Podría ser el cantante de rock, de reggae o de alguna banda indie: remera blanca oversize, campera abierta, anteojos de sol colgados en el cuello, pantalones sueltos y una barba apenas salpicada de canas que deja entrever el paso del tiempo, aunque no lo envejece. Quienes no lo reconocen igual intuyen que no se trata de uno más. Sebastián Rambert baja de su camioneta con paso tranquilo, sin apuro pese a la lluvia. Es el último jugador en pasar directamente de un gigante a otro del fútbol argentino, hace ya casi dos décadas, pero también aquel joven delantero que irrumpió en Independiente a comienzos de los 90; el que convirtió el primer gol de la era Passarella en la selección; el que compartió plantel en Boca con Diego Maradona y Juan Román Riquelme, y en River con Enzo Francescoli, Marcelo Gallardo y Eduardo Coudet. “Para mi familia y mis amigos soy Seba, aunque para el hincha sigo siendo Pascualito”, dice, a sus 52 años, sobre el apodo que lo identificó, junto al inolvidable festejo del avioncito, a lo largo de su carrera. Jugó en Italia y España, pero, tras su paso por el Xeneize y el Millonario, su trayectoria se cortó de golpe, a los 29, después de ocho operaciones de rodilla. Hoy, tras una década junto a Ramón Díaz, integra el cuerpo técnico de Eduardo Berizzo, a la espera de nuevos desafíos, luego de su paso como ayudante de Daniel Garnero y haber tenido sus propias experiencias como entrenador en Aldosivi, Unión San Felipe, Crucero del Norte y Estudiantes de San Luis.
Son 102 los futbolistas que vistieron las camisetas de River y Boca a lo largo de la historia. Desde Pedro Moltedo, delantero que actuó en el Millonario entre 1904 y 1906, y en el Xeneize en 1905 y entre 1908 y 1909, hasta Adam Bareiro, que vistió la banda roja en 2024 y, tras un breve paso por Fortaleza, la azul y oro desde 2026. Rambert es el n°. 88 de esa lista y, aunque tuvo rendimientos dispares, quedó en el recuerdo por haber cruzado de vereda sin escalas, algo difícil de imaginar en estos tiempos.
Con Boca jugó dos clásicos oficiales: el 3 a 2 del Apertura 96, la noche del “nucazo” de Hugo Romeo Guerra, y el 3 a 3 del Clausura 97, cuando ganaba 3 a 0 y River se lo terminó empatando con un cabezazo de Celso Ayala. Además, hizo dos goles en un Súper de verano de 1997, en Mendoza, los dos primeros de un triunfo 4 a 1. Ya en Núñez, disputó otros dos: una derrota 2 a 1 en el Apertura 97, en la despedida de Maradona, y otra 3 a 2 en el Clausura 98; y también le tocó estar en el banco en la serie de cuartos de final de la Libertadores 2000.
-¿De qué hinchada sentís que te llega más reconocimiento?
-Hay buena onda en general. Mucha gente me escribe, me recuerda un gol, me pide saludos para algún familiar. A veces cuelgo en responder, pero pasa mucho. Con el hincha de Independiente hay una conexión más cercana.
-En esos mensajes, ¿cuánto aparece el festejo del avioncito?
-Muchísimo. Varios me dicen “yo festejaba como vos”, o que rompían la ropa del colegio imitándolo y que la mamá los retaba por eso. En Zaragoza incluso hubo una peña que se llamaba “Avioncito Rambert”, y todavía me mandan recortes o recuerdos. En los 90 empezó a aparecer más la identificación del jugador con un festejo, algo que en los 80 no era tan común. A mí me quedó el avioncito, como a Marcelo Salas su festejo del Matador o al Piojo López el del inflador. Lo mío surgió sin pensarlo. Había visto algo parecido en el fútbol brasileño, en un partido con mucha lluvia, donde un jugador se tiró y se deslizó varios metros. La primera vez lo hice en cancha de Lanús, en 1994, en un 2-0: metí un gol de palomita y me salió festejar así. En la imagen se ve a Diego Cagna haciendo el gesto de que estaba loco, llevándose el dedo a la cabeza. No fue premeditado, pero quedó y me acompañó siempre.
