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A 50 años de un momento escalofriante en la F1: el día que Niki Lauda se transformó en una antorcha humana

Publicado en julio 31, 2026 23 Lectura mínima
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El circuito de Nürburgring siempre tuvo algo de leyenda y algo de tragedia. Veintidós kilómetros de asfalto serpenteando entre bosques, niebla y montañas alemanas. El escocés Jackie Stewart, tricampeón mundial, lo había bautizado “El Infierno Verde”. Los pilotos lo respetaban. Algunos lo temían. El austríaco Niki Lauda, quizás el más cerebral de todos, lo consideraba una locura.

Y fue allí, el 1° de agosto de 1976, donde el tricampeón del mundo se convirtió en una antorcha humana ante los ojos del automovilismo. El lugar donde perdió parte de su rostro, casi pierde la vida y terminó construyendo una de las historias de supervivencia más extraordinarias de la historia del deporte. En ese entonces, tenía 27 años.

Antes del accidente, Lauda ya era una rareza. Andreas Nicholas Lauda había nacido en 1949 en una acomodada familia de banqueros de Viena. Los Lauda imaginaban para él una carrera empresarial, no una vida arriesgando el cuerpo en circuitos europeos. Cuando anunció que quería correr, la familia le cerró la billetera y prácticamente le dio la espalda.

Niki Lauda antes del accidente junto a Luca Di Montezemolo, hombre fuerte de Ferrari751155.JPG

La respuesta de Niki fue muy propia de él. Pidió préstamos bancarios usando su apellido como garantía, se endeudó hasta el cuello y compró su entrada al automovilismo. No era un prodigio romántico ni un artista del volante como muchos de sus rivales. Era un obsesivo. Mientras otros hablaban de pasión, Lauda hablaba de números. Mientras otros describían sensaciones, él describía décimas. Su talento consistía en entender exactamente qué necesitaba un auto para ir más rápido.

Recomendado a Don Enzo Ferrari por Clay Regazzoni, cuando llegó a Maranello en 1974, luego de experimentar en March y en BRM, la escudería del Cavallino Rampante atravesaba años difíciles. Dos temporadas después ya era campeón mundial y el piloto más dominante de la Fórmula 1. En 1976 lideraba cómodamente el campeonato y parecía encaminado a conseguir el bicampeonato. Tenía cinco victorias: Brasil, Sudáfrica, Bélgica, Mónaco y Gran Bretaña. Entonces, llegó la décima carrera de la temporada: Nürburgring.

Ya retirado, Lauda tuvo un rol destacado como asesor de Mercedes; en el rostro, las secuelas del accidente

La ironía de la historia es que Lauda había intentado evitar aquella carrera. Días antes del Gran Premio de Alemania, reunió a los pilotos y propuso boicotear la prueba. Argumentó que el circuito era demasiado largo para contar con medidas de rescate eficaces y que, si ocurría un accidente serio, la ayuda tardaría demasiado en llegar. Tenía razón. Pero la mayoría votó por correr.

El campeonato siguió adelante. Y el destino preparó una de las escenas más terribles de la historia de la Fórmula 1.

La tarde era cambiante. Llovía en algunas partes del circuito y en otras no. Los pilotos dudaban sobre qué neumáticos utilizar. Lauda salió con gomas para lluvia. Transcurría apenas la segunda vuelta. A la altura de Bergwerk, una de las zonas más rápidas y alejadas de los boxes, la Ferrari 312 T2 perdió estabilidad. Nunca se determinó con absoluta certeza qué provocó el accidente. Se habló de una rotura en la suspensión trasera. También de una combinación entre velocidad y condiciones cambiantes de adherencia. Lo cierto es que la Ferrari salió despedida contra las barreras de contención. Rebotó, volvió a la pista y explotó. De repente, todo era llamas. El auto quedó convertido en una hoguera.

