En un River que está redefiniendo su liderazgo y estilo de juego, el que agarra la bandera, el capitán sin cinta, es Gonzalo Montiel. En el primer partido de Eduardo Coudet como DT millonario en el Monumental, el triunfo por 2-0 ante Sarmiento dejó varias sensaciones. El equipo todavía está en formación, por lógica, pero de a poco va cambiando la energía de los hinchas. Es cierto que hubo un contexto favorable por la expulsión de Gabriel Díaz a los 39 minutos del primer tiempo, pero después el Millonario hizo lo suyo, generando 14 situaciones de gol y despertando otra ilusión en la gente.
Los últimos tiempos de Marcelo Gallardo no fueron positivos. Y esto no es ninguna novedad, porque sino el DT más ganador de la historia millonaria no se hubiera ido, pero incluso en esos tiempos en los que el juego era escaso y los resultados no acompañaban, dentro del campo de juego había situaciones que evidenciaban un malestar interno. Recriminaciones en varias jugadas, semblantes serios y preocupados. Y en esos cruces verbales, uno de los que más aparecía en escena era Gonzalo Montiel.
El lateral campeón del mundo que convirtió el penal más gritado por los argentinos no escapaba, hasta hace poco, a la irregularidad general desde el rendimiento futbolístico, pero entregaba un plus, una energía diferente, un carácter que así y todo se rebelaba a no creer que River se acostumbrara a deambular por la mitad de la tabla o a la frustración por no poder pelear los campeonatos. Por eso, quizás, los gritos a los compañeros, como las imagenes que lo tomaron retirándose del campo de juego de Argentinos Juniors en pleno cruce fuerte con Juanfer Quintero. El colombiano era, en los papeles y tras la lesión de Franco Armani, quien había elegido Gallardo para llevar la cinta. Sin embargo, desde las reacciones actitudinales, los gritos para despertar a los demás de los errores y hasta las apariciones ofensivas, el que más empujaba era Montiel.
Frente a Sarmiento era la oportunidad para River de confirmar lo hecho en Parque Patricios ante Huracán. Si bien, como había dicho el propio Coudet, todavía faltaba mucho para ver nítidamente cosas de su ADN en el equipo, la idea intentó empezar a fluir. Y ahí también apareció Montiel con un detalle sutil, casi imperceptible, más allá de que ya no se preocupaba tanto en llegar como 9 al área sino en ser uno de los posibles “generadores del último pase” abriendo la cancha por la derecha. Y el centro para el 1-0 de Driussi ante el Globo fue “pinchado”, no fuerte ni de rastrón.
No fue casualidad que el jugador más reconocido en el “aplausómetro” del Monumental, cuando la voz del estadio nombró la formación inicial mientras iban pasando las imégenes en la pantalla gigante haya sido Montiel. Por lejos, el lateral derecho fue el más vitoreado, por encima de un Juanfer Quintero que recibió aplausos de ilusión y el propio Coudet, en la misma dirección. Luego, los más reconocidos por los simpatizantes fueron el arquero Beltrán, Tomás Galván y Rivero; luego los juveniles Subiabre y Freitas; más abajo Martínez Quarta, Vera y Moreno. Y con claras señales de fastidio respondieron a los rostros de Acuña, Salas, Galoppo y Castaño.
Y Montiel volvió a ser la llave por la que River empezó a destrabar el partido: hizo expulsar a Gabriel Díaz, lateral izquierdo que estaba jugando como mediocampista: el futbolista de Sarmiento vio la roja por dos faltas al capitán sin cinta. Y apenas un minuto después llegó el gol de taco de Driussi, con una fórmula repetida del River de Coudet en los córners: casi todos los hace cortos y luego los termina finalizando -desde el vértice del área grande- con centros que caen cerrados a la altura del segundo palo. Así fue el 1-0 con un centro de Kendry, pero también se había aproximado por esa vía en un zurdazo de Martínez Quarta. Y sobre el final, Montiel casi hace un gol de taco, llegando a posición de 9 tras conectar un centro de Freitas.
Sarmiento había empezado bien bloqueando con marcas internas individuales, no dejando recibir a Moreno, Vera ni Galván para la generación de juego. Por eso los intentos de ataques millonarios eran con lanzamientos largos y hacia afuera, buscando sobre todo a Páez y Subriabre. Y si bien en más de un intento se desmarcó bien Kendry, después las progresiones no terminaban de ser del todo prolijas. Pero esa expulsión le abrió los caminos y luego del 1-0 empezó a empujar de otra manera.
En el 4-1-3-2 que intenta darle continuidad Chacho Coudet, siguen faltando más sociedades, por más que Páez y Subiabre se mostraron con energía para desequilibrar, la mayoría de las veces desde la última línea y los delanteros buscaban el pase más difícil. Por momentos faltó movilidad, por momentos intención de pase corto. Y atrás siguen quedando algunas dudas, sobre todo en el lateral de Acuña y algunas decisiones de Martínez Quarta, como en la acción en la que el primer central fue amonestado por “girar” a Marabel.
Once contra diez, Coudet puso a Joaquín Freitas por Páez y a los 46 segundos Tomás Galván -que con la modificación se volcó a la derecha- tuvo un mano a mano que Burrai ahogó mandando la pelota al córner. Freitas, siempre con buenos ingresos, le aporta al equipo algo diferencial a sus compañeros: entra con rebeldía, potrero, guapeza para encarar y no pierde la pelota ante el primer topetazo rival. Se anima con los dos perfiles y busca asociarse en corto con pivoteos o movimientos de desmarques interesantes.
Los dirigidos por Facundo Sava sabían que el partido se le iba a hacer larguísimo y que podían apostar a algún contraataque o pelota parada esporádica, pero River tenía todo a su favor: posesión, tiempo para pensar, y delanteros con poder de desequilibrio. La confirmación del triunfo era cuestión de tiempo.
Entró Juanfer Quintero por Galván y en la primera pelota que tocó lo puso a correr al espacio a Montiel, pero el centro del lateral no fue bueno. Y a los 26 minutos llegó la confirmación de que River iba a ganar el partido: tras un pase filtrado interior de Moreno (lo que le faltaba en el primer tiempo) para la diagonal de Subiabre llegó el zurdazo cruzado del juvenil para el 2-0.
Cerca de la media hora del segundo tiempo, algo que no pasaba hace mucho tiempo: los hinchas cantando distendidos, olvidándose de los jugadores reprobados y esperando para ver si el triunfo se transformaba en goleada. No pasó, aunque los ingresos de Castaño y Maxi Salas intentaron, de parte de Coudet, empezar a maquillar rostros para el nuevo ciclo.
Un párrafo aparte para Beltrán: venía cumpliendo muy bien como arquero titular, con grandes atajadas, pero ante Sarmiento además cumplió con la ley de “arquero de equipo grande”, ya que nunca se confió de la superioridad de River ni del hombre de más: mantuvo la concentración y por eso salvó dos mano a mano, el último a Arismendi tras una falla en el despeje del ingresado Paulo Díaz.
El River de Coudet todavía está en ablande como equipo, pero definió a su capitán sin cinta y -desde las sensaciones- al menos ya cambió la energía de la gente.