-¿Qué diferencias notás entre aquel fútbol y el actual?
-En los 90 era menos estratégico y táctico. Había más libertad para el jugador creativo, para el que tenía talento. El entrenador tenía una relación muy cercana con el futbolista y no se limitaba tanto esa espontaneidad. Hoy el fútbol cambió en muchos aspectos. Incluso se reclama que aparezca esa inventiva. Escuchás a entrenadores como Pep Guardiola decir que a un equipo le faltó ese jugador capaz de ver un pase distinto, de romper la estructura.
-¿Eso se entrena o se trae de nacimiento?
-Lo mecanizado se trabaja mucho desde inferiores. Después te llegan jugadores más grandes y tratás de acompañarlos para mejorar, pero hay cosas que deberían haberse desarrollado antes. Hay muchos entrenadores jóvenes miran lo que hacen Klopp o Guardiola e intentan llevar el juego hacia ese modelo. Y no hay que perder nunca a esos jugadores distintos, que rompen todo con una gambeta. El futbolista argentino, además, tiene algo extra: una competitividad muy fuerte. Se adapta a cualquier contexto. Siempre digo que si jugás en la Argentina, podés jugar en cualquier lado. Es un fútbol intenso, agresivo, difícil. Tal vez no sea el más vistoso ni suele tener muchos goles: los partidos son cerrados. En México, en cambio, se busca más el espectáculo. Son naturalezas distintas. El fútbol argentino es más especulador.
-Jugaste en Independiente, Boca, River, Europa y la selección. ¿Cuál fue el mejor Rambert?
-El de Independiente del 94 y 95. También tiene que ver con las lesiones: para mí, lo más importante siempre fue poder estar. Esos problemas muchas veces me impidieron rendir como quería. Tuve buenos momentos en el inicio en Zaragoza y también en River, pero si tengo que elegir, me quedo con Independiente: pude jugar, hacer goles importantes y ganar títulos.
-¿Cuál es el primer recuerdo que se te viene de esa etapa?
-La Supercopa, por el gol y por lo que significaba la rivalidad con Boca. Además, ese equipo fue muy especial. No volvió a haber otro igual en el club. Estaba formado en gran parte por jugadores que veníamos de inferiores, con algunos refuerzos que acompañaban el proceso. Estaban Rotchen, Garnero, Gustavo López… Muchos que ya llevábamos tiempo en el club. Hubo otros ciclos buenos, pero no uno con esa combinación de juego, identidad y títulos. Por eso sigue tan vigente en el recuerdo del hincha.
-¿Cómo ves hoy a Independiente?
-Está en un proceso constante de reestructuración. Todo el tiempo intenta acomodarse para volver a ser competitivo, y eso lo vuelve complejo. Creo que en algún momento va a encontrar estabilidad y, a partir de ahí, va a poder enfocarse más en lo deportivo y no tanto en resolver problemas estructurales.
-Participaste de la colecta impulsada por Santiago Maratea. ¿Cómo lo viviste?
-Para mí estuvo bien. Fue una forma de aportar y colaborar desde donde se podía. Me pareció una buena iniciativa, y varios excompañeros también se sumaron. Era una ayuda concreta para el club del que soy hincha, en un momento difícil, con una deuda muy grande. En ese sentido, la gente respondió y le puso el pecho a una situación delicada.
-Fuiste el autor del primer gol del ciclo de Passarella en la selección, en el arranque rumbo a Francia 98. ¿Qué creés que te faltó para tener más continuidad?
