Esta entrevista con Elías Pino, uno de los grandes historiadores venezolanos, se hizo con cuestionario, desde Madrid a su casa en Caracas. Dice, en una de sus repuestas: “El paso de país opulento a comarca arruinada ha sido muy doloroso, pero también muy aleccionador. El sentir que existió cierta república respetable y que hora es una farsa, puede ser el resorte que nos meta a todos en la empresa del futuro”. He aquí toda la entrevista que concedió este martes a Clarín.
—¿Te esperabas este desenlace?
—Estaba anunciado, después de tanta parafernalia militar de los Estados Unidos en la vecindad, pero no dejó de ser una sorpresa. En Venezuela no sonaban bombas ni saltábamos de la cama desde la intentona de Chávez contra Carlos Andrés Pérez. Un fracaso en su momento, por fortuna, pero un éxito después debido a la elección de una multitud de votantes. Desde entonces se establecieron un lenguaje y unos usos cuartelarios a los que nos fuimos acostumbrando como sociedad, pero sin sentir la cercanía de algo realmente explosivo.
—Eres un historiador. Para ti, ¿cuándo crees que fue evidente que Venezuela sería parte de un desastre?
—Desde 1992, si se necesita una fecha precisa, cuando comienza el ascenso del comandante Chávez con las simpatías de la sociedad después de fracasar en su intentona insurreccional. Su delito no es condenado, mientras es recibido por el calor de las multitudes y por la hospitalidad de sectores económicos muy poderosos con la complicidad de los medios de comunicación. El presidente Caldera es sometido a un conjunto de presiones de organizaciones empresariales, de partidos de izquierda y hasta de los obispos, que lo sacan de la cárcel para que inicie paseos triunfales. Una impunidad que se pagará muy caro.
—Acá están juntas la política, el poder, la dictadura… ¿Qué factor ha sido el que ha hecho caer al régimen?
—El régimen no ha caído, apenas ha comenzado a desmoronarse y no parece dispuesto a la rendición, ni siquiera ante la presión de Trump. Si de veras existe tal presión, porque no parece ahora dirigida a la restauración de la democracia sino al control del petróleo y de otras riquezas desde cuyo manejo se indique, sin fecha precisa todavía, cuando podamos los venezolanos expresarnos sobre materias políticas. En especial sobre el rescate del elemento histórico fundamental que el chavismo ha demolido: la república.
—Esta conversación será publicada en Argentina, cuyos mandatarios han sido los más entusiastas ante el presente desenlace. ¿Es para ti un síntoma de que América Latina seguirá la vía señalada por Trump?
—El respaldo de los mandatarios argentinos de la actualidad ha sido muy importante. Con Milei a la cabeza, han apoyado los esfuerzos de la oposición, en especial desde cuando se puso en la vanguardia María Corina Machado. Conviene mucho que siga así, cuando sabemos de los lazos de MiIei con Trump y cuando el proceso apenas está en su primer capítulo. Pero sobre la conducta de América Latina ante la influencia del señor de la Casa Blanca tengo mis dudas, por deformación profesional. Desde las guerras de independencia cada país latinoamericano se ha cocinado a solas en su salsa, debido a que la idea de integración es solo una retórica sin fundamento. No hubo independencia, sino independencias. No han existido realmente planes compartidos y sentidos a largo plazo, sino solo historias nacionales. Tal vez esa fragmentación facilite las presiones de Trump.
—Historia de las ideas y de las mentalidades desde la Colonia es uno de tus primeros libros. ¿Qué no hubieran imaginado nunca los que hicieron este país después de la conquista?
—Que hubiera democracia y que el pueblo tomara con propiedad sus decisiones, que unas repúblicas hechas y derechas iniciaran buen camino. Eso no estaba en la cabeza de los padres fundadores, con alguna excepción, pero se logró con creces. Sucedieron debacles y chascos espantosos, como los venezolanos de la actualidad, pero en la mayoría del continente se formaron administraciones capaces de manejar con propiedad las necesidades sociales cada vez más exigentes. Es probable que esos planes no cupieran en la cabeza de nuestros primeros próceres.
—Bolívar fue el factor de la Venezuela de la independencia. ¿Qué sueño marcó su vida, para Venezuela, para el continente?
—El siempre dijo en numerosos documentos que perseguía la gloria, pero jamás especificó las características de la meta. Seguramente hablaba del control personal del poder político y de una hegemonía individual sin decirlo expresamente, una meta que logró casi del todo. Un soldado que llegó a sugerir la posibilidad de una monarquía sin corona y que no vaciló en bautizar a un país con su nombre no es difícil de traducir, pese al culto desmesurado que lo rodea. Sobre el continente habló de unidad, de una majestuosa unidad, pero el futuro testimonia que no se cumplió el propósito.
—Uno de tus libros se refiere a la mentalidad venezolana de la emancipación. ¿Ahora cómo sería la mentalidad venezolana que asiste a este desenlace provisional?
—El maestro José Gaos nos decía en sus clases de El Colegio de México que no se cambia de mentalidad como se cambia de camisa. Las respuestas mecánicas de la sociedad se aferran a sus orígenes. Si fuimos desde nuestros comienzos un pueblo perezoso o hasta indolente y nos sentimos como hijos del paraíso, o como habitantes de una ‘tierra de gracia’ que merecían placer como cosa natural, y bienestar sin sudor, quizá nos conformemos con esperar una solución planeada por el elenco de benefactores que nos merecemos por pertenecer a un pensil cuasi divino. Pero el cascarón de la mentalidad se rompe para que sus criaturas aprendan a vivir de manera diversa. Es probable que el horror del chavismo nos obligue a tomar en serio la vida y a arreglarla de acuerdo con los desafíos del caso.
—¿Y cuál será el desenlace que querrán los venezolanos? ¿Y el tuyo propio, qué deseas para tu país?
—Me parece que la mayoría de los venezolanos espera que Trump les arregle la vida. Y que la arregle mañana. Pero yo pienso que casi tres décadas de chavismo nos han cambiado, por fin, y que estamos, quizá sin saberlo del todo, animados u obligados a ocuparnos realmente de nuestro destino. El paso de país opulento a comarca arruinada ha sido muy doloroso, pero también muy aleccionador. El sentir que existió cierta república respetable y que hora es una farsa, puede ser el resorte que nos meta a todos en la empresa del futuro.
—La independencia a palos es otro de tus libros. ¿Sería ahora este título, teniendo en cuenta el presente, una metáfora de este instante?
—Por supuesto, genial. Concuerda con buena parte de lo que se ha venido comentando.
—Estados Unidos ha invadido tu país. ¿Esto tenía qué ocurrir? ¿Qué alternativas ve el ciudadano, qué piensa de ello el estudioso?
—El estudioso está dispuesto a afirmar que el ciudadano fue destruido por las dictaduras de Chávez y Maduro, troceado a placer, y que sus contados sucesores apenas están en la etapa del balbuceo. ¿No fue por eso que Estados Unidos invadió el país sin voces de protesta, o en medio de clamorosas ovaciones silenciosas?



