El sol de febrero afecta de lleno al polvo de ladrillo del Buenos Aires Lawn Tennis Club, pero bajo la sombra de los árboles y en los pasillos internos del predio, la historia es otra. Lejos de los flashes del tenis, el ATP 250 de Buenos Aires, más conocido como Argentina Open, despliega un ambiente donde la pasión deportiva se mezcla con el realismo económico y los fenómenos sociales inesperados. Este año, el torneo revela una edición marcada por la austeridad inteligente, una logística aceitada y un nombre que resonó en todos los sectores: João Fonseca. Llegó como campeón defensor, pero cayó en su debut, en los 8vos de final, ante el chileno Alejandro Tabilo.
La Fonsecamanía quebró cualquier precedente en esta edición, a pesar de lo fuerte que fue la presencia del tenista en la edición pasada (donde levantó su primer título en el circuito). El joven prodigio de Río de Janeiro trajo consigo una marea de seguidores que, mientras estuvo con vida en el cuadro, impuso su propio ritmo dentro del predio ubicado en suelo porteño.
A diferencia del espectador local, que pasea entre las canchas buscando alentar a algún argentino, el fanático brasileño practicó un mismo ritual y son fáciles de reconocer porque la mayoría visten la camiseta de la selección de fútbol de Brasil: llegaron exclusivamente para ver a Fonseca, ignorando el resto del programa y dedicando las horas libres a pasear por el predio, dándole un colorido internacional inédito al patio de comida.
“Los brasileños arrasan con todo”, confiesa con una mezcla de asombro y fatiga uno de los encargados del sector de merchandising del Argentina Open, mientras repone mercadería en espacios que quedaron vacíos en cuestión de minutos. El efecto Fonseca no solo llenó tribunas, sino que también agotó stocks.
Asimismo, según los responsables del área, las gorras y toallas siguen siendo los clásicos indiscutidos para el público que busca atesorar un recuerdo del ATP de Buenos Aires. Las primeras cuestan $24.990, mientras que las segundas son abonadas por $25.000: “Los precios no se modificaron mucho. Aumentaron entre 2000 y 3000 pesos más en comparación con el año anterior”, afirmaron.
Sin embargo, la verdadera revelación de este año son los antivibradores (o dampeners como se los suele llamar también). Su bajo precio ($ 1000), ha generado que los fanáticos del tenis inviertan en este producto para tener un recuerdo o para usarlos en sus raquetas.
Las marcas de indumentaria y productos tenísticos en la zona de stands no sienten la baja de la afluencia de público en las ventas. Los puestos de comida se mantienen optimistas, ya que sus precios tampoco sufrieron un incremento significativo respecto del año pasado.
Similar a lo sucedido con el sector de merchandising, el patio de comidas aumentó sus costos lo mínimo e indispensable. A su vez, son precios normales para ser un evento de tenis de esta categoría con el fin de que el público pueda consumir durante su estadía en el predio.
De esta forma, en un contexto económico donde los números suelen asustar, el torneo parece haber encontrado un equilibrio. Con entradas diurnas a $36.000, y que permiten el acceso a las tres canchas activas, el aumento respecto del año pasado se mantuvo en un rango sorprendentemente bajo, apenas entre $2000 y $3000 adicionales. “Son precios más que accesibles”, comentaba un fanático del tenis que vive en Mar del Plata y hace diez años saca entrada para las primeras tres jornadas (lunes, martes y miércoles).
Ese pragmatismo se traslada al sistema de pagos. Aunque se aceptan todas las tarjetas, el peso argentino manda, por lo que los brasileños no pueden abonar con su moneda. La logística de ingreso también recibió elogios: las filas fluyen con rapidez y el estacionamiento, aunque situado a unos 800 o 900 metros, no ha sido una barrera para los miles que se acercan diariamente.
Consolidado en su segundo año consecutivo, el patio de comidas se ha convertido en el corazón social del Argentina Open. Las hamburguesas (cada una cuesta $17.000 y por $7000 más incluye papas fritas y agua mineral) y los panchos ($8000) encabezan el ranking de lo más vendido.
No obstante, detrás del mostrador de hidratación, la historia es llamativa. “Los de prensa nos vuelven locos con el agua”, bromea uno de los encargados. Afortunadamente, el calor de esta edición ha dado tregua, evitando las escenas de agobio de años anteriores y permitiendo que la demanda de líquidos se mantenga en niveles manejables.
Para los más chicos, el torneo ofrece un escape competitivo: juegos por premios que van desde yogures hasta descuentos para supermercados (que buscan aprovechar los mayores). Mientras tanto, la Asociación Argentina de Tenis, que firmó un acuerdo con IEB+ para ser auspiciante de la entidad, mantiene vivo el espíritu lúdico con sus cuestionarios para los niños con una trivia que puede significar llevarse una toalla o una gorra oficial al final de cada día.
A su vez, el Argentina Open ofrece un espectáculo mucho más íntimo en las canchas auxiliares. Ver a los tenistas pelotear a pocos metros de distancia se ha consolidado como una de las atracciones preferidas de la gente. Sin las vallas ni las distancias de las grandes tribunas, el público se amontona para escuchar el impacto de la pelota, los comentarios técnicos de los entrenadores y las quejas de los mejores jugadores del torneo. Posteriormente, y con suerte, muchos pueden conseguir una selfie o firma en la pelota gigante que los alegre por el resto de la jornada.
Este año, el torneo no se mide solo en el ranking de los tenistas, sino en la capacidad de haber sostenido una experiencia premium en un contexto desafiante producto de una situación económica compleja en el país.
Con precios que permitieron el acceso masivo, una logística que priorizó la comodidad del espectador y un merchandising que fue más que vendido, el ATP de Buenos Aires confirma su lugar como la parada más vibrante de la gira sudamericana. ¿Cambiará todo en 2028 cuando se empiece a jugar en esta misma fecha un Masters 1000 en Arabia Saudita?