-Fueron años en los que pasaron muchas cosas. No tengo una única explicación. En ese momento me vendieron a Europa. Yo tenía pasaporte francés, pero todavía no existía la ley Bosman, así que no podía jugar como comunitario: cada equipo tenía un cupo limitado de extranjeros y eso te condicionaba mucho. Después de ese debut y de esos primeros partidos, incluso la Copa Rey Fahd, donde compartí delantera con Batistuta, ese paso a Europa, con menos continuidad, me fue dejando un poco al margen. La falta de competencia te quita vigencia. A eso se sumaron algunas lesiones y, también, que aparecieron otros jugadores en mejor nivel. Lo tomo como algo natural dentro de la carrera de un futbolista.
-¿Cuánto influyó Passarella en tu decisión de cortarte el pelo?
–Me lo corté antes de ser convocado, sin saber que existía la posibilidad de que me cite. Cuando me llamaron, ya lo tenía corto. Yo quería jugar en la selección y el pelo, en definitiva, vuelve a crecer. Nunca lo viví como un problema. Quizás otros jugadores lo sentían como parte de su identidad, pero en mi caso preferí anticiparme. De hecho, no recuerdo que Passarella me haya dicho algo puntual sobre eso.
-A los 20 llegaste al Inter, ¿con qué te encontraste?
-Me pasó algo particular: el club me compró cuando yo estaba recién operado. No había terminado la recuperación de mi primera lesión de rodilla. Me fui así y terminé de rehabilitarme en Italia. Y el cambio fue enorme: de Bernal a Milán. En esa época era mucho más difícil llegar a Europa. No había tantos scouts, te veían menos, y los clubes compraban poco por los cupos de extranjeros. Cuando llegué a Inter estaban Dennis Bergkamp, que ya se iba. Había llegado Paul Ince, estaban Javier Zanetti y Roberto Carlos, y después sumaron a Caio y otros extranjeros. En esa situación, tener continuidad era muy difícil.
-¿Pero sabías que ibas a estar relegado?
-No, para nada. Yo iba como un chico joven, y a esa edad uno cree que va a jugar. Nadie te dice que sos una apuesta. Vos sentís que vas a tener oportunidades, que vas a recibir el mismo cariño que tenías en Independiente, con Miguel Brindisi. Pero no es así. Me encontré con otra realidad. El técnico era Ottavio Bianchi, que había dirigido a Maradona en Napoli, y el trato era distinto: más distante, más frío. Me acuerdo que en un momento le pregunté directamente si tenía algún problema conmigo, porque no había ese vínculo cercano. Uno mira todo desde su lugar, con otras expectativas. Te dicen que vas a tener chances y lo creés.
-¿Qué fue lo que más te sorprendió?
-Me sorprendieron mucho las costumbres. Después de entrenar era casi obligatorio quedarse a comer en el club. Eso acá tardó muchos años en instalarse; hoy es normal, pero los italianos ya lo tenían incorporado. Y otra cosa que me llamaba la atención era el tema del cigarrillo. Todos dejaban el paquete arriba de la mesa, como algo natural. En Argentina también había jugadores que fumaban, pero lo hacían a escondidas, incluso en las concentraciones. En Italia no: terminaban de comer y el atado estaba ahí, a la vista. También había jerarquías muy marcadas. Tenía de compañero a Giuseppe Bergomi, que era una institución, y hasta que él no decía “pueden servir”, nadie empezaba a comer.
-En Zaragoza volvió el Pascualito de Independiente.
-Sí, arranqué jugando mucho. Me encontré con Sergio Berti, con quien después coincidimos en River, y más tarde llegó Gustavo López. Tenía continuidad, hice varios goles y me sentía bien. Pero después tuve una discusión fuerte con el entrenador, Víctor Fernández, y ahí quedé relegado.
-¿Te arrepentiste?