Imagen artificial creada por IA del accidente de Niki Lauda en Nürburgring

Para colmo, segundos después, el Surtees de Brett Lunger chocó contra la Ferrari prendida fuego. Lauda permanecía atrapado en el cockpit. Inconsciente, respirando el humo. Durante años se dijo que Niki Lauda había sobrevivido.En rigor, sobrevivió porque cuatro pilotos decidieron detenerse y correr hacia el infierno. El británico Guy Edwards fue uno de los primeros en llegar. Décadas después recordaría: “No había nadie allí inicialmente. Estábamos nosotros y algunos comisarios. Finalmente conseguimos sacar a Niki”.

Junto a Edwards llegaron el estadounidense Brett Lunger, el austríaco Harald Ertl y, sobre todo, el italiano Arturo Merzario, que conocía las Ferrari porque había corrido para la Scuderia. Sabía cómo liberar los complejos cinturones de seguridad, que era lo primordial en ese instante. Mientras las llamas envolvían el coche, se lanzó hacia el interior del habitáculo. Otros pilotos lo sostuvieron físicamente para que no cayera dentro del fuego. Entre todos consiguieron desenganchar a Lauda y extraerlo cuando ya llevaba al menos un minuto expuesto a temperaturas extremas y a humo.

Muchos años más tarde, Lauda resumiría la escena con una frase sencilla: “Merzario saltó al fuego y me sacó. Me salvó la vida”.

Niki Lauda con su esposa, Marlene Knaus, quien nunca quiso hablar de lo que fue la recuperación del pilotoMcCarthy – Hulton Archive

Paralelamente, la vida personal de Lauda tenía una protagonista esencial: Marlene Knaus. Ella fue una de las personas que atravesó el drama más íntimo de aquella tragedia. Marlene y Niki se habían casado apenas unos meses antes. Eran una de las parejas más fotografiadas del paddock: ella, de origen chileno-austríaco, elegante, reservada y alejada de los focos; él, como piloto top y dominante de la Fórmula 1 de mediados de los setenta. Nadie imaginaba que aquel matrimonio recién comenzado iba a ser puesto a prueba de la manera más brutal imaginable.

El enemigo invisible

Las fotografías del momento mostraban un rostro quemado. Pero las quemaduras no eran lo peor. Los médicos descubrieron rápidamente que el verdadero peligro estaba en los pulmones. Durante casi un minuto había inhalado gases tóxicos y humo ardiente. Sus vías respiratorias estaban gravemente dañadas. Durante varios días, el riesgo principal era que sus pulmones colapsaran. En el hospital de Mannheim, la situación fue tan crítica que un sacerdote acudió para administrarle la extremaunción porque los médicos consideraban que sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas.

Niki Lauda y James Hunt, protagonistas de un duelo inolvidable en la década del 70Archivo

Marlene vivió toda esa incertidumbre posterior. Fueron horas en las que nadie sabía si el campeón del mundo volvería a despertar. Durante aquellos días, Marlene permaneció prácticamente en silencio. Era una característica que mantendría durante toda su vida pública: nunca buscó protagonismo ni convirtió el sufrimiento familiar en un espectáculo. Las fuentes coinciden en que estuvo constantemente al lado de Lauda durante la hospitalización y la convalescencia, acompañándolo mientras los médicos luchaban contra las infecciones y las complicaciones respiratorias provocadas por el humo inhalado.

Daniele Audetto, director deportivo de Ferrari, recordaría años después que, al ver a Lauda cuando lo subieron en camilla al helicóptero de salvataje, lo primero que creyó fue que jamás volvería a verlo con vida. El propio Lauda relató tiempo después: “Mi cerebro seguía funcionando, pero sentía que mi cuerpo estaba abandonándome”.

Otra imagen de la Ferrari de Lauda prendida fuego

La recuperación fue impactante. Las llamas envolvieron especialmente el lado derecho de su cabeza. Su casco se desprendió parcialmente durante el impacto, dejando expuestas zonas del cuero cabelludo y del rostro. Las quemaduras, de tercer grado, alcanzaron la frente, las mejillas, las orejas y parte del cuello. Perdió buena parte de la oreja derecha.

