Cincuenta años atrás, el ayatollah Ali Khomeini organizó su revolución iraní desde Neauphle-le-Château, en Yvelines, un pueblito de 3.000 habitantes en las puertas de París que hoy recuerda la conmoción de su llegada y de su partida.
Desde allí, extremistas y moderados solo soñaban con la caída del Sha y su monarquía, el fin de las torturas y la represión. Era la década del 70. En febrero de 1979, el líder decidió regresar a Irán en un avión cargado de fotógrafos y periodistas. Francia lo había recibido originalmente porque era el único país que no exigía visa a los ciudadanos de esa nación.
Cuando Khomeini llegó a Teherán, miles de personas marcharon al exilio. Comenzaba una dictadura teocrática tan brutal como la del Sha. Al igual que antes, los exiliados eligieron Francia, ya que tampoco necesitaban visa. En contraste, el gobierno francés no permitió que el Sha aterrizara en su territorio durante su exilio.
En 2015, la diáspora en Francia estaba compuesta por aproximadamente 25.000 personas nacidas en Irán, una cifra menor a la de Alemania y Estados Unidos. En 1999, las estadísticas mostraban 18.376 residentes, de los cuales 9.715 tenían nacionalidad extranjera y 8.661 la francesa.
Miedo y ansiedad
La operación militar lanzada por Estados Unidos contra la República Islámica ha sumido a los exiliados en una mezcla de miedo y esperanza desde el sábado. Viven en constante ansiedad, al ritmo de los bombardeos que azotan a sus familias en Teherán.
Una vista del dañado Palacio de Golestán, en Teherán, Irán, un sitio de Patrimonio Mundial de la UNESCO, dañado parcialmente en las incursiones aéreas durante los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. Foto XinhuaMartineh Sadeghi y sus padres han estado «completamente conmocionados» desde el inicio de la ofensiva israelí-estadounidense contra el régimen, lanzada por iniciativa de Donald Trump. Durante estos bombardeos, el líder supremo Alí Khamenei, quien llevaba casi 37 años en el poder, fue asesinado junto con unos cuarenta miembros de alto rango del régimen.
Martineh, de 29 años, vive cerca de Rennes desde los 13, donde más tarde se unieron su hermano menor y sus padres en busca de libertad. El resto de su familia permanece en la capital iraní. «Los bombardeos nos sumieron en el pánico porque nuestros seres queridos están allí y muchos barrios están cerca de bases militares», explica. «Estábamos muy asustados, sobre todo porque no recibimos muchas noticias; el acceso a internet se corta con frecuencia».
“Nadie se alegra de ver su país bombardeado, pero también hay alegría. Nos debatimos entre el miedo y el alivio”, resume esta agente de seguros que regenta una tienda de especialidades culinarias en Bretaña.
Video
Un video de la Casa Blanca mezcló los ataques a Irán con imágenes de un videojuego.
Por su parte, Tahoura Vergnet, una francoiraní de 57 años que llegó a Francia a los 11, marchó el domingo por las calles de París. «La gente cantaba y bailaba. Claro que nadie quiere que un extranjero bombardee su país, pero las circunstancias hicieron que no hubiera otra opción», explicó.
Mona Jafarian, ensayista y cofundadora de la asociación «Mujer Azadi», vive en Francia hace tres años tras romper vínculos con su familia por seguridad. La activista cree que hubo un punto de inflexión tras la sangrienta represión de enero: «Los iraníes comprendieron que este régimen era capaz de matar a cientos de miles para mantener el poder. Entonces se dieron cuenta de que necesitaban ayuda externa».
«Recibo miles de mensajes desde el interior. El pueblo está recuperando la esperanza y, en su mente, no hay vuelta atrás. Tenemos que llegar hasta el final y derrocarlos», afirmó.
Militantes amenazados en Francia
Pero no solo hay exiliados, sino también militantes en la diáspora que están recibiendo amenazas tras la muerte de Khamenei. Estos opositores están siendo intimidados incluso en manifestaciones, como la ocurrida el pasado domingo 1 de marzo en la Plaza de la Bastilla, en París.
Llamadas anónimas, insultos y amenazas de muerte han provocado que a varios de ellos se les refuerce la protección policial. Mientras en Irán la población queda atrapada entre los bombardeos y las balas de la Guardia Revolucionaria, en Francia otros ciudadanos arriesgan sus vidas ante mensajes intimidatorios y fotos de hombres armados.
El Ministerio del Interior anunció el despliegue de patrullas adicionales en lugares frecuentados por la comunidad ante el temor de ataques terroristas orquestados por Teherán. Muchas víctimas prefieren no dar su nombre. Una de ellas, bajo protección desde hace dos años, relata haber recibido amenazas de violación por parte de miembros de Hezbollah. «Sabemos dónde vives. Iremos a buscarte pronto», dice uno de los mensajes que ha enviado a la policía.
Emmanuel Razavi, periodista y autor de El pulpo de Teherán, también se encuentra bajo custodia tras ser amenazado por los servicios secretos iraníes. “Un sitio web cercano a la Guardia Revolucionaria afirmó que me atraparían y me ahorcarían. La Fuerza Quds utiliza matones vinculados al narcotráfico o al crimen organizado en Francia para ejecutar estos contratos. Les cuesta menos que una operación propia y tiene un gran impacto psicológico en la diáspora”, cuenta.
La productora Nazila Golestan experimentó esta presión tras publicar un documental sobre el exlíder supremo. «Atacaron a mi hermano y a mi madre en Irán», relata. «En Francia rompieron las ventanas de mi casa. Por seguridad, tuve que cortar todo contacto con mi familia».