-Sí, totalmente. Fue en un partido contra Athletic Bilbao, en San Mamés. Nos habían expulsado a un jugador y yo pasé de delantero a volante, corrí muchísimo, hice un desgaste grande. Cuando terminó el primer tiempo, el técnico me dijo que me iba a sacar. Yo estaba tomando agua, me calenté y tiré la botella contra la pared. A partir de ahí cambió la relación. Él hizo lo correcto, estaba en todo su derecho. El equivocado fui yo. Después jugué poco, el clima quedó tenso y ahí apareció la posibilidad de ir a Boca.
-¿Lo dudaste?
-No. Era el Boca de Bilardo, que fue quien me llamó, con Macri como presidente. Querían reestructurar todo, armar un equipo de cero, el famoso Dream Team, con muchos jugadores nuevos. Se había ido casi todo el plantel y habían quedado muy pocos. Hoy, con el tiempo, entendés que a un equipo así le cuesta ensamblarse. Además, era otra Argentina, la del uno a uno, y económicamente me ofrecían algo similar, incluso un poco mejor que en Europa. También estaba la selección en el horizonte: faltaban dos años para el Mundial y sentía que podía volver a meterme. A los seis meses vino Mallorca a buscarme, pero decidí quedarme en Boca. Y además tuve la chance de jugar con Maradona.
-¿Qué recuerdos tenés de Diego?
-Te cuento una: en 1996, en su paso anterior, había errado cinco penales seguidos. Cuando volvió en el 97, con Veira, el encargado era yo. En un amistoso contra Universidad Católica, en la Bombonera, nos cobran uno. Era el primer penal con Diego en cancha y todo el estadio lo pedía a él. Yo caminaba despacio, esperando que me dijera “lo pateo yo”, pero no pasó. Lo pateé y lo erré. Perdimos 3 a 2. A los pocos días, en el predio del sindicato de empleados de comercio, me cruzo con Guillermo Coppola y me cuenta que Diego quería hablar conmigo. No tenía idea de qué podía decirme. Me llamó aparte y me pidió perdón por no haberlo pateado él. “Yo no voy a dejar que nadie pase por eso estando yo en la cancha”, me dijo. Era un compañero de fierro. Muy cercano al grupo, en lo bueno y en lo malo. Si te mandabas una macana, él igual te defendía. Después compartimos otras experiencias, como el Showbol. Un tipo de otro planeta.
-¿Y tu relación con Bilardo?
-Muy buena. Él había insistido para que yo llegara y me consideraba un referente. Tenía cosas muy particulares: cuando quería hablar con un jugador, a veces te llevaba como testigo. Te decía: “vos escuchá, no hace falta que hables”. Y vos te sentabas ahí mientras él conversaba. También tenía hábitos muy suyos: te llamaba a las 12 de la noche al teléfono de tu casa para preguntarte a qué hora era el entrenamiento del día siguiente, para ver si estabas durmiendo o no. O entraba a la habitación, saludaba y se quedaba mirando la tele en silencio durante una hora, y después se iba sin decir nada. En lo futbolístico, era un adelantado. Muy observador, muy estudioso, con las herramientas que tenía en ese momento, como el VHS. Con la tecnología actual, hubiera sido todavía más completo. Era obsesivo, detallista, vivía pensando en cómo ganar. De él aprendí mucho.
-En Boca le gritaste un gol a Independiente. ¿Por qué?
–Fue un momento de calentura. Era un amistoso de verano en Mendoza y desde que salí a la cancha me insultaron todo el partido. Me reprochaban haber vuelto al país para jugar en Boca y no en Independiente, aunque nadie del club me había llamado. Hice dos goles. El primero no lo grité, fui a buscar la pelota porque perdíamos 2-0. En el entretiempo, el Bambino me dijo que me metiera en el partido, que no pensara en la gente. En el segundo tiempo hice el 2-2, lo grité y me besé la camiseta, desde el enojo. Después fui al vestuario de Independiente, hablé con Héctor Grondona y le ofrecí disculpas. Él me conocía de chico y lo entendió. Sé que para muchos hinchas quedó como una espina. Hay gente que le hizo mucho daño al club y pasa de largo, y uno, que nunca se llevó un peso de más, queda marcado por ese gesto. Yo puedo explicar lo que sentía en ese momento, pero al que se ofendió es difícil cambiarle esa imagen.