Recién cuando lograron estabilizarlo comenzó el trabajo de los cirujanos plásticos. Las quemaduras profundas habían destruido parte de la piel de su cabeza y de su cara. Algunas zonas cicatrizarían por sí solas, pero otras necesitaban múltiples procedimientos reconstructivos y tratamientos dermatológicos durante años. Le extrajeron piel de distintas partes del cuerpo para realizar los injertos, especialmente de las extremidades inferiores. Posteriormente comenzaron las intervenciones destinadas a mejorar la movilidad de los párpados, reducir retracciones de las cicatrices y reconstruir parcialmente las orejas.

James Hunt, Niki Lauda y Ronnie Peterson dialogan antes del GP de Japón de 1976, donde el primero ganó el título mundial bajo un diluvio; Lauda se retiró de la carrera por seguridadBernard Cahier – Hulton Archive

Las cicatrices permanecerían para siempre. Aquí aparece otro rasgo característico de Lauda: nunca intentó ocultarlas. No se sometió a largas reconstrucciones cosméticas para borrar completamente las marcas. Para él eran “heridas de guerra”. Aceptó su nuevo aspecto como una consecuencia de seguir vivo. “Las cicatrices están ahí. Son parte de mi vida”, resumió con la frialdad que siempre lo caracterizó.

Durante los primeros meses después del accidente utilizaba una gorra para proteger el cuero cabelludo, extremadamente sensible al sol y al frío. Con el tiempo ese gorro pasó de ser una necesidad médica a convertirse en una poderosa herramienta comercial. La empresa Parmalat aceptó patrocinar esa gorra roja, que Lauda llevaba prácticamente en todas sus apariciones públicas. Él mismo reconocería años después que había convertido una consecuencia de sus quemaduras en uno de los acuerdos publicitarios más rentables de su carrera.

El accidente de 1976

El accidente de Lauda
El accidente de Lauda

Por otra parte, las reacciones de la Scudería no se demoraron. Mientras Lauda luchaba por respirar y por su vida, Ferrari actuaba. Daniele Audetto recibió la orden de buscar un sustituto. Quedaban seis carreras y había un enemigo concreto: el inglés James Hunt, de Mc Laren. El playboy de la categoría, hombre de la noche, bebedor, fumador y eternamente mujeriego. Todo un personaje. Precisamente en la competencia en Alemania casi fatal para Lauda, Hunt había conseguido su tercera victoria del año. Don Enzo creía que Lauda nunca volvería a subirse a la Ferrari, una conclusión lógica considerando que Lauda había estado a punto de morir. Entonces, contrataron a otro de los pilotos más cerebrales de la categoría: el santafecino Carlos Reutemann. Para Lole era una chance inmejorable. Haría dupla con Regazzoni. Nadie imaginaba lo que vendría después…

El accidente ocurrió el 1° de agosto. Hubo dos carreras, en Austria y en Países Bajos, ganadas por John Watson (Penske) y por Hunt (McLaren). La 13ª competencia era nada menos que el Gran Premio de Italia, en Monza, el 12 de septiembre. La primera vez que se escuchó el rumor de que Lauda volvería a correr todos pensaron que era imposible. Lauda insistió en regresar. Los médicos no podían creerlo, y los periodistas italianos tampoco. Marlene fue testigo de esa obstinación casi incomprensible.

Marlene Knaus fue una compañera incondicional en aquellos primeros años del accidente de Niki LaudaGetty Images

Insospechadamente, ese domingo 12 de septiembre, es decir, 42 días después de estar envuelto en llamas, Lauda apareció en Monza y muchos quedaron impactados. Volvía para conducir la 312 T2. Audetto recordaría que “parecía un fantasma”. Su rostro seguía marcado por heridas recientes y zonas aún sin cicatrizar, con los párpados parcialmente reconstruidos y las vendas ensangrentadas bajo el casco. Para la mayoría de las personas cercanas a él, aquello parecía una locura. Para Lauda era simplemente una decisión lógica: si estaba vivo, debía volver al auto.

