En un River en el que todo parece estar desordenado, la frustante noche en el José Amalfitani ofreció una postal que terminó de condensar el momento. No fue solamente la derrota (una más) ante Vélez. Fue, también, la caída simbólica de uno de los apellidos más estables de la última década: Franco Armani.
El capitán volvía después de 90 días. Tres meses exactos sin acción oficial, el período más extenso de inactividad desde que se puso el buzo de River. Una inflamación persistente en el tendón de Aquiles derecho lo había marginado seis partidos y lo obligó a atravesar una pretemporada a medias. Había esperado desde aquel 24 de noviembre —derrota 3-2 ante Racing— para volver a sentirse parte. El regreso, sin embargo, duró apenas 45 minutos.
En el entretiempo no salió con sus compañeros. El tobillo dijo basta. O, mejor dicho, volvió a advertir. Aunque llevaba una semana sin molestias, en el primer tiempo la zona se le cargó otra vez. El cuerpo médico no dudó: era preferible frenar a tiempo antes que agravar el cuadro. En su lugar ingresó Santiago Beltrán. Armani se quedó en el vestuario con la frustración intacta.
La escena fue coherente con el presente colectivo. River empezó perdiendo temprano con el gol de Manuel Lanzini y el arquero tampoco logró escapar a la inercia adversa. En el gol, un remate que se desvió tras pegar en el poste, el Pulpo reaccionó tarde y cubrió de manera imperfecta el primer palo. No fue un error grosero, pero sí una acción que evidenció falta de ritmo. Más tarde, un rebote largo suyo generó zozobra en el área. Detalles que, en otro contexto, podrían diluirse, pero que en este presente pesan.
El regreso que debía aportar serenidad terminó sumando incertidumbre. Porque más allá del resultado, la salida prematura del capitán deja interrogantes de cara al próximo compromiso en el Monumental. Si el cuerpo técnico había evaluado hasta último momento su presencia por la inactividad acumulada, la recaída invita a pensar en cautela. Y en un calendario apretado, cada molestia es una amenaza.
Armani no fue el único golpe. Antes, Juan Fernando Quintero también había pedido el cambio. El colombiano se fue con hielo en el isquiotibial derecho. Y más tarde Kendry Páez, que había ingresado por Tomás Galván, tuvo que ser reemplazado luego de caer mal y hacerse un esguince acromioclavicular en su hombro izquierdo, por el que podría estar varias semanas fuera si el esguince es severo. River perdió el partido y perdió piezas. Una combinación que agrava cualquier diagnóstico.
En términos estrictamente futbolísticos, el arquero de 39 años buscaba retomar continuidad después de un arranque de año complejo. En enero había sufrido un desgarro en el gemelo derecho que alteró su puesta a punto. Luego apareció la inflamación en el tendón de Aquiles. El arco, mientras tanto, fue custodiado por Beltrán, que respondió con solvencia en varios tramos y mantuvo la valla invicta en cuatro encuentros antes de la goleada ante Tigre. Ahora, el joven vuelve a escena en un contexto espeso.
Lo que ocurre con Armani funciona como metáfora de este River. Un equipo que intenta recomponerse y cuando parece encontrar una pieza, otra se resiente. Un conjunto que busca apoyarse en sus referentes y termina viendo cómo incluso sus líderes atraviesan fragilidades físicas y futbolísticas.
Para el capitán, la noche en Liniers tenía un valor emocional. Volver después de tres meses no es un dato menor para un arquero que construyó su liderazgo desde la continuidad y con actuaciones descollantes. Sin embargo, el fútbol no concede tiempos ideales. Apenas 45 minutos bastaron para que la realidad lo devolviera a la preocupación. A él y a todo River, que navega en aguas turbulentas.



