En su libro “Leadership”, Eddie Jones repasa su experiencia, muy extensa, como entrenador de equipos de rugby y cómo armar el camino a la Copa del Mundo. Según él no existe un camino lineal en el crecimiento de un equipo entre ciclos mundialistas. Es más bien una aventura sinuosa donde hay cumbres, mesetas, caídas y crecimientos. El año previo a un Mundial, nunca debe ser el del pico máximo. Preguntémosle a Andy Farrel por su experiencia con Irlanda. O a Rassie Erasmus, si lo enganchamos antes de que viaje a su país.
Tengo el recuerdo de Sudáfrica, que en 2018 jugó 14 partidos, entre los que perdió 6, incluyendo dos caídas con Gales, dos con Inglaterra, una con los All Blacks y otra con los Pumas. Aquella caída en Mendoza era el segundo partido de la era Ledesma y fue la derrota más categórica frente al conjunto argentino registrada hasta hoy.
Un año más tarde, fueron campeones del mundo ganándole con autoridad al equipo inglés entrenado por el autor de “Leadership”. El pico llegó en el momento justo para los Springboks aquél día en Tokio. Ni un año, ni un mes antes.
No tengo idea si Felipe Contepomi leyó el libro de Eddie Jones. Probablemente no haga falta. Muy bien debe saber que el pico que está buscando quizá no coincida con las expectativas de un espectador común que va un sábado a la tarde a Liniers a ver a unos Pumas que hace unas semanas terminaron una ventana de julio algo irregular. Hay indicios -por lo que dijo la última semana sobre la sanción a Albornoz y lo relacionado al partido con Inglaterra en Santiago del Estero- de que está muy seguro de que el pico del equipo está lejos. “Hay muchísimas cosas en las que podemos ser mejores”, dijo sobre ese encuentro y el futuro del equipo a falta de 14 meses para la Copa del Mundo.
En el partido con Sudáfrica fueron mejores en varias de esas cosas que menciona el head coach. La construcción del partido, buscando sacar el cero del marcador en el primer penal habla de ello. La capacidad para sostener la atención durante gran parte de los 80 minutos, también. Jugar contra Sudáfrica – mas allá de que puntualmente hoy Inglaterra parece ser un equipo más incómodo para los Pumas – es el desafío máximo del rugby actual.
Los campeones del mundo parecen haber resignificado la palabra presión. En el rugby para ser el mejor no es cuestión de ejercerla por momentos, es constante.
La anatomía del partido nos cuenta que Sudáfrica atacó bastante más. Y sin embargo, en sus 8 entradas en 22 metros de los Pumas solo pudieron marcar 2 veces (dos tries). El penal que sumó Sacha Feinberg fue en las puertas de la zona de oro. Si bien pudieron tener más la pelota, nunca terminaron de desordenar a los argentinos, ni con las corridas de sus backs, los avances de los forwards, o las muchas formas de utilización del pie. Solamente Estherhuizen pudo cumplir su misión de juntar marcas en el primer try. En defensa, por lo tanto, Los Pumas dieron un paso adelante: fueron disciplinados, contundentes y nunca se desordenaron.
En cuanto al contacto, es decir evitar el terreno del contacto directo donde ellos son los mejores por lejos. Lo hicieron intentando descargar pases sobre las marcas lo que dio resultado (el try de Grondona). Eso se fue diluyendo al tener cada vez menos posesión. Pero en un juego donde la presión la domina el rival es difícil poder elegir cómo jugar.
De las 3 veces que entraron en esa zona dorada, donde el juego cambia, donde el manual implícito de este juego dice que hay que volver con puntos, Los Pumas consiguieron marcar en una (el penal que abrió el marcador fue desde 30 metros de distancia). La tercera podía haber terminado en try de Moroni y empatar el partido en caso de que fuera convertido.
Esos picos a los que se refiere Eddie Jones, en definitiva, se resumen a dos números. La efectividad en ataque y la capacidad de evitar que el rival marque, o mejor aún, que entre en esa última zona de la cancha. Por supuesto, para que se cumplan esos números hay otras estadísticas en el medio, como la obtención – no fue mala frente a Sudáfrica – la cantidad de veces que se gana el contacto, las infracciones y los errores no forzados.
Cada test match es una historia larga. No son solo 80 minutos en un estadio. Es todo lo que pasó antes para llegar a él. Es todo lo que deja, como una huella en un camino de tierra. Cada hito y cada regresión cuentan e influyen en lo que vendrá. Ninguno es determinante. Una regresión puede construir una victoria en el futuro. Me animo a afirmar que las victorias tienen detrás una historia de caída y frustración. Porque finalmente, un equipo está construyendo su mentalidad continuamente. Creer que está dada es absurdo. Rassie Erasmus viene construyendo hace mas de 8 años, por ejemplo. Felipe Contepomi lo sabe. Y tiene 6 partidos en esta temporada para que la historia que cuenta en su cabeza la pueda ver todo el rugby argentino en la primavera de 2027.




