La diplomacia europea y las cancillerías del bloque llevaban semanas, cuando no meses, esperando con una mezcla de cautela y miedo la visita del presidente estadounidense Donald Trump a Bejing.
Europa tenía miedo a que se activaran dos escenarios. El primero sería un acuerdo comercial entre Donald Trump y Xi Jinping no ya que dejara a Europa de lado, sino que se hiciera contra los intereses europeos. No hubo acuerdo comercial, de creer las declaraciones posteriores a la cumbre y las notas de prensa emitidas tanto por Washington como por Beijing. Sólo la idea, sin precisar, de crear una Junta de Comercio que estudie los diferendos.
El segundo escenario temido por los europeos era que Trump aceptara abandonar a Taiwán a su suerte. Europa llego a temer que a cambio de que China deje de vender armas y componentes para fabricar armas a Irán, Estados Unidos aceptaría dejar de vender armas a Taiwán. Sin que ese escenario se puede descartar del todo a medio plazo, de Beijing no salió ningún acuerdo en ese sentido, creen los europeos.
Si esos escenarios, considerados negativos por la diplomacia europea, pueden descartarse a corto plazo, Europa entiende ahora que de la cumbre sale una China que se ha dado cuenta de tener la sartén de la relación por el mango y un Xi Jinping envalentonado y con más cartas que Donald Trump en el escenario geopolítico actual.
Europa cree que China domina la relación, que China sale reforzada, incluso “envalentonada” (según cuenta a Clarín un diplomático escandinavo) y que los europeos no pueden contar con Estados Unidos en sus relaciones con China.
Bruselas entiende que la cumbre de Beijing sirve para mostrar al mundo el cambio de equilibrio en el poder global y cómo Trump ha debilitado con aventuras como la de Irán el poder de Estados Unidos.
La coreografía de la visita y las declaraciones públicas de los dos líderes fueron muy seguidas desde Bruselas. Mientras Donald Trump trataba a Xi Jinping de “amigo” y “gran líder”, el chino hablaba del declive de la superpotencia estadounidense. Estados Unidos esperaba que de la cumbre saliera un acuerdo para que China ayudara a resolver el entuerto en el que Trump metió a su país al atacar Irán junto al Israel de Benjamin Netanyahu, pero la cumbre acabó y China no ofreció ningún compromiso en firme.
Los aranceles son otro punto de discordia en el que por ahora parece que China lleva las de ganar. Cuando Estados Unidos los anunció el año pasado, Beijing reaccionó anunciando restricciones a la exportación de tierras raras que hicieron que Washington diera marcha atrás. China promete que tomará de nuevo represalias si Estados Unidos los activa. La relación está tan desequilibrada hacia China, creen varias fuentes en Bruselas, que China podría terminar por tener aranceles a productos estadounidenses superiores a los aranceles estadounidenses a productos chinos. Y que eso sea una buena noticia para Donald Trump porque al menos no habría restricciones a la exportación de tierras raras.
Y Europa ve tras esta cumbre que está sola justo cuando se dispone a chocar con China. La Comisión Europea prepara los planes para que los gobiernos del bloque le den permiso para tomar medidas de retorsión comercial contra China en varios sectores, desde los químicos hasta la maquinaria, porque considera que China subvenciona ilegalmente la exportación de sus productos. Europa prepara también un nuevo instrumento de protección comercial que debe frenar la llegada masiva de importaciones chinas baratas.
Trump, constatan en Bruselas, no tuvo ni media palabra para afear a Beijing las amenazas que ha lanzado contra Europa por varias normativas europeas que están en el horno y a punto de aprobar, desde la mal llamada “Ley de Aceleración Industrial” hasta la Ley de Ciberseguridad, que saca del mercado europeo de licitaciones públicas, por desconfianza, a varias tecnológicas chinas.



