La cumbre de Davos en Suiza es una cita del poder global cuyo propósito original era imaginar el futuro, “repensar, rediseñar, reconstruir”, tal su lema de la edición 2009 durante la gran crisis. Pero está condenada hoy a atragantarse de presente y, en cierta medida, también de pasado por la irrupción de un EE.UU. fuera de las reglas, que enarbola un imperialismo vetusto y por momentos oscurantista.
A comienzos del siglo pasado, en su célebre novela La Montaña Mágica (Der Zauberberg), Thomas Mann describe el escenario de un hospital para tuberculosos, Berghof, en la región donde hoy se celebra esta conferencia. Relata el microcosmos de una civilización enferma y sin rumbo. Una decadencia que en su confusión anticipaba la Primera Guerra Mundial y los atisbos de las esferas de influencia, hoy nuevamente de moda, que justificarían el conflicto y, más adelante, se convertirían en un emblema de la pesadilla nazi. No es casual que el texto de Mann dibujara a sus personajes desconectados de la realidad y rendidos a su enfermedad.
Esta semana, el gobernador de California, Gavin Newsom, pareció apuntar a ese defecto al afirmar con brutalidad en ese mismo foro que “debería haber traído un montón de rodilleras para los líderes mundiales” por su actitud de sometimiento a Washington. Y defendió lo que planteó con extraordinaria contundencia el premier canadiense Mark Carney, quien anunció en Davos el final de la “pax americana” y denunció “la ficción de un orden internacional basado en reglas”.
Conviven con una Casa Blanca que considera legítimo pasar por encima de los derechos del vecindario global, aunque se trate de aliados. “Una caricatura de 1900, del auge del imperialismo clásico. Monarcas y presidentes pisando mapas; intentando repartirse el mundo”, sintetiza el historiador Jürgen Osterhammel a Der Spiegel.
Carney, quien en el pasado manejó el Banco de Inglaterra, ya exhibió en términos prácticos el sentido del momento girando su país hacia una alianza comercial más profunda con China. Un comportamiento que se verifica también en Europa, atrapada ahora entre dos adversarios: EE.UU. y Rusia.
Groenlandia
La embestida sobre Groenlandia, con la que Trump busca primero manejar y anegar la agenda pública y luego revolear un poder, que en términos objetivos es limitado como exhibió su retroceso en el foro de Davos, ejerce sin embargo un efecto de alerta en un bloque obligado a despertar. La decisión de un fondo danés y otro sueco de desprenderse de bonos del Tesoro norteamericano ejemplifica ese posicionamiento. Del mismo modo, el notable acuerdo multipartidario de socialistas a conservadores en el Parlamento Europeo de suspender el tratado comercial con Washington.
Mark Carney, el premier canadiense y su impactante discurso en Davos. Foto: BloombergEsas reacciones y los mercados urgiendo a “vender EE.UU.” (el llamado índice VIX de miedo que mide la volatibilidad del principal panel de Wall Street, subió al martes 11%) explican que Trump haya desistido de usar la fuerza con la isla ártica y anular su amenaza de castigos arancelarios a cambio de un brumoso acuerdo con la OTAN. Obtendrá lo que ya tenía: bases militares y apertura de inversiones. Es una victoria neta de Europa. Se verá ahora si sabe aprovecharla.
Hay una confusión con Trump. No es un líder estratégico, es emocional. Por eso se rodea de funcionarios que lo celebran sin cuestionamientos. La emoción no se acomoda a la razón. Esta observación pone en duda otra noción sobre si Trump pilotea un cambio de paradigma. O se trata solo de un instante de cambio. Apenas un momento. Para seguir con el pensador alemán: “Todos los involucrados andan a tientas en la niebla del momento histórico y dirigen la política con una perspectiva cortoplacista”, observa. “Nos asemejamos a los ‘sonámbulos’ que el historiador Christopher Clark describió en el camino hacia la Primera Guerra en 1914: nadie puede predecir con certeza el resultado. Un nuevo orden aún no está a la vista”.
