El acuerdo que construyó Barack Obama en 2015 con el régimen iraní, y que ahora está en el centro de la atención por la inevitable comparación con el pergeñado por Donald Trump, confrontaba una legión de enemigos. No solo en Israel o entre los halcones norteamericanos, incluyendo al magnate, también dentro de la teocracia persa.
La dirigencia más radical del régimen, desde el líder supremo para abajo, repudió y buscó sabotear ese convenio que llevó adelante el presidente Hasan Rohani, uno de los líderes más audaces del ala moderada de la Revolución Islámica que, como definió Kissinger, entendía que era hora de que el país “avanzara de causa a nación”.
Rohani suponía que con un amplio acuerdo que reconectara a Irán con el mundo acorralaría a estos enemigos internos y modernizaría el país. Por el contrario, fueron estos quienes acabaron triunfando y celebraron cuando Trump, en su primer gobierno, desactivó el pacto en 2018, presionado por Israel y Arabia Saudita.
El régimen había cumplido a rajatabla con ese acuerdo porque contaba con un enorme apoyo de la juventud, que es mayoritaria en el país, y además porque incluyó la liberación, como sucedió, de parte del dinero iraní congelado en cuentas occidentales. La economía siempre ha sido un drama sin salida para la Revolución Islámica.
Pero no era ese el pacto que los Guardianes de la Revolución preferían, porque los condenaba a desaparecer y desactivaba su estructura de defensa, la cual basaban en el programa nuclear como arma disuasoria. Recordemos que el acuerdo de Viena mudaba a Rusia, firmante del pacto, el uranio enriquecido. Irán debía fijar las condiciones, sostenían. Debieron esperar una década de tensiones, la agudización de la crisis en Oriente Medio y dos guerras para obtener otro acuerdo formulado en sus términos. Es lo que en gran medida han conseguido ahora con Trump.
El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, sostiene el memorándum que acaba de firmar. Reuters En principio, la guerra licuó la interna histórica en el régimen a favor de las alas más radicales. El país está gobernado ahora por una generación más joven, menos preocupada por los símbolos morales que por mantener una mano de hierro fuerte y sanguinaria al estilo de las dictaduras clásicas.
Peor que el de Obama
El nuevo acuerdo, que es mucho peor que el que labró el líder demócrata, deja en una nebulosa y hacia adelante la discusión sobre la cuestión nuclear, sostenida en la promesa de “no desarrollar nunca” armas atómicas. También estaciona bajo ese paraguas futuro el destino de los 440 kilos de uranio enriquecido al 60%, innecesario para fines pacíficos.
Los 14 puntos del memorándum son casi todos obligaciones de EE.UU. Incluyen el compromiso de no intervenir en los asuntos internos iraníes, la liberación de su comercio de petróleo y el final del conflicto en Líbano, que deberá gestionar Washington sobre el rebelde gobierno israelí de Benjamín Netanyahu. Podemos suponer que el apuro para firmarlo anticipadamente en Francia el miércoles durante el G-7 respondió al temor de que Israel de algún modo lo petardeara.
El documento añade el compromiso de una financiación de hasta US$ 300 mil millones para la reconstrucción del país, iniciativa en la cual se involucrarán seguramente las empresas de Trump; la liberación de los fondos congelados del régimen alrededor del mundo, unos US$ 100 mil millones (“es su dinero”, justificó Trump al publicarse el papel ), y el final de las sanciones internacionales.
El pacto elude cualquier mención sobre el poderío misilístico (“tienen que tenerlos porque otros lo tienen”, volvió a explicar Trump condescendiente); y agrega un cerrojo en el último punto para que el acuerdo sea aprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU, de modo de impedir cualquier acción bélica futura. También rebaja la preocupación por el enriquecimiento de uranio, central en los discursos hasta ahora de la Casa Blanca y de su canciller Marco Rubio. (“Es un poco difícil cuando otros lo tienen… hay que usar un poco el sentido común”, explicó una vez más Trump con Rubio a su lado).