El casco era casi una tortura. Las heridas se abrían cada vez que se lo colocaba o retiraba. Hubo que modificar acolchados internos para reducir el contacto con las zonas quemadas. Años después, la propia figura de Marlene quedó asociada para siempre a esa imagen: la mujer joven que acompañaba al campeón con el rostro marcado por el fuego. En las fotografías de finales de los setenta aparecen juntos una y otra vez: ella caminando a su lado, sin esconder las cicatrices que habían transformado para siempre la apariencia de su marido.

Niki Lauda tuvo su propía línea aérea: Air Lauda

Lo llamativo es que, pese a haber compartido uno de los episodios más dramáticos de la historia del deporte, Marlene casi nunca habló públicamente de aquellos días. Los periodistas que intentaron reconstruir su experiencia se encontraron siempre con el mismo muro: una mujer decidida a proteger su intimidad. Incluso décadas después, los registros sobre sus sentimientos o testimonios directos acerca del accidente son escasos. Mientras el mundo escuchaba a médicos, pilotos, rivales y periodistas describir el milagro de Lauda, ella eligió permanecer en segundo plano.

La escena en la película “Rush”

Quizá por eso una de las voces más reveladoras llegó muchos años después a través de la familia. Su hijo, Mathias Lauda, contó que la conexión entre sus padres nunca desapareció del todo, incluso después del divorcio. Tras la muerte de Niki en 2019, a los 70 años, por problemas pulmonares y renales, recordó que su madre siguió profundamente afectada por la pérdida y que mantenía vivo su recuerdo de manera cotidiana.

Ese regreso increíble

Lo cierto es que esa vez, en Monza, Lauda estaba allí, listo para correr. ¿Y el miedo?

La leyenda suele presentar a Lauda como un héroe sin temor. La realidad era más interesante: tenía miedo. Muchísimo miedo. Años después confesó que cuando volvió a subirse al Ferrari sintió pánico. Lo extraordinario no fue la ausencia de miedo, sino su capacidad para convivir con él. Su razonamiento era simple: quedarse en casa pensando en el accidente podía resultar más destructivo que volver a conducir. La recuperación psicológica formaba parte de la recuperación física.

Ese Gran Premio de Italia contó con la participación de las tres Ferrari: Regazzoni, Reutemann y Lauda. Era el regreso imposible. Fue mágico, por contra toda lógica, Niki se clasificó entre los mejores: terminó cuarto. No era una victoria, sino algo más impresionante. Porque 42 días antes había recibido la extremaunción y ahora estaba peleando de nuevo con los mejores pilotos del mundo a 300 kilómetros por hora. Audetto nunca olvidó aquella actuación: “Verlo correr y terminar cuarto era increíble”. Ese día se impuso Ronnie Peterson, el sueco de las manos mágicas.

Niki Lauda celebra junto a Nico Rosberg, Lewis Hamilton, Toto Wolff y el resto del equipo Mercedes celebran el triunfo del piloto inglés en Rusia 2014.Pavel Golovkin / AP

Lauda regresó para seguir luchando contra James Hunt. La rivalidad ya era legendaria y hasta mereció una película, “Rush” (2013), en la que se muestra buena parte de esta historia, el accidente y la relación entre ambos. Durante las carreras que el austríaco se perdió por el accidente, Hunt había reducido la diferencia en el campeonato, sobre todo al lograr dos nuevos triunfos en el año en el Gran Premio de Canadá y el de Estados Unidos de la Costa Este. Eran cinco éxitos para cada uno, aunque Lauda tenía una ventaja de tres puntos.

