Brasilia. Enviado Especial. La carrera electoral se convierte en una guerra en Brasil. La versión en las redes sobre el supuesto grave destino de la virgen patrona del país si gana la oposición crece como una causa nacional entre evangélicos y católicos, y pone a la defensiva al candidato opositor Flávio Bolsonaro, cuyo equipo considera que el revuelo ha sido catastrófico para la campaña. A eso se agregan “revelaciones” más básicas sobre infidelidades matrimoniales del rival de Lula da Silva, fiestas con mujeres y regalos suntuosos.
Lo que sucede es mucho más ya que un tironeo evidente de juego sucio o verdades a medias. El mandatario, que buscará su reelección en estos comicios, ha mejorado en las encuestas en niveles ligeros, pero suficientes para poner en duda que vaya a participar este jueves en el último debate antes de la primera vuelta del domingo.
Encuestas como la de las empresas Quaest o BTG/NEXUS esta semana indicaban que el mandatario creció un par de puntos frente a su rival, hasta 39% contra 34% en un caso y 42% a 37% en el otro, precisamente debido a la controversia sobre Nuestra Señora de Aparecida, que se ha convertido en una figura central en la recta final de la campaña. No es casual que el mandatario haya tomado la consigna reiterada de que “mientras yo sea presidente de la República, Nuestra Señora de Aparecida seguirá siendo la patrona de Brasil. Quien no quiera eso, que se vaya de Brasil”.
La súbita devoción religiosa del PT y sus líderes da resultados. Un recorrido de este enviado mostró que la gente sigue renuente a hablar de las elecciones, pero sí se expresa con más decisión sobre su fe. En algunos casos afirman que votan según el credo del candidato; en especial lo señalan quienes se identifican como evangélicos, como Rolando, el taxista que lleva a este periodista. Una mujer católica afirmó, por su parte, que la religión no debería mezclarse con las elecciones, pero tenía claro que importará a la hora de votar.
Esa polémica creada inicialmente por una fake news publicada por un influencer —que alertó que Bolsonaro, un evangelista convencido, derribaría el patronazgo de la santa que rige desde 1930— cuajó en una sociedad con un particular diseño religioso. A diferencia de otros países sudamericanos donde la transición ha sido más lenta o moderada, Brasil pasó de ser un país abrumadoramente católico en los años 80 a registrar una población donde esa fe representa alrededor del 56% y los evangélicos superan el 30%.
Eso se ha debido a que los pastores y sus iglesias han ocupado importantes vacíos estatales y de contención social en favelas y zonas rurales vulnerables, ordenando a las familias, rehabilitando adicciones e inyectando valores morales. Asimismo, impulsaron banderas como la “teología de la prosperidad” frente a un discurso de resignación de la Iglesia católica, entroncando con el deber de la carrera política hasta coronar un poderoso bloque de la Biblia en el Parlamento. Esa construcción generó una realidad de creciente competencia territorial con la Iglesia católica.
Los evangélicos no creen en los santos. Bolsonaro había hecho un guiño a ese culto al sostener en un video grabado el 23 de agosto, para justificar su decisión de no participar en el debate de TV Bandeirantes, que quería debatir con quienes no creían en Dios aludiendo con picardía sobre un supuesto ateísmo de Lula. Ahí afirmó que «cuando sea presidente, uno de mis primeros actos será declarar que Brasil pertenece al Señor Jesucristo».
Tanto la fake news sobre la religiosidad de Lula como esa cita pasaron desapercibidas hasta que reaparecieron con furor en estas horas de campaña. Bolsonaro salió a aclarar que “declarar a Brasil para Cristo es meramente simbólico”. Un informe de Folha de S.Paulo con fuentes de la fuerza opositora remarcó un dato evidente: si el candidato siente la necesidad de explicar la declaración, “es porque el revuelo que ha causado ha sido considerado catastrófico dentro de su equipo, con el potencial de perjudicar a los votantes católicos”.
El asunto se agrava porque hay una retahíla de antecedentes de ataques de líderes evangélicos contra la Iglesia católica y la propia virgen. Uno de los más resonantes fue en octubre de 1995, cuando un obispo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, Sérgio von Helder, golpeó y pateó una imagen de la santa. El hecho terminó con dos años de prisión y la condena del entonces presidente, Fernando Henrique Cardoso. Luego, más recientemente, otro obispo, JB Carvalho, de la iglesia neopentecostal Comunidad de las Naciones, que tiene su sede en Brasilia, donde el candidato Bolsonaro fue bautizado en 2024, repudió públicamente la devoción a la Virgen María con insultos que preferimos no reproducir aquí.
A este problema, el búnker de Bolsonaro sumó otro desafío, aquel citado más arriba, por una serie de informes que aparecieron en estas horas sobre las andanzas de un antiguo socio comercial del político, Alexandre Ferreira Dias Santini, cuyo vínculo acabó en una ruptura con deudas de por medio. Este hombre irritado habría entregado a la mujer del candidato fotos de fiestas de su marido con prostitutas. También datos de regalos millonarios y dinero de origen opaco. No hay pruebas inmediatas de esas denuncias y el caso, que naturalmente tiene la atención calculadora del PT, no ha tomado la dimensión del escándalo que sí se ha producido con la virgen y su vía crucis mediático. Es la guerra sucia.
A respecto un importante dirigente oficialista, que por cierto pidió no ser identificado, chacoteó sobre los padeceres del líder opositor. Comentó a Clarín que sería casi “justicia divina que una fake news sobre la virgen le cause semejante colapso a su campaña”. Apuntaba a un viejo rencor de su sector por la predilección del clan Bolsonaro por las informaciones falsas o infundadas. La principal de ellas cuando el expresidente Jair Bolsonaro, el padre de candidato, arremetió denunciando un supuesto fraude con el voto electrónico y hasta poniendo en duda su derrota frente a Lula en 2022.