Los fallidos, entre tanto, son evidentes. Al revés de lo que EE.UU. proclama, necesita a Europa, que es una pata central de la OTAN, la organización cuya importancia real se advirtió cuando Rusia atacó a Ucrania y permitió a Norteamérica reconstruir un liderazgo global. Pero no necesita a Groenlandia para garantizar la seguridad en el Ártico. Dinamarca es una democracia asociada históricamente a EE.UU. y a la alianza atlántica, que proporciona bases a sus aliados en la isla. La presencia de chinos o rusos en el área no ha sido confirmada pero, si así fuera, los vínculos con Europa y el acuerdo de mutua defensa moderan ese problema.
El control territorial que Trump desparrama sobre Venezuela, o también la pretensión sobre Canadá o Panamá, busca exhibir un imperialismo seminal pero carente de estrategia, improvisado y antiliberal. La extorsión con aranceles que practica el magnate acaba por debilitar a EE.UU., según muestra el incremento astronómico del oro como reserva alternativa al dólar. Esos impuestos, además, desbaratan la economía doméstica y es por eso que no baja la inflación.
Hay otros ejemplos en ese sendero errático. Trump acaba de celebrar que Venezuela le daría 50 millones de barriles de petróleo. Esa cantidad, que el país caribeño necesita de dos meses para reunir, equivale a lo que en promedio extrae EE.UU. en cuatro días. La potencia es el mayor productor mundial, pero no el principal exportador porque el carburante mayoritariamente va a las estaciones de servicio. Los 500 millones de dólares que obtendrá por la venta del petróleo decomisado en los buques tanque tienen un impacto insignificante en la canasta de gastos de los norteamericanos. Lo mismo aquella promesa de barriles de crudo.
Dictadura personalista
La politóloga Elizabeth Sanders ve algo patológico en todo este armado. Construyó “una dictadura personalista que ha socavado el perfil confiable de EE.UU. en el mundo”, sin que se vea con claridad la ganancia, resume en Foreign Affairs. Su colega Steven Levitsky, en La Nación, amplía con un concepto más duro: a Trump “le importa un pito la democracia”.
En ese sentido comienza a preocupar que el magnate comente ligeramente que podría suspender las elecciones de medio término de noviembre. No puede hacerlo. “Es una broma”, aclara su vocera. Pero, en lo que va de 2026, el presidente ha planteado cancelar esos comicios no una, sino dos veces. Su última insinuación se la indicó a Reuters, remarcando su preocupación de que los republicanos pierdan escaños. Y sugirió que “no debería haber elecciones”, por los “grandes logros” de su gobierno.
El secretario general de la OTAN observa a Donald Trump en una reunión en el Salón Oval en Washington. Foto: REUTERS “Trump no entiende por qué su índice de aprobación está por los suelos, y lo está, en todos los temas, según una encuesta de CNN”, señala Zachary Wolf en esa cadena esta semana. Lo cierto es que el magnate no regresó al poder por Groenlandia, Venezuela, su petróleo o el machaqueo imperialista. Lo votaron millones de norteamericanos que reprochaban por los precios de la canasta básica, que sigue alta y es por eso que pierde apoyos.
El analista David Graham, especializado en las campañas trumpistas, especula en The Atlantic que frente a ese abismo, un escenario posible es que Trump desparrame sus fuerzas paramilitares del ICE, la policía migratoria, en los Estados demócratas y en distritos con fuerte presencia de votantes latinos, generando un estado de conmoción.
Lo haría cuando aún no quede claro cuál partido se impone en la crucial Cámara baja. Entonces declarará la victoria por su cuenta y antes de los resultados y acusará de intento de fraude a la oposición si contradice su fallo, complicando judicialmente el conteo posterior de los votos. Patrañas. Sería una maniobra en el molde de la que jugó Nicolás Maduro en julio de 2024 en Venezuela.



