Brasilia. Enviado Especial. En una escuela muy cuidada de clase media en el Asa Sul de Brasilia, una muchacha con un estridente vestido rojo se cruza con un par de jóvenes que llevan camisetas amarillas. No hablan, simplemente caminan, se ignoran. Ella va a votar, ellos salen del colegio. El color de sus ropas identifica por quién lo hicieron o lo harán.
El rojo refiere al presidente Lula da Silva y al PT, aunque el mandatario hace tiempo lo alterna con el blanco. El amarillo, a su rival, Jair Bolsonaro. En Brasil se permite votar exhibiendo emblemas partidarios, incluso se puede llegar a la urna envuelto en banderas de su fuerza política y, como muestra orgullosa la joven, con un cartel pegado en el pecho, que en su caso lleva la foto del mandatario, su vice Geraldo Alckmin y el número 13 que identifica a la fórmula oficialista. Los bolsonaristas también llevan estos adornos con los rostros de sus líderes.
Lo que está prohibido lo fija una línea muy sutil, pero que todos respetan. No se puede, por ejemplo, hacer campaña directa, es decir, intentar convencer al de al lado de la fila para cambiarle el voto mientras espera para llegar a la urna. Tampoco propalar sus ideas con un megáfono en el recinto o agruparse para improvisar un acto mientras la gente camina a la mesa de votación. De modo que en esas hileras que se angostan hasta llegar a la mesa correspondiente, como pudo comprobar este periodista en los sitios donde lo dejaron ingresar sin permiso para fotografías, se alternan los dos colores, con una encomiable tolerancia política de los dos bandos en disputa.
Esta característica ayuda a determinar, al menos de modo rudimentario, cómo se distribuyen las preferencias en las distintas barriadas y centros urbanos. Una recorrida de este enviado guiado por el taxista Reinaldo por la Capital Federal y las ciudades satélite que rodean a Brasilia, mostró un eco muy claro de la polarización que registran las encuestas en estas extraordinarias elecciones. Aunque con algunas peculiaridades especiales.
En el Asa Sul y el Asa Norte de la ciudad, en colegios y universidades situados en zonas de clase media, se advertían más vestimentas rojas que amarillas, también en la decoración de los automóviles estacionados frente a los institutos. Pero ese panorama se modificaba no bien se entraba en los suburbios, incluso los más elegantes, de las ciudades satélite que rodean a Brasilia.
Villa Cahui o Núcleo Bandeirante, a unos 18 kilómetros de la ciudad, es un distrito histórico porque ahí vivían los obreros que construyeron esta capital en la jungla, una iniciativa visionaria del presidente Juscelino Kubitschek que logró coronarla en apenas cinco años entre 1956 y 1960. En ese suburbio de barriadas de clase media baja, pudimos ver a votantes ataviados con remeras amarillas rumbo a los colegios. También rojas, y autos con la bandera del PT, pero era más notoria la inclinación al bolsonarismo.
Esa ciudad junto con otra un poco más alejada y más moderna, Águas Claras, mostraban también una multiplicación de camisas amarillas juntos con templos evangélicos, en algunos casos uno al lado del otro a lo largo de una calle. Gran parte del culto evangelista, que en Brasil cubre alrededor del 34 por ciento de la población, llamó a votar por el retador que se reconoce firme creyente de esa fe.


