El despido a Rúben Amorim de Manchester United respondió no solo a cuestiones tácticas y resultados deportivos. Detrás del final anticipado del ciclo del entrenador portugués se esconden episodios que involucran de forma directa a tres argentinos: Lisandro Martínez, Alejandro Garnacho y Emiliano ‘Dibu’ Martínez. La tensión con algunos referentes del plantel, decisiones polémicas en el mercado de pases y un manejo distante de los jóvenes talentos precipitaron una ruptura que venía gestándose desde hacía meses.
Una de las situaciones que figuran en el informe publicado por The Athletic fue un fuerte cruce entre Amorim y Lisandro Martínez en una práctica, en diciembre. El defensor, que se encontraba en plena recuperación de una lesión ligamentaria, consideró que estaba en condiciones de ser titular y se lo hizo saber al entrenador, que seguía relegándolo. Según reconstruyó el artículo, la discusión fue “intensa” y expuso un vínculo desgastado.
Sin embargo, Amorim lo incluyó como titular en el partido del 26 de diciembre, un triunfo sobre Newcastle, y le confió la cinta de capitán en los tres últimos encuentros antes de ser destituido. Para algunos fue un gesto de reconocimiento. Para otros, una maniobra tardía para recomponer una relación rota.
El caso de Garnacho, en cambio, ya formaba parte de una larga lista de marginaciones por parte del entrenador. El portugués incluyó al extremo en su bomb squad, un grupo informal de futbolistas relegados que se entrenaban separados del plantel principal. El extremo argentino de 21 años fue finalmente transferido a Chelsea en agosto por más de 46 millones de euros, pero en Manchester aseguran que esa operación fue a pérdida: su exposición negativa y la falta de continuidad habrían reducido su valor en unos 15 millones, según cree la directiva.
La dirigencia cuestionó duramente esa política interna y David Gill, ex director ejecutivo del club, señaló en una reunión del consejo que la exclusión al joven nacido en España —junto a la de Marcus Rashford (hoy cedido a Barcelona), Jadon Sancho (en préstamo en Aston Villa) y Antony (vendido a Betis)— había sido un error que le había costado millones de euros a la institución. Hasta sir Jim Ratcliffe, accionista minoritario y una de las voces más influyentes en la gestión deportiva, cuestionó el estilo de conducción de Amorim y algunas exclusiones de peso en el plantel.
El tercer argentino involucrado, aunque más indirectamente, no llegó a vestir la camiseta del United, pero su ausencia también pesó en la ruptura. Amorim insistió durante el último mercado en la contratación a Emiliano Martínez, el arquero campeón del mundo en la selección argentina. Lo consideraba una incorporación clave por su experiencia y su liderazgo. Incluso Licha intercedió ante Ratcliffe para que el club avanzara en esa dirección. Sin embargo, la dirigencia optó por Senne Lammens, un belga de 23 años más accesible en cuanto a salario y valor de transferencia. La decisión fue tomada por el director de scouting, Tony Coton, y respaldada por Christopher Vivell, responsable del área de reclutamiento. Para Amorim fue una muestra más de que su poder de decisión estaba en declive.
El DT portugués, de 40 años, tuvo enfrentamientos también con Vivell por otras decisiones en cuanto al mercado de pases. La cancelación de un intento de fichar a Antoine Semenyo, recientemente incorporado por el archirrival, Manchester City, y la elección de jóvenes, como Lammens, en lugar de consagrados generaron fricciones.
Los conflictos internos erosionaron el liderazgo de Amorim. Las diferencias con algunos directivos escalaron en una reunión tensa en la que debatieron tácticas, fichajes y la falta de confianza del plantel en el sistema utilizado, que el entrenador defendía a pesar de los pedidos de modificarlo.
El entrenador había llegado con la promesa de liderar un proyecto de largo plazo, pero su figura fue debilitándose a medida que acumulaba fricciones. Su defensa obstinada al sistema 3-4-2-1, cuestionado incluso por Ratcliffe y Jason Wilcox, el director de fútbol del club, y su distanciamiento con la academia del United terminaron de erosionar el aval a su figura.
La gota que colmó el vaso fue un enfrentamiento verbal con el propio Wilcox en el centro de entrenamiento de Carrington, el viernes previo a su último partido como director técnico de los Red Devils. Ese día, luego de que el director de fútbol le expresara nuevamente críticas al sistema, Amorim dejó entrever que ya no se sentía respaldado y manifestó su intención de abandonar el cargo. A eso sumó las declaraciones en conferencia de prensa post 1-1 contra Leeds como visitante, cuando expuso diferencias con el área deportiva, interpretadas como un desafío directo.
Con todo ese desgaste, apenas tres días después de la charla con Wilcox —según cuentan, uno de los que más lo defendían internamente— el club oficializó su despido. 14 meses luego de su llegada. Fue reemplazado de manera interina por Darren Fletcher y Manchester United deberá pagarle al cuerpo técnico saliente una indemnización de unos 10 millones de libras esterlinas, equivalente a 11,5 millones de euros. En el balance, el club quedó descolocado por una apuesta que no logró sostener en resultados ni en cohesión interna.
A pesar del cierre abrupto, Amorim se despidió con gestos cordiales. Pero en Old Trafford las secuelas de su gestión aún son analizadas con cautela. Y en ese saldo, el peso de las decisiones vinculadas con tres futbolistas argentinos resulta ineludible.



