El modelo de autocracia electoral que respeta los principios democráticos sólo en sus formas, el modelo que apoya Washington y que la Casa Blanca veía como el futuro de Europa en su Estrategia de Seguridad Nacional, hincó ayer la rodilla en Hungría. Y lo hizo derrotado con sus propias reglas, con un sistema electoral hecho a la medida del partido gobernante, un sistema que cayó aplastado por una participación electoral histórica.
El fin de la era Orban es la noticia política más importante de los últimos años en Europa a pesar de que Hungría es uno de los países más pequeños del bloque y no tiene elementos objetivos que le den más importancia que la figura de su todavía primer ministro, faro para las extremas derechas de medio planeta, también para la estadounidense. Aunque más le valdría mantener las distancias y el silencio cuando se enfrente a las urnas alguno de sus preferidos, porque el apoyo parece contraproducente.
La derrota de Orban empieza a hacer consistente la idea de que Donald Trump es más una carga que una ayuda para estos partidos europeos. Desde que el magnate volvió a la Casa Blanca, cada vez que los ciudadanos de algún país europeo han ido a las urnas, de estas ha salido una derrota para el candidato o partido apoyado por Trump. En algunos países, los gobiernos ya empiezan a agradecer que Trump apoye a sus rivales. Los sondeos dicen que amplias mayorías de europeos creen que Estados Unidos ha dejado de ser un aliado para pasar a ser un enemigo y una amenaza.
El movimiento MAGA europeo lleva medio año sufriendo derrotas. Cambió el gobierno holandés y salió del mismo la extrema derecha de Geert Wilders, el socialismo francés resistió mejor de lo esperado manteniendo en su poder las tres grandes ciudades del país (París, Marsella y Lyon) y la extrema derecha de Marine Le Pen no avanzó en las elecciones municipales.
El primer ministro liberal esloveno revalidó el cargo con un resultado sorpresa cuando los sondeos le enseñaban la puerta de salida frente a un rival ultraderechista, y la italiana Giorgia Meloni perdió el referéndum con el que pretendía reformar a su medida el sistema judicial. Sólo Orban creía que seguir pegado a Trump era una buena idea. Pero no lo era porque Donald Trump en Europa es una especie de rey midas a la inversa. Bruselas aplaude con fuerza su primera gran victoria electoral contra el movimiento MAGA mundial.
Todos estos movimientos, y que la extrema derecha esté, de media, estancada al 24% en Europa desde hace un año cuando en los últimos años crecía como la espuma, empiezan a dar a entender que la caída de los grandes países del bloque en manos de esos partidos puede no ser tan segura como se preveía hasta ahora. Y que los líderes de la derecha tradicional que mejor resisten y que gobiernan son los que hacen frente a esos partidos de extrema derecha, como el polaco Donald Tusk, el griego Kyriakos Mitsotakis, el alemán Friedrich Merz, el portugués Luis Montenegro y ahora el húngaro Péter Magyar.
Los que siguen en la oposición o llevan a sus partidos a intenciones de voto inferiores al 10% son los que pactan o pactaron con esa extrema derecha, como la Forza Italia de Silvio Berlusconi que ahora lidera Antonio Tajani como subalterno de Meloni o el Partido Popular español de Alberto Núñez-Feijóo, que este mismo fin de semana felicitaba a Magyar mientras cerraba acuerdos con VOX en varias regiones españolas.
Magyar tiene mucho trabajo por delante en la capital europea. Orban tenía bloqueado el préstamo esencial de 90.000 millones de euros de la Unión Europea a Ucrania para que resista a Rusia este año y en 2027. También otras decisiones como el último paquete de sanciones a Moscú (el número 20), los próximos presupuestos plurianuales de la Unión Europea (2028-2034) y capítulos del proceso de negociaciones de adhesión de Ucrania.
Hungría, con Orban, perdía dinero europeo a raudales. Su plan de defensa es el único de los 27 que no ha sido todavía aprobado por la Comisión Europea. 19.000 millones de euros de fondos europeos siguen bloqueados en Bruselas por incumplimientos del Estado de derecho. 16 años de Orban fueron suficiente para las instituciones europeas. A Magyar se le espera con los brazos abiertos. Probablemente no tan bien en Washington.




