Estados Unidos perdió la guerra en Vietnam, la de Irak y la de Afganistán. Ahora corre el riesgo de sumar a Irán a ese listado. Todos estos conflictos probaron que el poderío no necesariamente hace la diferencia. El actual desafío llega agravado por cuotas mayores de improvisación y sobreactuación por parte del gobierno de Donald Trump. En esa perspectiva, la crisis del Golfo puede superar el daño auto infligido que causó este gobernante a la doctrina atlántica. Si esta alejó a EE. UU. de sus aliados históricos, que fueron la base de su hegemonía, la pesadilla de este conflicto desnuda una debilidad de liderazgo que compromete el sentido global de la potencia.
De ahí que el problema central no sea si Trump traicionó su discurso al meter al país en otra guerra sin apagar las otras, como prometió. La clave de bóveda, y la que será el legado de este mandatario, es que con su conducta errática e improvisada esmeriló el poder norteamericano más allá de cualquier conjetura, incluso por encima de lo que ha supuesto China para defender su derecho al relevo. Menos que America First, Trump por momentos parece el enterrador de EE.UU.
EE.UU. tiene la capacidad real de destruir a Irán. Pero el eje de este conflicto no es la fuerza, sino la habilidad para controlar los flujos comerciales, la estabilidad de la región y las cadenas de suministros globales, que es donde aparecen las fallas principales. Más allá de los discursos ampulosos de Trump, lo que importa es la capacidad para gestionar la crisis y prever las consecuencias de sus actos.
El carácter asimétrico del conflicto del que se aprovecha Irán, una cuestión que no debió escapársele a los estrategas norteamericanos, lo acaba de corroborar el informe de inflación en EE.UU.. El costo de vida, aunque todavía alto, registró en junio su mayor caída desde 2020, impulsado por la baja de los precios de la energía. Un efecto positivo de los acuerdos con Teherán y el memorándum de entendimiento que en junio cesaron el conflicto o, por lo menos, abrieron esa expectativa.
Es un avance que, sin embargo, se torna efímero por la reanudación de una guerra que muchos analistas consideran que nunca realmente se detuvo y repetirá los daños económicos que se produjeron en la etapa anterior. Dato adicional: la nueva escalada, alerta Bloomberg, coincide con el inicio de la temporada de resultados corporativos en Wall Street, en un momento en que los inversores cuestionan si las enormes inversiones destinadas a inteligencia artificial, que explican en gran medida la expansión de la economía norteamericana, terminarán generando los retornos esperados o se está frente a una burbuja colosal..
El gran problema en el frente es el control del estrecho de Ormuz, que Irán no cede, apoyado en argumentos polémicos: la guerra generó nuevas realidades geopolíticas, afirma y agrega que así fue estipulado en el acuerdo que Trump firmó en el palacio de Versalles en Francia. Esgrime el confuso punto cinco del documento como confirmación de esa soberanía que establece que “la República de Irán hará todo lo posible para garantizar el paso seguro de los buques comerciales”.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, abandona el escenario tras su discurso durante la Cumbre de Defensa e Innovación de Pensilvania en el Colegio de Guerra del Ejército de Estados Unidos en Carlisle, Pensilvania. Foto ReutersNo debe perderse de vista que el triunfalismo exagerado de Irán tanto emerge como compite con una realidad interna de derrumbe, con el costo de vida por encima de los tres dígitos y la destrucción de sus estructuras industriales. Eso se traduce en desempleo, carencias amplias de necesidades básicas y dificultades estructurales que no pueden resolverse en el corto plazo. La guerra le sirve tanto a halcones como moderados para mantener consolidada las bases a puro nacionalismo y disolver demandas sociales.