-¿Por qué decidiste pasar a River?
-Yo venía con un problema en el pubis. Me dolía mucho para jugar y me infiltraba porque, si no, se me dormía toda la zona. Llega un clásico en cancha de River y Veira me dice que iba a hacer un cambio y que salía del equipo. Yo, con respeto, le planteé lo que me pasaba: que me estaba infiltrando para poder jugar y que justo cuando más quería estar me tocaba salir. Le dije que no había problema, pero que después de ese partido no jugaba más hasta saber bien qué tenía; que primero me iba a curar. Eso terminó en una operación por pubalgia y, en la práctica, ya no volví a tener continuidad. Todos te dicen que en un mes estás de vuelta, pero no es así. Después de la cirugía aparecen adherencias que te generan dolores muy parecidos a un desgarro. Me pasaba de irme de los entrenamientos sin poder caminar y, a los pocos días, sentirme bien otra vez. Era muy irregular. Además, hubo situaciones que me fueron desgastando. Antes de eso, por ejemplo, había una gira a Tailandia. Yo me estaba preparando para volver y un colaborador me dijo que me quedaba entrenando en Buenos Aires esos días, que cuando volviera el plantel ya iba a estar listo para jugar. Terminé el entrenamiento, fui a hablar con el Bambino y le conté. Me preguntó quién me había dicho eso. Le dije que su ayudante, y me respondió: “De ninguna manera. Es más, no sé si voy yo, pero vos viajás seguro”, ja. Tenía esas cosas, te daba vuelta todo en el aire. Yo ya no estaba cómodo en Boca. Entonces, cuando apareció River, se hizo difícil decir que no.
-¿Qué fue lo primero que pensaste cuando te dijeron que te quería River?
-Era otra época. Los pases entre clubes grandes eran más habituales. Un año antes, Gabriel Cedrés había pasado de River a Boca. Me llamó Pedro Pompilio, que era vicepresidente del club, y me dijo que existía la posibilidad, aunque ellos no querían que me fuera. Yo ya venía medio disgustado con la situación en Boca. Además, River venía de ganar la Libertadores y tenía un equipazo: Burgos, Berizzo, Hernán Díaz, Sorin, Astrada, Gallardo, Aimar, Salas, Francescoli… La verdad es que le terminé pidiendo a Pompilio que me dejara ir.
-¿Sentías que te miraban de reojo por venir de Boca?
-Sí, claro. Me insultaban de los dos lados, ja: los de Boca por irme y los de River por llegar. Me acuerdo que en el puente de Udaondo habían pintado: “Vacunen a Rambert que viene de Boca”. Hoy eso es impensado. Cambió mucho el fútbol y también la sociedad. No imagino a dirigentes de Boca y River negociando un pase así, y mucho menos cerrándolo. Y el hincha también está más sensible con esas cosas. Pasaron muchos años y no volvió a darse una situación similar.
-¿Y tus compañeros cómo lo tomaron?
-Con total normalidad. Entre jugadores eso no existe. Son decisiones de carrera y se respetan. El hincha a veces cree que somos rivales dentro y fuera de la cancha, pero no es así. Si dos futbolistas se cruzan en un supermercado, aunque no se conozcan, se saludan por respeto. Yo soy muy amigo de Diego Cagna. Jugamos juntos en Independiente y Boca, y cuando yo estaba en River, él venía a mis cumpleaños y se sentaba con mis compañeros, siendo capitán de Boca. Eso muestra cómo es realmente el vínculo.
-¿River fue lo que esperabas?
