La picardía, la desfachatez, esa mezcla de malicia y desparpajo con que apila rivales en la cancha contrasta con su personalidad reservada y silenciosa cuando enfrenta los micrófonos. Entrevistar a Marcelino Moreno, figura del Lanús campeón de la Copa Sudamericana y animador del Torneo Apertura, puede resultar tan complejo como quitarle la pelota. Hacen falta al menos cinco visitas al polideportivo del club para que el 10 acepte, finalmente, sentarse a dialogar. En más de diez años de carrera, casi no concedió entrevistas, más allá de alguna frase de ocasión al final de los partidos. Las cámaras lo avergüenzan, aunque frente al grabador de LA NACION se exprese con la misma simpleza con la que actúa dentro del campo.
En Damián Marcelino Moreno conviven varios personajes en uno solo. El mendocino de Palmira que debutó a los 14 años en la liga local. El que se probó en Boca y, cuando parecía tocarle la oportunidad, fue perjudicado por un cambio de dirigencia. El chico que lloraba en la pensión de Lanús porque extrañaba a sus padres. El joven que, tras realizar la pretemporada con Primera, se planteó seriamente dejar el fútbol y, cuando lo convencieron de volver, fue bajado a las inferiores por reintegrarse tarde al plantel. El que fue a préstamo al Federal A y no jugó ni un minuto, pero aprendió a pararse en la vida. El que, en su primera etapa en el Granate, se quedaba después de hora pateando a un arco vacío para mejorar la puntería y ganar confianza, mientras los partidos pasaban y no podía debutar en la red. El que Gabriel Heinze marcó en su paso por Atlanta United y el que hoy, a los 30, vive el mejor momento de su carrera, con goles, lujos y la impronta del potrero.
“En Lanús siento felicidad plena”, asegura, al responder lo que muchos se preguntan y pocos comprenden: por qué, con un presente tan destacado, decide quedarse en el lugar donde todo empezó. Moreno recibe a LA NACION tras la práctica en el club. Entra y sale de la cancha de la mano de su hijo, y él mismo abre el portón del estadio para sentarse a charlar en la platea, un sitio del que conoce cada rincón, porque vivió allí, debajo de esas tribunas, y porque debutó casi una década atrás sin imaginar que su camiseta sería una de las más buscadas por los hinchas. Acá, en Lanús, es “Lino”, el ídolo que condujo al club a su último título y desde su regreso al país, en 2024, se consolidó como figura clave del fútbol argentino.
Nacido el 25 de junio de 1995, es hijo de Ariel, quien también fue futbolista, y nieto de José, fundador de “Escuela de Trapo”, el lugar donde los chicos de la zona empezaban a dar sus primeros pasos. Marcelino arrancó de volante central, el mismo puesto en el que jugaba su papá. Era flaco, alto, tenía buena pegada y, en sus inicios en cancha de siete, ya marcaba una diferencia con el resto. Según “Lino”, la genética fue determinante: “Mi papá tenía una zurda exquisita, daba gusto verlo”. Más tarde, llegó a las inferiores del club Palmira y, con apenas 14 años, se convirtió en el 10 del equipo en la Primera División de la Liga Mendocina. “Me gustaba jugar por el medio, pero me costaba mucho el retroceso. Entonces, me pusieron un poquito más arriba, y ahí me sentí más cómodo. Agarraba la pelota, encaraba para adelante y mi primera opción siempre era el arco rival. Tenía que gambetear para avanzar y mi primera opción siempre era ir al arco rival; además, podía dejar a mis compañeros en posición de gol”, rememora Marcelino.
Creció admirando a Juan Román Riquelme, aunque nunca pudo enfrentarlo: Riquelme dejó de jugar en 2015, y él debutó en 2016. “Me fascinaba cómo jugaba, la visión periférica y los pases que él daba”, cuenta. En 2011, viajó a Buenos Aires para realizar una prueba en Boca, en el predio de La Candela, donde fue observado por Norberto Madurga y Abel Alves. Le fue bien, pero no quedó: dos meses después Daniel Angelici ganó las elecciones y, al cambiar la estructura de inferiores, el contacto se diluyó.
-¿Tenés algo de Riquelme en tu juego? ¿Pudiste aplicar cosas de su estilo?
-Uno puede copiar movimientos, pero debe adaptarlos a sus características. Él tenía un talento increíble. Hoy, el fútbol tiene muchos movimientos preestablecidos y no depende solo de la inspiración de un jugador.
En 2013, un empresario lo llevó a probarse a Lanús. Allí fue evaluado por el coordinador del fútbol amateur, Carlos Ranalli, y por el entrenador de su categoría, Hernán Meske. Llegó como enganche, aunque en inferiores fue utilizado en una función parecida a la que cumple actualmente: de mediapunta, acompañando al delantero de área. Rápidamente dio el salto a Reserva, pero el equipo jugaba con el mismo esquema que la Primera, sin enlace y con tres delanteros, por lo que Moreno pasó a jugar como extremo. “Sentía que no daba lo mejor, que la línea me limitaba. En ese momento, casi ningún equipo jugaba con enganche: eran todos 4-3-3. Era simple: o me adaptaba o no jugaba”, explica.
