Como tantas veces, pero por última vez, el jueves Marcelo Gallardo se sentó en el banco de suplentes del Monumental, el ambiente que más utilizó dentro de su segunda casa, supo que llegaría el grito y, cuando lo escuchó, se paró para agradecer. En la rutina todavía puede haber sentimiento. “Muñeeeco”. Lo mismo que cantaba el hincha de River cuando veía un pasaje de buen fútbol del equipo de Gallardo. Esa forma de adjetivar la alegría con un sustantivo. De trasladarle el apodo a un equipo. Sólo un par de minutos después, la misma gente apuntó a otros destinatarios. Fue antes de que empezara el partido cuando entonó el “jugadores…”, el tema que en el hastío popular se ubica dos escalones más arriba que el “movete”, himno de las canchas argentinas. Ya nadie repara en si verdaderamente “no juegan con nadie”. Se canta como protesta y listo. Pero en este caso fue antes de saber si el rival era alguien o nadie. Quedó claro que la despedida para el técnico sería dulce, así como la continuidad para los futbolistas será pesada.
A esta altura, ya se puede reunir una cantidad de elementos que explican la decepcionante segunda era Gallardo. Las razones van desde los refuerzos muy caros que no rindieron hasta un último libro de pases insuficiente. Desde estrategias que fallaron en partidos coperos hasta la falta de contundencia o de delanteros que vivieran para el gol. En el medio, como hilo conductor de diecinueve meses de gestión, la relación fluctuante con los jugadores.
Antes el vestuario era una fortaleza. No trascendía nada. Todo pasaba por él, pero en aquella primera etapa dejó que con el tiempo fluyeran las responsabilidades. Jonathan Maidana, Leonardo Ponzio, Enzo Pérez y Lucas Pratto fueron pasando la posta a los recién llegados o los promovidos. En esta ocasión, a los líderes trató de importarlos rápidamente. Por eso pidió los regresos de Gonzalo Montiel, Germán Pezzella y Lucas Martínez Quarta. El problema fue que debió prescindir de otros experimentados por bajos niveles: Matías Kranevitter, Manuel Lanzini y Rodrigo Aliendro después del Mundial de Clubes; Enzo Pérez, Nacho Fernández, Milton Casco y Pity Martínez, recientemente. En River se dio lo menos frecuente: el hilo cortado fue el grueso, no el delgado. Gallardo siguió.
Lo sucedido este año vale explicarlo con una reflexión con la que coinciden varias personas del ambiente del fútbol: cada vez hay menos jugadores comprometidos plenamente con un entrenador. Será una cuestión de época, con tendencia al individualismo, o la consecuencia del armado de una organización que rodea al futbolista fuera de la cancha y lo hace sentir intocable. Cabría no generalizar. O por lo menos no universalizar. Gallardo encontró respaldo interno en algunos futbolistas de peso, sobre todo en aquellos que había ido a buscar.
Martínez Quarta volvió porque lo llamó Gallardo. El día del anuncio de la salida del entrenador, fue el más afectado en el vestuario del predio de entrenamiento. Debutó en primera con él y le demostró el cariño en el festejo del gol a Banfield. Montiel también se acercó; también lo bancaba. De Franco Armani se conjeturó sobre su temprana salida en el partido contra Vélez. El tiempo demostró que se había vuelto a lesionar. Podría razonarse que él mismo se apuró a regresar. El jueves, pese a no estar ni en el banco, pidió ser el encargado de la entrevista previa a la transmisión para dejarle un mensaje positivo al técnico. Si Sebastián Driussi no estuvo a la altura de la confianza del técnico, se debió a razones meramente futbolísticas. Y está claro que entre Gallardo y Juan Fernando Quintero siempre hubo una relación cercana y especial. Sin embargo, el plantel es más profundo.
La ausencia de Marcos Acuña contra Banfield fue sintomática. No es que su lugar fue ocupado por Matías Viña. El uruguayo aspira a un lugar en el Mundial, pero sus recientes rendimientos fueron muy pobres. En el puesto de lateral por la izquierda entró Facundo González, un central corrido al costado casi sin experiencia. Todas las voces de la intimidad de River repiten que allí se dio la principal grieta en la relación. Que otros jugadores pudieron haberse disgustado con perder la titularidad, una conducta frecuente en los equipos. O que alguno no veía las dotes de estratega que siempre se le adjudicaron al Muñeco. Pero los chispazos con Acuña fueron más marcados. Incluso a éste se le escuchó alguna ironía cuando todos se enteraron de la renuncia. Y por sus logros con la selección, es una voz que hace mella en otros.
El punto fuerte de antes se transformó en una señal de impotencia. Gallardo entendió que, al no lograr tocarles la fibra a todos los jugadores, sería imposible revertir la situación. No es cuestión de victimizarlo. En definitiva, si diez derrotas en quince partidos es una barbaridad, en River son dos barbaridades juntas. Pero el vestuario pasó de compenetrado y hermético a atomizado y sin tanta autoridad.
Es llamativo que la característica que antes alejaba a Eduardo Coudet de River ahora lo posiciona. Si en el pasado se lo relegaba por su personalidad desfachatada y volcánica, hoy se le ve la mitad llena a ese vaso. Hoy apuestan a que su carácter extravertido y su estilo jugadorista alinee lo torcido. No es sólo eso, claro; también se le valora que arme equipos protagonistas. Pero sin esa idea futbolística, nadie podría sentarse en este banco de suplentes. Coudet le agrega verborragia y conducción a su manera. Tal vez sea más sencillo suceder a este Gallardo que al que se fue en 2022. Esta salida seguramente haya sido triste y sentida. También pareció necesaria. La estatua no se toca. Pero hace menos sombra.



