensar en los muchachos. Si vos te vas, nos tenemos que volver todos”. Y René contestaba: “¿Y qué tienen que ver los demás? Si yo me voy solo”. Tenía esos arranques, como un chico, pero era un tipo de primera. Pensaba que podía tomarse un colectivo y aparecer en Buenos Aires.
En Banfield, Úbeda tuvo dos etapas: una entre 1979 y 1980 y otra, en 1982, tras un paso por Quilmes, donde consiguió el ascenso a la A junto con Hugo Tocalli y Alberto Fanesi, bajo la conducción de José Yudica. En el Taladro fue dirigido por Héctor Veira, quien al año siguiente intentó llevarlo a San Lorenzo. Pero no hubo acuerdo entre los clubes: el Ciclón, que buscaba reconstruirse tras el regreso a Primera, pretendía incorporarlo a préstamo y Banfield no aceptó esas condiciones. Tiempo después, el propio Veira le contó que Carmelo Faraone, entonces técnico de Boca y a quien el Bambino había acompañado como ayudante en All Boys y en el club de Boedo, quería llevarlo otra vez al Xeneize. Úbeda acababa de ser comprado por el club de Floresta, donde el empresario Bernardo Kicillof había apostado fuerte en el mercado para pelear el ascenso a Primera. Pese a tener el contrato firmado, Chiqui fue autorizado a disputar una serie de amistosos con Boca en Mar del Plata, donde compartió cancha con figuras como Hugo Gatti, Oscar Ruggeri, Jorge Benítez y Ricardo Gareca, pero otra vez se quedó en la puerta de debutar oficialmente.
“Faraone fue muy franco conmigo: me dijo que quería que me quedara, pero que en Boca no había un peso y qué podría llegar a pedir Kicillof. Le prometí que iba a volver loco al presidente para que me dejara ir. Antonio Alegre, que colaboraba con el club, me decía: ‘Quédese un añito, los muchachos ya lo conocen’. Hasta llegaron a juntarse en Mar del Plata para negociar mi pase, pero no hubo acuerdo. A la vuelta, Kicillof me aumentó el sueldo y me terminé quedando en All Boys”, explica, aunque aclara que en Floresta también vivió buenos años: tuvo otras dos etapas como jugador y allí, además, dio sus primeros pasos como DT.
Más tarde, Úbeda pasó por Tigre y, antes de regresar a All Boys, jugó seis meses al indoor soccer en Baltimore, Estados Unidos. Llegó a esa experiencia a través de Kicillof, que por entonces exportaba alhajas a Norteamérica. Para ese momento, José había empezado a dedicarse también a la compra y venta de antigüedades junto a su hermano Carlos, otro hombre del ascenso, con pasos por J. J. Urquiza, Almirante Brown, Armenio y Deportes Quindío.
Úbeda admite que en esa modalidad de fútbol sala, que se jugaba siete contra siete, se ganaba muy bien, pero que el piso de baldosa empezó a pasarle factura: aparecieron los primeros dolores en el tendón de Aquiles, una lesión que con el tiempo terminaría condicionándolo hasta impedirle seguir jugando.
Luego volvió al fútbol de once para jugar otro año en All Boys y hacer historia con Deportivo Armenio: Vahram Citcioglu le prometió un dúplex en Santos Lugares si aceptaba regresar al club. En apenas un año, Armenio protagonizó un ascenso vertiginoso: pasó de la Primera B a la recién creada B Nacional y, poco después, a Primera División.
Úbeda integró el equipo que construyó un invicto histórico de 34 partidos, una marca inédita en la categoría y una de las más extensas del fútbol argentino. También formó parte del recordado partido frente a Independiente, en la cancha de Ferro, que terminó con la última vuelta olímpica de Ricardo Enrique Bochini. Aquella tarde incluso tuvo un cruce con el ídolo del Rojo: “Le di una patada en el gemelo y el Bocha me decía: ‘Vos no, Úbeda, vos no estás para eso’. Y yo le respondía: ‘¿Qué querés, si estás cargando a todos?’. Pero él insistía: ‘No, yo juego así’”.
Independiente necesitaba ganar para consagrarse campeón y Armenio, que esa misma temporada había debutado en Primera con un triunfo 1 a 0 sobre Boca en la Bombonera -el último partido de Hugo Gatti en el club-, peleaba por evitar el descenso. En el entretiempo, el técnico interino de Armenio, Humberto Grondona, decidió sacar a Úbeda y a Jorge Godoy, dos de las figuras del equipo, que se imponía por la mínima: “Entramos al vestuario y le dije: ‘Sos un caradura, ¿quién te mandó a sacarnos, el presidente de Independiente?’”. Armenio terminó perdiendo 2 a 1, descendió y Chiqui dejó el club.
Volvió a All Boys, donde finalmente compartió mediocampo con Alberto Pascutti, un ícono del fútbol de los sábados, con quien muchos clubes habían intentado juntarlo. Sin embargo, la despedida no fue la más feliz: se cortó el tendón de Aquiles antes de un partido contra Armenio y no pudo seguir jugando. Incursionó como técnico en el club de Floresta y luego, tras cuatro años como coordinador de inferiores de Armenio, ocupó el banco tricolor, aunque terminó afuera tras una pelea con el presidente del club, Noray Nakis.
“Me hacía mala sangre. Cuando ganás está todo bien, pero cuando perdés te querés morir”, admite. Entonces, colgó el buzo y se sumó a la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino, el gremio de los entrenadores, convocado por José Leonardi, exdefensor de Ferro y Gimnasia La Plata.
Durante 25 años fue secretario adjunto y secretario de actas de la obra social. Y en noviembre tendrá un rol activo en una elección clave en la que intentará desbancar a Salvador Pasini, con quien no esconde sus diferencias: “Voy a hacer lo imposible para que este muchacho se vaya. Yo ya me había retirado, pero se portó mal con mucha gente y no puede seguir en el cargo. No reúne las condiciones para manejar el gremio”.
En su rol dentro del sindicato, José ayudó a Claudio Ubeda con algunos trámites. Además, la sede del gremio queda muy cerca del café que el técnico de Boca tiene en el centro porteño, por lo que más de una vez terminaron compartiendo charlas. “Siempre decíamos que algún día tendríamos que sentarnos a ver si no somos familiares. Somos Úbeda, futbolistas, narigones…”, bromea.
Recuerda las cargadas de sus amigos, sobre todo en los momentos más difíciles del ciclo del Sifón en Boca: “Me decían: ‘¡Decile a tu sobrino que se vaya!’. Y yo, que soy de River, les contestaba: ‘No, no… ¡dejalo que se quede!’“.
Y enseguida vuelve sobre la teoría familiar: “La realidad es que tenemos demasiadas cosas en común para que todo sea casualidad. Algo tiene que haber…”.