En junio de ese año, fue convocado para realizar la pretemporada con el plantel de los Mellizos, que con jugadores como Agustín Marchesin, Carlos Izquierdoz, Leandro Somoza, Lautaro Acosta y Santiago Silva se consagraría campeón de la Copa Sudamericana ante Ponte Preta y pelearía el Torneo Final con San Lorenzo hasta la jornada final. “Llevaba tres meses en el club y todo había sucedido muy rápido. Para un chico del interior, como yo, era un cambio enorme. Extrañaba mucho a mi familia, todo el tiempo pensaba en volver”, confiesa.
Poco después sufrió una lesión y pidió permiso para regresar a Mendoza. “Cuando llegué a casa, no quería irme. Estaba acostumbrado a vivir en el pueblo y, de repente, llegar a Lanús, andar bien, subir a Primera… Todo ocurrió demasiado rápido y no estaba preparado. A la pensión llegué con 18 años. A esa edad, muchos chicos ya se van, pero yo recién entraba. Me faltaba madurez”, admite.
Tras unos días en Palmira, su familia insistió y decidió regresar, aunque encontró un panorama muy distinto: “En lugar de volver un miércoles, volví un domingo. Cuando asomé por el vestuario, el Profe (Javier) Valdecantos me frenó en la puerta y me dijo: ‘agarrá tus cosas y volvé con las inferiores’”.
Así, pasó a préstamo a Talleres de Córdoba, que competía en el Federal A y atravesaba el inicio de la gestión de Andrés Fassi. En un año, no llegó a debutar: fue cuatro veces al banco y, aunque formó parte del plantel que logró el ascenso, no tuvo la chance de ingresar. Aun así, la experiencia le dejó mucho: “Aprendí un montón, fue una etapa que me hizo crecer en todo sentido. Hoy miro hacia atrás y valoro todo lo que viví, a pesar de que no jugué”. Además, marcó un antes y un después en lo personal: “En Córdoba empecé a convivir con Katy, quien hoy es mi esposa y mamá de mis hijos. Volví a Lanús cambiado, siendo otra persona”.
En su regreso al club, Moreno fue una de las figuras de la Copa Libertadores Sub 20, en la que el Granate, dirigido por Ezequiel Carboni, cayó en semifinales ante San Pablo. Ese muy buen rendimiento le abrió nuevamente el camino de la Primera, bajo la conducción de Jorge Almirón. Con él fue parte de dos consagraciones: la Copa del Bicentenario, frente a Racing, y la Supercopa Argentina, ante el River de Marcelo Gallardo, y fue el primer cambio en la final de vuelta frente a Gremio, en 2017.
Desde su llegada a Lanús, Moreno fue sorteando dificultades. Primero, la distancia; después, el conflicto con Schelotto; más tarde, el préstamo al Federal A. Y finalmente, una carga que le costó quitarse de encima: 81 partidos para que convirtiera su primer gol, algo que hoy logra con facilidad: marcó en los tres partidos de Lanús en el año: Sarmiento de La Banda, San Lorenzo y Unión.
-¿Cómo recordás aquel momento?
-Fue complicado, aunque también soy consciente de que en ese entonces era muy pibe y tampoco jugaba los minutos que juego ahora. Me contaban partidos en los que tal vez entraba cinco minutos, con el partido ya resuelto, y tampoco es que jugaba siempre. Se hizo esperar, pero tuve el apoyo de mucha gente, que hacía lo imposible para que yo convirtiera. Pepe -por José Sand- me agarraba después de las prácticas y me decía: “León, vamos a patear”. Él me apodaba así por el tatuaje de un león que tengo en la mano. Me hacía patear al arco vacío y me pedía apuntar a las orillas. No importaba que no hubiera arquero: él quería que la metiera contra los palos.
La racha se rompió en 2021, frente a Belgrano de Córdoba, tras una pared con Tomás Belmonte y una cortina de Sand que lo dejó cara a cara. No eligió definir a un costado, sino meterla por entre las piernas del arquero. Cuando la pelota ingresó, no pudo contener las lágrimas. Debajo de la camiseta mostró una remera con una dedicatoria especial: “Lauty te amo”, para su hijo. Un año y medio después, fue transferido al Atlanta United, en la MLS, a cambio de siete millones de dólares.
Allí jugó de enganche hasta la llegada de Gabriel Heinze, quien volvió a utilizarlo en un sistema 4-3-3, aunque ya no como delantero, sino como volante interno, una posición que ya había ocupado en Lanús. “Con el Gringo aprendí un montón, es un técnico que vive el fútbol con muchísima intensidad. Me sorprendió su forma de trabajar y la manera en que contagiaba al grupo. Él estaba todo el tiempo enfocado en que los jugadores diéramos el 100%; eso es lo que más me marcó de él: no relajarse nunca, jugar siempre al límite”, resalta. Luego, tras un paso con altibajos por Curitiba, donde al principio le costó jugar -porque el entrenador, el portugués António Oliveira, no lo había pedido-, terminó mostrando un buen nivel, pese a que el equipo finalmente perdió la categoría.
