El conflicto bélico entre Irán, EE.UU. e Israel vuelve a poner de manifiesto un escenario regional extremadamente complejo, donde los resultados finales aún no son claros.
Sin una salida diplomática que garantice estabilidad regional, el conflicto podría agravarse progresivamente, con las partes atrincherándose en sus posiciones y conduciendo a un callejón sin salida: posiblemente una guerra de desgaste con consecuencias devastadoras para la economía mundial.
Es claro que el conflicto actual amenaza con revertir la apertura de Israel hacia la región, erosionando la confianza generada por los Acuerdos de Abraham. Estos acuerdos han sentado las bases para una cooperación agrícola fructífera entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Baréin. Estos países, junto con Kuwait, Omán, Catar y Arabia Saudita, componen el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), una alianza política y económica fundada en 1981 que busca coordinar políticas de seguridad, comercio y desarrollo frente a amenazas regionales como Irán.
Las economías del Golfo se encuentran entre las más seguras alimentariamente a nivel global gracias a su capacidad financiera y a políticas estratégicas de importación. Sin embargo, para alcanzar esos altos niveles de seguridad alimentaria importan hasta el 85% de sus alimentos, incluidos arroz y cereales, y en gran medida carne y vegetales. En situaciones de conflicto como la actual, esta dependencia vuelve extremadamente vulnerables a las cadenas de suministro del comercio internacional, transformando el abastecimiento en un sistema altamente volátil.
De allí que los países del Golfo hayan destinado importantes fondos a la creación de estrategias de resiliencia alimentaria, desarrollando programas orientados a diversificar proveedores de alimentos y, al mismo tiempo, aumentar la producción local mediante tecnologías agrícolas adaptadas a condiciones de aridez y escasez hídrica.
Entre los ejemplos más relevantes se encuentra Arabia Saudita, que invierte en agricultura vertical y en desalinización aplicada al riego, con proyectos hidropónicos destinados a reducir las importaciones. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, desarrolla miles de hectáreas de cultivos en ambientes controlados utilizando inteligencia artificial y drones. Omán impulsa programas de acuicultura y pesca sostenible a través de la Oman Investment Authority, combinados con agrotecnologías orientadas a aumentar la producción pesquera.
Estrategias orientadas a fortalecer la producción local de alimentos en países que enfrentan escasez de agua, tierras cultivables limitadas y temperaturas crecientes requerirán tecnologías como riego eficiente, cultivos resistentes a la sequía y agricultura de precisión basada en sensores y drones de monitoreo.
Durante décadas, Israel ha desarrollado tecnologías agrícolas adaptadas precisamente a este tipo de condiciones, convirtiéndose en una potencia mundial en gestión hídrica y agrotecnología, debido a la necesidad extrema de sobrevivir en un entorno mayoritariamente desértico, lo que impulsó la innovación forzosa, una inversión masiva en I+D, y la integración de desalinización, reutilización de aguas residuales (85% para riego) y riego por goteo de alta eficiencia. Esto definitivamente lo transformó en uno de los principales referentes mundiales en agricultura en ambientes áridos y gestión eficiente del agua. En ese contexto, la cooperación tecnológica con Israel ha adquirido una relevancia creciente.
Los acuerdos de normalización facilitaron la cooperación, desarrollo de proyectos, tanto en el sector público como en el privado. Especificamente, los acuerdos de normalización, permitieron a Israel aplicar sus soluciones agrícolas en la región, compartiendo conocimientos sobre el manejo de la escasez de agua, agricultura en climas áridos y temas relacionados con agtech y foodtech que evolucionaron hacia una alianza estratégica centrada en la seguridad alimentaria y la tecnología en climas áridos.
El actual conflicto bélico en la región genera una profunda incertidumbre sobre la estabilidad política, obligando a los países del Golfo a priorizar sus sistemas de defensa frente a Irán por encima de los procesos de integración económica. La prolongación del conflicto podría también aislar diplomáticamente a Israel de forma temporal, retrasando proyectos conjuntos, la ampliación de los países árabes que adhieran a los Acuerdos de Abraham y, paralelamente, elevando las tensiones con vecinos árabes moderados.
En un escenario de posconflicto, el potencial de cooperación radica en áreas clave como la desalinización de agua para riego, el intercambio de tecnologías agrotecnológicas —drones e inteligencia artificial aplicada a la agricultura de precisión— y el desarrollo de cultivos resistentes a la sequía.
Estos avances podrían contribuir a reducir la vulnerabilidad de los sistemas productivos frente a la escasez de agua y fortalecer la seguridad alimentaria regional. En ese contexto, la cooperación tecnológica y agrícola entre Israel y los paises del golfo Pérsico podría transformar un escenario de adversidad en alianzas estratégicas más duraderas.