El mandatario republicano, que absurdamente siempre comparó a Irán con la Venezuela chavista, y debió ahora ceder de manera espectacular, tendrá muy complicado mostrar alguna victoria en este diseño. El régimen utilizó con astucia dos herramientas complementarias para asegurarse el resultado: estranguló la economía mundial y especialmente la norteamericana con el cierre del estrecho de Ormuz, y apostó a que esa crisis presionaría a Trump para aceptar las demandas finales ante la urgencia que le impone el escenario electoral de noviembre.
Vali Nasr, académico de la universidad Johns Hopkins y especialista en la región, sintetiza el desenlace en un error inicial consistente en que Washington “ignoró la resiliencia institucional del Estado persa y su capacidad para proyectar poder asimétrico. Irán demostró que no es un actor aislado, sino un nodo crucial para la estabilidad energética de Eurasia”.
Pero así como el magnate no midió las consecuencias al lanzarse a esta aventura sin un registro claro de sus propósitos y métodos para conseguirlos, cae ahora en otro abismo. Irán aparece como el ganador de un conflicto que lo enfrentó a EE.UU. e Israel unidos, y esa imagen es especialmente grave entre los aliados norteamericanos del mundo árabe que quedaron desamparados. La Casa Blanca fulminó las alianzas con las monarquías del Golfo, obligadas a analizar cómo deberán convivir con un Irán más poderoso, arrogante y con enorme autonomía.
El estratégico estrecho de Ormuz, convertido en el arma estratégica del régimen iraní. REUTERS Aunque Trump cedió en todos los niveles a cambio de la ansiada apertura del estrecho de Ormuz para aliviar la crisis energética y el costo de la nafta en los surtidores de su país, tampoco es claro el destino de ese paso. Los iraníes juegan con las palabras y afirman que no cobrarán ningún peaje, como reclama Washington, pero sí tarifas por servicios marítimos. Teherán (en un plan conjunto que afirma estar trazando con Omán) sostiene que mantener el estrecho seguro, limpio y libre de las minas flotantes derivadas del reciente conflicto cuesta dinero. Por ende, argumentan que cobrarán por los “servicios ambientales y de seguridad” prestados a las embarcaciones.
China, en la trastienda
En todo este escenario es donde mira con atención China. También para Beijing esta guerra y su desenlace han significado un cambio de paradigma. Es transparente que la República Popular ha estado en la trastienda de este acuerdo moviendo a su satélite Pakistán como mediador. Un dato que debe preocupar también a la autocracia iraní.
Trump viajó a la capital china entre el 13 y el 15 de mayo para una cumbre con su colega Xi Jinping, a quien le pidió que intervenga en este litigio, atento a la sociedad política y especialmente económica que el Imperio del Centro mantiene con el régimen islámico. “Él se ofreció”, balbuceó el líder republicano. Apenas un mes después de ese encuentro, el 15 de junio, se anunció un cese del fuego que dio paso a estas negociaciones finales.
Días antes y durante la cumbre de mayo, se registraron intensos movimientos diplomáticos en Beijing , incluyendo reuniones clave del canciller iraní, Abbas Araghchi, con las autoridades chinas. Un punto central en el cual coinciden las dos potencias capitalistas de la era es en la necesidad de la liberación de la navegación en Ormuz, como estaba antes de la guerra. Por ese paso viaja el 45% del petróleo y el gas que importa China.
Pero la preocupación de la República Popular tiene otra altura. El estrangulamiento energético produce una reducción del crecimiento mundial que erosiona el proyecto de acumulación del Imperio asiático, el cual presume que será la potencia hegemónica global en apenas un par de décadas.
Irán no podrá desafiar a este socio central. El estrecho quedará abierto, con alguna condición. Trump hablará de victoria, pero nada será lo mismo. Esta guerra demolió la reputación de EE.UU., la de este presidente y la de su gabinete, y ya está detonando al oficialismo republicano. Habrá novedades.




