Hay sensaciones encontradas en el muy difundido camino a la desgracia de Nicolás Maduro.
Las imágenes que lo muestran esposado de pies y manos, vestido de presidiario, su mujer igual, primero durante su captura en Caracas y durante el traslado a un tribunal en Manhattan después, es el más reciente caso de la antigua práctica de paseo infamante.
La exposición pública humillante ha servido desde la Antigüedad para señalar frente a la comunidad al nuevo paria y para recordar que “también a usted le puede pasar”.
Durante cientos de años desfilaron bajo el yugo enemigos derrotados, traidores, pecadores, mentirosos, ladrones, adúlteros, corruptos… y ahora Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores.
Sensaciones encontradas porque el camino hacia la búsqueda de la justicia suele ser otro. Uno más formal, procesal. Hay reglas y un orden internacional reglamentado y conocido para enjuiciar líderes acusados de graves crímenes. Pero es entendible que otros sientan regocijo en la figura del “rey caído” cuando se mira el prontuario chavista: represión, muerte, ejecuciones extrajudiciales, presos políticos, detenciones arbitrarias, un pueblo vejado, empobrecido, forzado al exilio.
Por nada de esto se acusa a Nicolás Maduro en Estados Unidos. No hay mención a violaciones a los derechos humanos o crímenes de lesa humanidad en los cargos que se presentaron en 2020 contra él y que ahora se han renovado. No se habla de democracia en las razones por las cuales se lo extrajo de madrugada de una base militar en su país. Ni siquiera se habla de un cambio de régimen.
“Queda claro ahora que el motivo era sacar a Maduro de la ecuación”, dice Phil Gunson, analista político en Caracas del International Crisis Group.
La osadía y espectacularidad del arresto no han traído el alivio deseado para muchos venezolanos, empezando por la oposición. La soberanía allanada es apenas una anécdota que deja al país sin el líder, pero mantiene en su lugar a los halcones.
La represión en las calles se ha renovado. Milicias populares patrullan armadas. Los periodistas tienen miedo de reportar e ir presos. La gente también. Y los mismos que han gobernado entre las sombras de Miraflores, con amenazas y garrotes, ahora son la cara formal y más visible del régimen. Sobre ellos, sin embargo, pende una amenaza: la pena de vergüenza pública al estilo estadounidense o, como dijo Donad Trump, “si no colaboran”…“algo peor”.