La interna iraní
Esta crisis convive, además, con una inevitable división en la nueva conducción política y militar del país. La sólida jefe de corresponsales de la BBC, Lyse Doucet, con frecuentes coberturas en el país persa, afirma que mientras unos buscan ganar a través de la diplomacia, otros creen que el alto el fuego llegó demasiado pronto, antes de que Irán hubiera infligido suficiente daño a EE.UU. “Los recientes ataques iraníes contra tres buques, entre ellos un cisterna de gas natural licuado con bandera qatarí, que transitaban por un corredor marítimo cercano a la costa sur de Omán, fueron descritos por una fuente diplomática de la región como obra de una ‘unidad disidente’ dentro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica”, consigna. Esa interna complica la salida que la Casa Blanca busca desesperadamente de este pantano.
El presidente, que detesta los análisis finos y se revuelve en contradicciones alimentadas posiblemente por su desconcierto, acaba de dilapidar aquel logro de su economía con una señal ominosa a los mercados. Prometió atacar los puentes y centrales eléctricas iraníes la semana próxima como paso previo a los objetivos petroleros que “serán al final, pero al final los alcanzaremos”. Si eso sucede, el costo del crudo se disparará y también el del resto de los commodities afectados por el bloqueo ahora total del estrecho.
Trump hizo su amenaza después de echarse atrás con el peaje del 20% que dijo cobraría a los buques por cuidar ese paso, con lo que validaba el mismo reclamo iraní. Y todos los demás que amenazan la libre circulación en los mares, China primero. Pero la reversa, que justificó con un falso anuncio de inversiones árabes en EE.UU., se debió no solo a ese fallido sino particularmente al sacudón que causó su propuesta en el mercado petrolero. Ese artefacto implicaba un aumento del 15% promedio adicional del precio del barril. Era previsible, no lo previo.
Todo esto sucede con el trasfondo de una escalada norteamericana de intensos bombardeos sobre blancos iraníes, con Teherán golpeando al vecindario árabe de la región y con la amenaza del régimen “del cierre de otras rutas de exportación de petróleo y gas” para aumentar su ventaja asimétrica. Apunta al estrecho de Bab el-Mandeb en el mar Rojo, donde dominan las milicias hutíes proiraníes de Yemen. Ese paso conecta el golfo de Aden con el mar Rojo y es la vía obligada para los buques que se dirigen al canal de Suez. Por ahí transitan millones de barriles de crudo provenientes del golfo Pérsico con destino a Europa, además de gas natural licuado. Si se lo bloquea, obligaría a los barcos a cruzar por el cabo de Buena Esperanza en África, aumentando los costos de flete y los tiempos de entrega. Tormenta perfecta.
Una pista del extraordinario encierro al cual caminó la Casa Blanca la ha brindado un legendario periodista norteamericano. El 10 de junio, Seymour Hersh, quien reveló en 1969 la masacre de My Lai en Vietnam y en 2004 las torturas contra iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, informó que Trump había preguntado si era factible usar armas nucleares de baja potencia contra las fábricas subterráneas donde Irán construye sus misiles. La cuestión más grave no es solo esa versión refrendada por la calidad profesional de quien la difunde, sino la certeza de que todo es posible, paradójicamente, por la impotencia que rige la circunstancia.
El presidente Donald Trump parte en el Marine One tras pronunciar un discurso en el Colegio de Guerra del Ejército de los Estados Unidos en Carlisle, Pensilvania. Foto APEsta guerra se ha convertido en un cadalso para Trump con el sobrevuelo de las legislativas de noviembre que pueden saldarse, según algunos analistas, en una derrota apabullante como la que sufrió su aliado también populista Viktor Orbán en Hungría. La novedad es que ese desenlace es el que buscaría gran parte del establishment, para aliviar su preocupación por el esmerilamiento del liderazgo y la reputación de la potencia a extremos que por momentos rozan el ridículo.
Esa noción de que las cosas van mal, se afirma, según le dice un diplomático occidental a esta columna, en que si el líder de la mayor potencia global maneja un conflicto de alta intensidad con impulsos tácticos de corto plazo, declarando rota una tregua un día, ordenando bloqueos navales en Ormuz al siguiente, o anunciando que cobrará “peajes” a los buques, altera un principio básico de las relaciones internacionales: la credibilidad y la certeza del comportamiento estatal. La imprevisibilidad fulmina la disuasión.


