El primer ministro británico, Keir Starmer, viajó esta semana a China al frente de una ambiciosa delegación de más de medio centenar de empresarios y sus ministros; la primera visita de un mandatario del Reino Unido desde 2018. Sucede pocos días después del mismo viaje que realizó a Beijing un aliado notorio de Londres, el premier canadiense Mark Carney, para cerrar una década de tensiones económicas y políticas que se remontan a ocho años atrás, con la batalla comercial por los autos eléctricos de la potencia asiática y el arresto, a pedido de EE.UU., de una ejecutiva de Huawei.
Estas giras coinciden con otro acontecimiento relevante, también en estas fechas: la firma, el pasado martes, por parte de la Unión Europea de un acuerdo comercial y político con la India que implica a 2 mil millones de consumidores, una significativa baja de aranceles en el intercambio y la participación de las empresas de armamentos del bloque para desplazar al habitual proveedor ruso de Nueva Delhi.
Vale recordar que la India, con enormes cuotas de pragmatismo, acaba también de superar sus diferencias con China, que llegaron a batallas con palos y piedras en 2020 en el Himalaya. Ambos países son socios clave de los BRIC’S, un organismo del Sur Global que lidera Beijing y que ya emparda el PIB del G7 con más del 45% de la población mundial. También Vietnam, antiguo rival del gigante asiático ha decidido emparchar la alianza con Beijing, aranceles de EE.UU. mediante, y hacer suyo el lema de Xi del “futuro compartido”.
Cambios de paradigma
Dadas las circunstancias actuales, se trata de eventos que marcan un punto de inflexión en el sistema global. Cuando hablamos de cambios de paradigma, posiblemente sea apropiado observar estos movimientos, cuyas consecuencias aun no son totalmente claras. Pero es posible advertir que esta reafirmación del lugar de China por parte de los mayores aliados históricos de EE.UU. es consecuencia del diseño imprevisible y errático que ha impuesto el presidente Donald Trump a las relaciones económicas y políticas internacionales.
Las visitas a Beijing de estos dignatarios y el acuerdo con la India exponen otra señal del momento. Sucede algo más de un par de meses antes del viaje del líder republicano, en abril, a la capital china para encontrarse con su colega Xi Jinping, que lo esperará fortalecido por estos apoyos.
El primer ministro de Canadá, Mark Carney, estuvo en China en el comienzo del año. Foto: BLOOMBERGEl jerarca de la República Popular tiene claro que EE.UU. pretende recortar las capacidades de la potencia china. El asalto a Venezuela o la ofensiva contra Irán -al que amenaza con un nuevo bombardeo- buscan controlar proveedores laterales, pero importantes, de petróleo a China.
El país caribeño contribuyó con un 4% del total del crudo que la potencia asiática compra en el mundo. Irán es más significativo: proveyó 12 % del carburante el año pasado. El principal abastecedor de la República Popular es Rusia. Pero EE.UU., con sus estrategias de seguridad nacional y la reinvención de la Doctrina Monroe, apunta además a erosionar la enorme influencia económica de Beijing en el hemisferio occidental, en particular en el ya compartido “patio trasero”. En mandarín se traduce “hòuyuàn”. Quizá convenga saberlo.
The Economist detecta un dilema en la conducción china: “¿Debería oponerse con más fuerza a la coerción estadounidense? ¿O debería aceptar alcanzar un acuerdo con Trump que contribuya a sus prioridades más inmediatas: la economía y, quizás, el progreso hacia la unificación con Taiwán?”
Es posible que esa duda corra por detrás de las purgas en el poder militar chino con las que Xi busca fortalecer su supremacía ante la batalla por venir. En ese revuelo cayó nada menos que el general Zhang Youxia, vicepresidente senior de la Comisión Militar Central y segundo en rango después de Xi. También está siendo investigado el general Liu Zhenli, jefe del Estado Mayor del Ejército.
