La respuesta corta es que los norteamericanos dieron un vuelco total a la política en Estados Unidos, esmerilando o acabando con diez años de nacionalismo autoritario de Donald Trump al arrebatarle el control del Legislativo. Algo parecido ha sucedido días antes en Israel, con el polémico gobierno de Benjamín Netanyahu, también privado de sus mayorías parlamentarias, claves en la íntima sociedad que construyó con su aliado norteamericano. Un ciclo de novedades que tuvo en la victoria de Lula da Silva en Brasil el golpe más severo a la arquitectura dominante que el canciller Marco Rubio edificó para Trump en esta región y que suma ahora el mal trago de Paraguay.
La respuesta larga busca el hilo que une a esos episodios y a otros que conmocionan en estas horas a naciones del centro europeo o de su periferia en Albania, y más allá hasta en Asia. Un cambio de ciclo que se explica en el colapso del contrato que debería garantizar que el sistema contenga y realice. Como eso no sucede, hay un regreso de los indignados, el movimiento que, como señalaba el sociólogo Ulrich Beck, se eleva desde la calle a las instituciones en demanda de una mejora de ese sistema. El movimiento “cucarachas” de la India tiene esa impronta.
Los indignados nacieron después del gran tsunami económico y financiero de 2008 y carecían de dirigentes; simplemente sucedía. La comparación es provocadora si se la acerca al capítulo que acaba de vivir EE.UU. Allí, al menos en la superficie, queda claro que quien ha perdido, y de manera definitiva, es el presidente Donald Trump. Pero del otro lado no hay un líder que confronte, sino un enorme puñado de dirigencias demócratas y algunos republicanos alejados de la línea tóxica de la variante MAGA. Un dato nítido del comicio, es que se votó primero contra Trump y luego, posiblemente, por las propuestas de la oposición.
No se debe exagerar, sin embargo, con la noción de que esto fue solo producto de una irritación lógica de masas exhaustas por el implacable autoritarismo nacionalista del gobierno y sus derivas reaccionarias. Hay, en cambio, un amplio sector del establishment que habría decidido el relevo de un dirigente que, con la guerra en Irán, su repudio al libre mercado con ofensivas arancelarias proteccionistas y la cacería de inmigrantes, puso en riesgo el lugar de poder y de acumulación de la principal potencia capitalista. También, por un aislacionismo que deja a Europa en la distancia al igual que a China, coquetea con Rusia y concentra la atención en apenas América Latina.
Con el hartazgo popular apareció un resquicio para ese relevo. Es lo que algunos analistas llaman el “tiempo de la venganza” con el regreso del liberalismo y el inicio del peor momento para Trump si es que logra gobernar los próximos dos años, cuestión que merece desde ahora una considerable duda. Pocas horas después de las elecciones, Hakeem Jeffries, señalado como el próximo titular de la Cámara de Diputados bajo control demócrata, advirtió que el Congreso “pondrá freno a un Poder Ejecutivo fuera de control”. Para que quede claro hasta dónde están dispuestos a llegar, Jeffries aludió a lo que llamó el “Cártel Trump de corrupción masiva… Haremos que los delincuentes rindan cuentas”.
El presidente Donald Trump, resguardado bajo un paraguas, sube al Air Force One. Foto APEl distanciamiento, casi inmediato, del vicepresidente JD Vance, es una señal a tono con lo que se viene. Nada que asombre. Vale recodar que este funcionario en un mensaje en 2016 escribía lo siguiente: “Dudo entre pensar que Trump es un imbécil cínico como Nixon, que no sería tan malo, o que es el Hitler de América”. La referencia a Nixon hoy puede ser especialmente antipática para Trump por lo que evoca. Aquel presidente renunció para evitar su impeachment.
Como evalúan politólogos y constitucionalistas estadounidenses (David Golove de la Universidad de Nueva York, o juristas del Brennan Center for Justice) es poco probable que Trump se retire voluntariamente o acepte un rol pasivo, pero la pérdida de mayorías legislativas lo deja acorralado. Para estos académicos, aunque el mandatario intente ignorar los resultados, “el margen de maniobra de un presidente sin el Congreso se reduce a decretos ejecutivos que terminan atascados en los tribunales”. Esta no es una discusión entre izquierdas y derechas, o sobre demócratas y republicanos. Es un debate crucial en la cima. Es significativa la reacción alcista y casi jubilosa de las Bolsas tras el golpe electoral contra el controvertido magnate.