-Sin dudas. Era un equipo que te podía hacer tres o cuatro goles con naturalidad, pero que además tenía un hambre de gloria enorme, incluso con muchos jugadores ya consagrados. Lo que más me impactó, a los pocos días de llegar, fue la cantidad de puteadas que volaban en el túnel. Era algo que no había visto en otro lado. No importaban los rangos ni las trayectorias. Astrada le podía reclamar a Burgos, Burgos a Francescoli, Francescoli a Hernán Díaz, y así. Se exigían al máximo, desde el deseo de ganar. Terminaba el partido y estaba todo bien. Era parte de la dinámica de ese grupo.
-Te fuiste de River en 2000, ¿te quedaron cuentas pendientes?
-Siempre digo, en chiste, que Ramón me llevó y después me limpió. Pero la realidad es que yo quería jugar. Venía de varias lesiones y no quería quedarme parado. Igual fue una etapa linda: gané cuatro títulos, hice goles. Me hubiera gustado tener más continuidad, pero el balance es positivo.
-Y casi no pudiste volver a jugar.
-No. Me fui a Independiente, después a Grecia, y el último intento fue en Arsenal, donde me llevó Jorge Burruchaga, a quien conocía de Independiente. Era un club recién ascendido y necesitaba jugadores de experiencia, pero yo ya estaba muy mal de las rodillas. Todo lo que implicara movimientos bruscos, como frenar, arrancar o girar, me generaba dolor. Jugué seis meses y en la pretemporada siguiente, en Tandil, le dije a Jorge: “no puedo más”. Él me pedía que intentara, pero yo ya conocía mi cuerpo. Estaba cansado, lo sufría. La rodilla ya me molestaba incluso para caminar. Todo había empezado con un menisco, pero después se fueron sumando complicaciones. Hoy ese tipo de lesión se sutura; en ese momento te lo sacaban. Hice todo lo posible para seguir: lo médico y lo no médico.
-¿Por ejemplo?
-De todo. Pastillas, muchísimas. Llegué a tomar cápsulas con cartílago de tiburón. Incluso me sacaba yo mismo el líquido de la rodilla con una jeringa. Probé absolutamente todo. Me decían cosas insólitas, como que una picadura de abeja en la zona podía ayudar. Y yo estaba en un punto en el que, si alguien me decía “ponete un sombrero violeta y caminá cinco cuadras con las manos”, lo hacía. Probaba cualquier cosa con tal de volver a jugar.
-¿Ahí decidiste ser técnico?
-Sí, más o menos en ese momento. Cuando dejo Arsenal, Burruchaga nos cuenta que por una reglamentación de AFA el club iba a tener que presentar equipo de Reserva, y nos convoca a Daniel Garnero y a mí para formar el cuerpo técnico. Yo ya había empezado el curso en España, adonde viajé para operarme otra vez. Al principio fue raro: entrar al vestuario y, en lugar de cambiarme como jugador, hacerlo como técnico. Pero no sufrí tanto el retiro, porque en mi caso fue obligado y era algo que veía venir. Después, cuando Burruchaga se fue a Estudiantes, no podía llevarse a todo el grupo. En Arsenal nos ofrecieron seguir, pero por lealtad a él decidimos irnos. En ese tiempo armamos un cuerpo técnico con Eduardo Berizzo, con quien había jugado en River, y con Alfredo Berti, con quien había coincidido en Boca. En el medio me llamó Ramón Díaz para ir a San Lorenzo. Me sorprendió, porque teníamos una relación normal de jugador y técnico, pero él sabía cómo era yo: una persona tranquila, aplicada, que no iba a querer sobresalir por encima de nadie. Al principio le dije que no, porque ya le había dado mi palabra al Toto. Pero a los pocos días Berizzo se enteró y me dijo que no lo dudara, que fuera. Me puso un ejemplo: si a él lo llamaba Bielsa, también iba. Eso me terminó de convencer. Al final acepté y trabajé diez años con Ramón. Para mí fue como ir a la universidad.