La batalla se prolongó hasta la última fecha, en el Monte Fuji, en Japón, bajo una lluvia torrencial. Y allí ocurrió otro momento que definió a Lauda. Tras dos vueltas decidió abandonar. No porque estuviera enfermo ni porque el coche fallara: abandonó porque consideró que las condiciones eran demasiado peligrosas. Después de haber visto la muerte de cerca, no estaba dispuesto a volver a jugar a la ruleta rusa. La victoria fue de Mario Andretti (Lotus) y Hunt terminó tercero, ganando el campeonato por apenas un punto: 69 contra 68. Tiempos, se recuerda en los que sólo puntuaban los seis primeros, con este desglose: 9, 6, 4, 3, 2 y 1.

La vida después del fuego

La mayoría de los deportistas habrían quedado marcados para siempre por aquel accidente. Lauda no. Volvió a ser campeón en 1977, otra vez con Ferrari y por buen margen: 77 puntos contra los 55 del sudafricano Jody Scheckter, que corría con Wolf. Se retiró a fines de 1978. Regresó en 1984 por problemas financieros: fanático de los aviones, había fundado su propia empresa aeronáutica, la Air Lauda, sin resultados positivos, al punto que la compañía terminó siendo absorbida por Austrian Airlines.

La necesidad económica llevó a Lauda nuevamente a las pistas en ese 1984, ya con 35 años. ¿Cómo le fue? Conquistó su tercer y último título mundial con McLaren, derrotando a su compañero de equipo, el francés Alain Prost, por medio punto (72 contra 71,5), una diferencia que sigue siendo la más estrecha de la historia de la Fórmula 1. ¿Por qué ese medio punto? El Gran Premio de Mónaco, ganado por Prost, se disputó bajo la lluvia y se dio por finalizado sin que se hubiese completado el 75% del recorrido, razón porque la carrera otorgó la mitad del puntaje.

Niki Lauda fue accionista de Mercedes en la parte final de su vida. Su participación fue clave para incorporar a Lewis HamiltonAFP

En total, Lauda logró 25 victorias, subió 54 veces al podio y marcó 24 pole positions. Ya retirado, fue accionista del equipo Mercedes en la F1 desde 2012, cargo que ocupó hasta su muerte, en 2019. Lauda tuvo un rol trascendente, una voz muy escuchada en el equipo, y su participación fue clave para conseguir la contratación en 2013 del británico Lewis Hamilton, que había sido campeón mundial en 2008 con McLaren. Los resultados están a la vista: Lewis, junto con Michael Schumacher son los máximos campeones de la categoría, con siete títulos cada uno. Los otros seis de Hamilton fueron con Mercedes.

Las cicatrices nunca desaparecieron. Pero dejaron de representar una tragedia para Lauda. Se transformaron en un recordatorio. El accidente de Nürburgring cambió muchas cosas. Aceleró la discusión sobre la seguridad. Confirmó las advertencias que Lauda había realizado antes de la carrera. Y convirtió a un campeón en una figura casi mitológica. Sin embargo, quizá la mejor definición de lo que ocurrió no tenga que ver con el heroísmo. Tiene que ver con la voluntad. La de ese hombre que quedó atrapado en una Ferrari en llamas, respiró humo suficiente para que los médicos pensaran que no sobreviviría, al punto de haber recibido la extremaunción. Un hombre que, además, perdió parte de su rostro y que 42 días después volvió a sentarse exactamente dentro del mismo habitáculo donde todo había ocurrido.

Lauda decía que la gente exageraba cuando hablaba de valentía. Que él simplemente hacía lo que consideraba lógico. Tal vez esa sea la razón por la que su historia sigue fascinando medio siglo después. Porque mientras el resto del mundo ve una hazaña imposible, Niki Lauda veía solamente el siguiente trabajo que tenía que hacer.


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El enemigo invisibleEl accidente de 1976La escena en la película “Rush”Ese regreso increíbleLa vida después del fuego
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