El costo de vida y la economía
Esa constatación sobrevuela también el paisaje en Israel con la continuidad amenazada de Netanyahu. Allí, la misma superestructura del poder real busca “restaurar el carácter democrático y liberal” del país con un reemplazo de un liderazgo que, según proclama la oposición que encabeza el general derechista Gadi Eisenkot, malogró la imagen de Israel. Propone cesar el extremismo gubernamental que se abraza a recetas de limpieza étnica que escandalizan al mundo y abrir alternativas de conciliación en Cisjordania. Si sucede, el destino de Netanyahu puede ser tanto o más complicado que el que le espera a Trump.
Una pancarta en la que aparecen el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu; el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance; y el enviado especial de Estados Unidos, Steve Witkoff, en una calle en Teherán. Foto ReutersImpresiona para bien que en EE.UU. se haya votado contra la misoginia, el racismo, la xenofobia o la homofobia, los «valores» de la batalla cultural de la nueva derecha que revolea también la dirigencia de las sucursales de MAGA en América Latina ahora apremiados por la calamidad que atrapa al padrino norteamericano.
Sin embargo, aunque esa cancelación por parte de los votantes es un movimiento admirable, no conviene olvidar que buena parte de estos electores son los que eligieron hace apenas cuatro años masivamente a Trump, y por segunda vez. El magnate, que ya era conocido, ganó en 2024 el voto general, en el Colegio Electoral y en las dos Cámaras legislativas. Un récord. Antes, en las elecciones de 2008 vimos el efecto contrario con el conmovedor llamado de “yes we can” en la campaña de Barack Obama a un pueblo herido por el abrupto empobrecimiento que produjo la crisis económica y financiera de septiembre de aquel año con el colapso del sistema bancario norteamericano.
Ese péndulo no se mueve de modo abrupto como reflejo de una época de fidelidades políticas efímeras, como sostiene algún analista. Lo que moviliza el voto no son valores, que aparecen sí como herramientas para exponer un rencor más profundo vinculado a una legítima crisis económica individual. Por encima de otras consideraciones, el costo de vida, que desnudó la incompetencia de Trump, es lo que acaba de derrotarlo. Antes le sucedió a Joe Biden, abriendo aquel regreso al poder del magnate neoyorquino. Esta disrupción, que enseña que no se debe jugar con el bolsillo de los electores, es la marca de una época definida por una singular concentración de la renta que amputa a enormes masas del reparto, y son las que acaban revoleando el voto como un proyectil.
Tampoco, por lo tanto, sorprende que algunos de los ganadores la noche del martes, como James Talarico, el flamante senador por Texas —banca que estuvo desde 1988 atornillada a los republicanos—, o el notable Jon Ossoff, de Georgia, hicieran campaña llamando a la batalla contra los multimillonarios y sus “políticos títeres”. También, sobre la corrupción que acompaña ese diseño y caracteriza la gobernanza de Trump.
Talarico no solo derribó al candidato del presidente. Ganó sobre una de las mayores operaciones de financiamiento político de la historia estadounidense: casi 600 millones de dólares para sostener la carrera del oficialismo en Texas, la mitad de los cuales los donó Elon Musk. Toda la escena avisa sobre la independencia de los electores que ya vimos en Brasil, que se sobrepuso a la fallida «militancia» de Meta, la poderosa tecnológica de Zuckerberg (Facebook, Instagram y WhatsApp), en favor del opositor Flávio Bolsonaro.
Una síntesis didáctica de lo que acaba de ocurrir la hizo un diplomático brasileño en diálogo con este cronista. Relató que en un encuentro en Washington con miembros del aparato del Partido Demócrata le dijeron que “lo primero que vamos a hacer cuando tengamos el poder para hacerlo es derribar el salón de baile de la Casa Blanca.Tiene que quedar claro que hay cosas que no pueden permitirse y esto tiene que ser de modo concluyente”. La hora de la venganza y una etapa que termina. También para el mundo.