-¿Qué tenía Ramón?
-Con el tiempo fui viendo patrones comunes en los grandes entrenadores: muchas veces terminan defendiendo al jugador por encima de una explicación táctica o estratégica. Rara vez vas a ver a Guardiola, a Klopp, a Tuchel o a Mourinho dando explicaciones de ese estilo. La conducción pasa por otro lado. Hoy, en un fútbol cada vez más trabajado y estudiado, donde cada vez más entrenadores tienen acceso a esas herramientas, la diferencia la marca la manera de conducir y de gestionar el triunfo, pero sobre todo la derrota. Está claro que todos ellos, como también Diego Simeone, saben mucho del juego. Ramón, en ese sentido, era muy fuerte en la gestión humana. A veces lo hacía de una manera muy directa: “yo voy en una línea recta para allá; el que se corre, queda afuera”. Pero, puertas adentro, era muy cercano al jugador, muy ameno en el trato, muy compinche en el diálogo. Una de las cosas más importantes que viví trabajando con él es su inteligencia para planificar los partidos y encontrar la forma de competir contra cada rival. Aún recuerdo entrenamientos en San Lorenzo en los que agarraba la pizarra y marcaba emparejamientos muy puntuales: quién iba con quién, cómo se iba a dar cada duelo. Lo tenía clarísimo. Y además tenía una intuición muy especial. De repente te llamaba y te decía: “Entrá que vas a hacer un gol”. Y pasaba.
-Jugaste con Riquelme en sus inicios. ¿Te sorprende verlo como presidente de Boca?
-En realidad, no. Con el tiempo, cada uno va construyendo su personalidad y después eso se termina reflejando en el camino que elige. En el fútbol argentino, hay varios casos de exjugadores que llegaron a ser presidentes: Riquelme, Diego Milito, Verón, Artime. Celebro que los futbolistas se animen a dar ese paso.
-¿Y Coudet como entrenador? De aquel perfil bromista del vestuario a un técnico obsesivo y detallista.
-Yo jugué con el Turco Mohamed: lo veías siempre alegre, distendido, y después como técnico le fue muy bien. Tiene que ver con la conducción. Hay entrenadores que quizás no son grandes estrategas desde lo táctico, pero son muy buenos conductores y logran resultados, incluso pueden ser muy exitosos. Y también pasa lo contrario: técnicos muy preparados desde la teoría, pero que no tienen ese feeling con el grupo, y ahí se les hace mucho más difícil.
-¿Lo de Gallardo era más esperable?
-Puede ser. A veces, el que parece destinado a ser técnico no es el que anota ejercicios en una libretita. Si vos pensás en Gallardo: ¿era el más rápido? No. ¿El más habilidoso? Probablemente, tampoco. Pero tenía una claridad enorme para leer el juego: se ubicaba muy bien en la cancha y jugaba con el mapa del partido en la cabeza.
-¿Vas a ver el River-Boca?
-Sí, claro. Es un partido que siempre invita a verlo, por todo lo que genera. Los dos llegan mejor que hace unos meses. Pero los clásicos tienen un componente anímico muy fuerte. Muchas veces eso termina pesando más que cualquier planteo. El temor a perder, la tensión, todo eso puede hacer que no ejecutes como querés. Es algo normal. Y ahí el entrenador también tiene que gestionar lo emocional: si el equipo viene muy cargado, quizás hay que bajar un poco la intensidad para que llegue mejor desde ese lado. Miro mucho fútbol, aunque perdí un poco esa cosa de hinchar por un club en particular. Hoy me interesa más observar a los equipos desde otro lugar: ver qué proponen los entrenadores y si su idea se refleja en la cancha. Más allá de haber jugado en los dos, eso es lo que más me atrapa.