El primer ministro de India, Narendra Modi (centro), con el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, y la titular de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen en Nueva Delhi, días atrás. Foto: AP Estas medidas son continuación de la expulsión de nueve generales del partido en octubre pasado, incluyendo a otro aliado de confianza de Xi, el vicepresidente subalterno de aquella Comisión, He Weidong, y la destitución del almirante Miao Hua en junio pasado. Lo notable con Zhang es el cargo de traición por un supuesto traspaso de secretos nucleares a EE.UU. Un cargo mayor que el de corrupción, que apuntaría a dañar su imagen ante los uniformados.
Zhang, como Xi, es un “princeling” (hijos de los combatientes y fundadores de la República Popular), y es de los pocos con experiencia de combate. Su padre fue uno de los creadores del Ejército Rojo. Como Xi Zhongxun, el padre del actual presidente, fue perseguido por el maoísmo y luego formó parte de la enorme novedad que impulsó Deng Xiao Ping con su “reforma y apertura”.
El “error” de este poderoso general puede haberse producido en 2024 con una serie de artículos en el diario del ejército (PLA Daily) por personas de su cercanía que abogaban por un “liderazgo colectivo” y un sistema de “toma de decisiones internas más democrático”, una crítica apenas maquillada al poder altamente centralizado de Xi. El militar sobrevivió a la purga de octubre, solo por unos meses. Ese mismo diario el domino pasado afirmó que Zhang había puesto en peligro “el liderazgo absoluto del partido sobre el ejército y los cimientos del gobierno”. La respuesta directa de Xi a aquellos escritos.
China, sin embargo, tiene algunos factores a su favor en la disputa con EE.UU., destaca el propio Trump entre ellos. Los académicos Daniel Drezner y Elizabeth Saunders señalan en Foreign Affairs (“Trump’s Year of Anarchy”) que el líder republicano ha evitado preservar lo que queda del orden liderado por EE.UU. “con enfrentamientos innecesarios y cada vez más peligrosos con aliados cruciales, y socavado los cimientos mismos del poder estadounidense”. Añaden que “la guerra de Rusia en Ucrania -en la que Trump parece tener poco interés- y la competencia con China representan las amenazas más graves para el orden liberal”.
Reprochan que, sin embargo, el ejército estadounidense está invadiendo el Caribe y trasladando un portaaviones del mar de China Meridional a Oriente Medio tras las protestas en Irán.
“Las amenazas de Trump a la soberanía de Groenlandia y Dinamarca -y con ellas, su evidente disposición a destruir la OTAN- han antagonizado innecesariamente a los países europeos”, señalan. Concluyen que “el resultado es una potencia hegemónica en declive que no intenta mantener su posición, sino que deviene en una potencia revisionista. EE.UU. inyecta agresión en el sistema… mientras reduce las capacidades que ayudaron a crear y mantener el orden del que se benefició”.
China mira en ese escenario, así como Starmer, Carney y la UE. Pero la República Popular no es el único desafío que llega desde Asia. The Wall Street Journal alertó sobre movimientos inquietantes en Japón, propietario de la porción mayor de bonos del tesoro estadounidense, 1,2 billones de dólares. Dado que confronta una deuda que se vuelve impagable Japón, para que le presten, necesita premiar alzando sus tasas de interés como atractivo.
Durante décadas, los inversores japoneses han enviado sus yenes a EE.UU. porque allí ganaban más. A la potencia occidental le convenía porque depende de que otros países le presten dinero para financiar su presupuesto (defensa, salud, infraestructura, etc.). Japón es su prestamista número uno, pero si sube sus tipos, los inversores preferirán dejar su dinero en ese país, retirándolo de los bonos estadounidenses.
Si Japón deja de comprar deuda estadounidense o peor comienza a vender la que tiene para llevarse el dinero a casa, el precio de los papeles del Tesoro de EE.UU. caerá obligando a Washington a atraer compradores con tasas más altas lo que elevará el costo de los préstamos, las hipotecas, las tarjetas de crédito y la inflación. Justo lo que Trump le reclama a la FED que no haga, pero que la realidad, o la historia, parece dispuesta a disponer.



