Hay que tener cuidado con lo que se dice. Una frase puede abandonar la forma de campaña política y convertirse en un karma. De objetivo a mochila. El salto de calidad que prometió Diego Milito ahora lo acompaña en cada tropiezo de Racing. Y en el fútbol está claro que nadie gana siempre. Ni siquiera un ídolo. En todo caso, conviene preguntarse por qué en seis meses el equipo pasó de semifinalista de Libertadores y subcampeón del Clausura a la atmósfera negativa que se advierte. Cómo, también, el más querido hoy es por muchos el más criticado.
Las redes no ayudan, obvio. Los micrófonos a la salida de la cancha, menos. Pero quedarse con la insatisfacción y la intolerancia de época, aun siendo reales, sería reduccionista. Existen razones para el malestar. Milito llegó a la presidencia con énfasis en mejorar la infraestructura, pero todavía no puede jactarse de haber cumplido. Si bien inauguró un nuevo edificio del colegio, el predio de Ezeiza no avanza y, sobre todo, la imagen del campo de juego a comienzos de año fue lamentable.
La calidad del plantel involucionó en dos temporadas. En la final de la Copa Sudamericana 2024, Gustavo Costas echó mano a Roger Martínez para rematar el resultado frente a Cruzeiro. En la última seguidilla de cuatro partidos entre torneo y Copa, Adrián Maravilla Martínez jugó siempre por distintas razones: porque es necesario, debía redimirse del penal fallado contra Independiente y no está claro su reemplazo.
La gestión Milito lleva tres libros de pases y 15 refuerzos. El ojo de Costas parecía infalible en su primer año y cuando el presidente era Víctor Blanco. Parecía. Con Richard Sánchez y Adrián Balboa, por ejemplo, no tuvo el éxito que había tenido con Agustín García Basso, Maximiliano Salas y el propio Maravilla. Sea por refuerzos que pidió o avaló, no se puede desligar al técnico de la responsabilidad en el armado del plantel actual. Claro, si con Blanco el rumbo pasaba casi exclusivamente por Costas, hoy la estructura es amplia. Y ahora, la función de Sebastián Saja como director deportivo es observada.
Racing cuenta, además, con una secretaría técnica, que tendría ser clave en cualquier club para proyectar qué incorporaciones podrían llegar meses antes de empezar a negociar. El nivel de Ezequiel Cannavo demuestra que la estructura es de utilidad. El año pasado, la sensación fue la misma cuando la búsqueda de más recambio defensivo concluyó con la contratatción de Franco Pardo. Hoy cualquier central juega por debajo de lo aceptable: el funcionamiento colectivo los expone.
El último mercado resultó insuficiente. No se sabe quién ocupa el lugar que era de Juan Nardoni. La lesión de Gabriel Rojas dejó al descubierto que en el plantel faltaba un segundo lateral por la izquierda, aunque la falta de un 3 alternativo no debería generar tantos problemas. Y lo mismo cabe, quedó dicho, con el eventual reemplazante de Martínez. En abril, el chileno Damián Pizarro todavía no está bien físicamente. El que había llegado para ser el 9 suplente, Elías Torres, se rompió los ligamentos. Porque el fútbol a veces golpea imprevistamente. Volvió a suceder con Valentín Carboni: llegó una promesa sin lugar en el Inter de Milán, se lesionó gravemente y ahora Racing debe costear un alto contrato que hubiese bajado si jugaba una cantidad de partidos que no podrá jugar.
La situación de Marcos Rojo vale un párrafo aparte. Le costará revertir los silbidos que lo despidieron cuando se fue expulsado contra River. Ni siquiera lee los contextos. En la primera imagen después de aquella roja se lo vio envuelto en risas y abrazos con Cristian Medina, hoy en Botafogo, que le había ganado a Racing segundos antes. Rojo había querido irse en el verano. Pero Milito y compañía pretendieron que Estudiantes pagara un resarcimiento; con lógica, tal vez: dejar ir a un jugador simplemente por su deseo hubiese abierto la puerta a nuevos pedidos. Estudiantes no pagó y Rojo se quedó en Racing. Está claro quién ganó.
También García Basso estuvo a punto de irse. Y Santiago Sosa, nada menos que el capitán, planteó disconformidad por su contrato. Resulta llamativo que cada tanto haya diferencias entre los jugadores y los dirigentes; básicamente, entre un futbolista y Milito, un ex. En la época de Víctor Blanco, se sabía que los sueldos eran bajos. Aun así, el malestar no solía hacerse público. Ahora Racing perdió la intimidad. Paradójico, le cuesta comunicar lo positivo y se le filtra fácil lo negativo.
Claro, si Racing hubiese aguantado un par de jugadas más en diciembre contra Estudiantes, hoy sería el campeón del fútbol argentino. Si Maravilla Martínez no hubiese picado un penal en un clásico, esta columna tal vez trataría de por qué a Independiente le cuesta en los partidos importantes. El límite en el trámite es fino; la distancia en las consecuencias, demasiado amplia. Así como no hay mucha diferencia en el Racing que gana por pasión y el que pierde por descontrol. La mayor diferencia que se ve es la del Milito jugador, respetado y líder con respecto al Milito presidente, discutido apenas un año y medio después de su asunción. Llegó a un club que se animaba a pelear en algunos rubros con River y Boca. No puede permitir que también esa brecha vuelva a agrandarse como años atrás.