-Jugaste en Argentina, Estados Unidos y Brasil. ¿En qué liga te adaptaste mejor?
-La nuestra es una de las más difíciles del mundo, no tengo dudas. Jugar acá es complejo, para ganar un partido hay que superar circunstancias muy adversas. Hay mucho roce, los rivales son mañosos y hay muchos jugadores grandes, con oficio y experiencia. No es sencillo jugar en el fútbol argentino.
-¿Qué sentís cuando se dice que el enganche es una especie en extinción?
-Los jugadores están; el tema es dónde se los ubica en la cancha. Hay técnicos que, aun teniendo futbolistas con esas características en el plantel, se aferran a un sistema y tal vez los utilizan como internos o como doble cinco, para no desarmar su estructura. De todos modos, creo que hoy los entrenadores entienden que el jugador creativo necesita ciertas libertades. Enganches hay; la clave es ponerlos a jugar de eso, a cumplir ese rol dentro del campo.
-Vos sos uno de los pocos que se mantienen.
-Cuando volví al club, en 2024, Lanús jugaba sin enganche. Ricardo Zielinski me usaba de extremo, pero el club había ido a buscarme, había hecho un esfuerzo importante por mí, y yo sentía que así no rendía. Un día hablé con el Ruso y le dije que quería jugar en mi posición y que, si no, iba a esperar mi oportunidad afuera. Él me entendió, me puso de enganche, y creo que mejoramos todos: el equipo y también yo, en lo individual.
-Eso habla de tu crecimiento: del chico que no hablaba al que pide una charla con el DT.
-Al principio no me animaba. Pero mi papá me recomendaba que tenía que jugar por dentro, no tanto por fuera, porque rendía mejor en el medio. Él me dijo: “Estás en una etapa de tu carrera en la que podés hablar con el entrenador y plantearle tu punto de vista”. Me insistía en que lo hiciera con respeto, y que después el técnico tomaría la decisión. El Ruso aceptó y salió todo muy bien.
-¿Quién te aconseja más, tu papá o tu esposa?
-Hoy hablo más de fútbol con mi esposa que con mi papá. Ella también juega y muchas veces nos ponemos a opinar y a sacar conclusiones de los partidos. Por ejemplo, vimos juntos el triunfo contra Unión y ella me fue marcando lo que observaba, y yo hago lo mismo cuando la veo jugar a ella. Es delantera. No juega a nivel profesional, pero anda muy bien.
-¿Sos de mirar tus partidos?
-No veo demasiado fútbol. Trato de desenfocarme un poco y disfrutar de otras cosas. Si justo lo están pasando, lo dejo un rato, lo miro de reojo, pero no me siento en el sillón a verme jugar.
-¿Estás en el mejor momento de tu carrera?
-Sí, pero no solo por lo futbolístico, también por mi vida familiar. Todo va de la mano. Lanús es mi casa. La gente me quiere, mis compañeros me hacen sentir importante, mis hijos me acompañan a los entrenamientos, mi esposa va a la cancha. El otro día fue el cumple de Lauty y el plantel le cantó el feliz cumpleaños en el vestuario y le hizo soplar la velita. Eso es Lanús. Es el club que cambió mi vida y le voy a estar agradecido todos los días. Lo que tengo es gracias a Lanús.
-La confianza también tiene que ver con tu fe.
-Es muy importante para mí. Dios es lo que me completa. Mi mamá -Gabriela- me inculcó ir a la Iglesia desde chico, y hoy trato de transmitir ese legado a mi familia, para que mis hijos también lo aprendan. Cuando tengo un domingo libre, solemos ir juntos a misa. La religión es una parte central de mi vida.
Moreno, de 30 años, va por su tercer año en Lanús, donde fue figura de la Copa Sudamericana y se convirtió en un referente para las nuevas generaciones. Tiene contrato hasta diciembre de 2027 y la intención del club es que se retire con esa camiseta. Él tampoco piensa en cambiar de aire, salvo que una oferta irresistible golpee su puerta, aunque hoy, dice, prioriza otras cuestiones: la felicidad propia y la de su familia, por encima de cualquier otra cosa.
En febrero, Lanús se medirá con Flamengo, campeón de la Libertadores, por la Recopa: primero en la Fortaleza y luego en el Maracaná, un estadio donde el Granate ya hizo historia en semifinales de la Copa Sudamericana al dejar afuera a Fluminense, y que Moreno conoce bien por su paso por Brasil. “Jugué varias veces contra ellos y la verdad es que es un equipo con muchísima jerarquía, pero nosotros podemos hacerle frente. Se formó un grupo lindo, con muchas figuras, algo muy difícil de encontrar en el fútbol. Quiero aprovechar este momento para seguir ganando títulos con Lanús. Siento que estamos en condiciones de pelear otra vez”, advierte.
Para “Lino”, ya es hora de descansar. Antes de despedirse, ofrece disculpas por las idas y vueltas por la nota. “Es vergüenza, más que nada”, aclara. La que afuera de la cancha le sobra. pero adentro es puro desparpajo. La pelota puede dar fe.



