En los últimos días cantó y bailó ante las cámaras o en escenarios frente a las multitudes chavistas. Dio una entrevista mientras manejaba por Caracas y trató de mostarse relajado y divertido cuando el cerco militar de Estados Unidos se cerraba cada vez más alrededor de Venezuela. “Peace forever, no crazy war” (“paz para siempre, no a una guerra loca”), entonó en ritmo de rap el 30 de diciembre casi con desfachatez cuando la CIA preparaba operaciones en su país.
Nicolás Maduro resistió más de una década en el poder bajo la peor crisis humanitaria y económica de historia reciente del país, al éxodo de millones de venezolanos, a presiones de la oposición y de gran parte del mundo que no lo reconocía como presidente luego de las elecciones de 2024 en las que se proclamó ganador pese a las claras evidencias de fraude presentadas por la oposición y organismos internacionales.
Pero no pudo escapar al bombardeo que lo sorprendió a la madrugada y a los agentes de Estados Unidos que lo capturaron en su casa y lo llevaron con su esposa, Cilia Flores, en un buque militar para enfrentar a la Justicia en Nueva York.
Maduro sustituyó en 2013 como presidente de Venezuela al político latinoamericano más carismático del siglo XXI, Hugo Chávez, y se convirtió en una de las figuras más controvertidas de la política latinoamericana de los últimos años.
Simpre intentó dar una imagen de hombre común, de «presidente obrero», aunque cargara con acusaciones de graves violaciones de derechos humanos durante su mandato.
Maduro nació en Caracas el 23 de noviembre de 1962. De joven trabajó como chofer de colectivos en Caracas y llegó a ser un destacado líder sindical en los años 90. Alto, con su bigote espeso como marca personal, explotó siempre los estereotipos de «hombre de pueblo» para cosechar apoyos.
El entonces presidente Hugo Chávez y su vice, Nicolás Maduro, ante la prensa en diciembre de 2012 en el Palacio de Miraflores, en Caracas. Foto: REUTERS Cuando Hugo Chávez estaba preso y condenado por su fallido golpe de Estado de 1992, Cilia Flores era una de sus abogadas. Así lo conoció Maduro, quien se convertiría en uno de sus más férreos y leales colaboradores.
Fue uno de los fundadores del Movimiento V República, antecesor del Partido Socialista Unido de Venezuela y participó en la campaña de 1998 en la que Chávez fue elegido presidente.
Represión y violaciones a los derechos humanos
Tildado de “dictador” por sus detractores, Maduro fue designado por Chávez como su heredero el 9 de diciembre de 2012, antes de que el entonces presidente viajara a Cuba para tratarse por un cáncer que lo llevaría a la muerte tres meses después.
Durante su gobierno, Maduro no dudó en reprimir con fiereza masivas manifestaciones opositoras en 2014, 2017 y 2019, que terminaron con cientos de detenidos y otros tantos muertos.
Nicolás Maduro, en una marcha en Caracas el 10 de diciembre pasado. Foto: REUTERS La Corte Penal Internacional abrió una investigación por crímenes de lesa humanidad y varios informes de Naciones Unidas y otras organizaciones documentaron detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones en las temibles cárceles chavistas.
Maduro hizo frente también a una batería de sanciones internacionales tras su primera reelección en 2018, boicoteada por la oposición y desconocida por medio centenar de países.
Logró sobrevivir en el cargo a pesar de una crisis económica sin precedentes en ese país de casi 30 millones de habitantes, con un PBI que se desplomó en un 80% en una década y cuatro años seguidos de hiperinflación.
Se mantuvo firme frente a un fallido gobierno paralelo de la oposición, escándalos de corrupción, denuncias de atentados. Maduro se vendía como “indestructible”, como reza el eslogan del dibujo animado «Súper Bigote», una curiosa pieza de propaganda que lo muestra en la TV estatal como un superhéroe que combate monstruos y villanos enviados por Estados Unidos y la oposición venezolana.
Una imagen difundida este sábado en la red Truth Social por Donald Trump, tras la captura de Nicolás Maduro en Caracas. Foto: REUTERS En sus casi 23 años en el poder, contó con el respaldo de los militares y los cuerpos de seguridad, que reforzó en los últimos meses con milicias integradas por ciudadanos convencidos de su liderazgo y del peligro del avance del “imperio”.
Maduro no tiene el carisma de Chávez, aunque lo emulaba con discursos de horas en los que mezcla asuntos políticos duros, beligerantes, con chistes y anécdotas personales.
Realpolitik
Más allá de la retórica, lo cierto es que supo hacer “realpolitik” y se mantuvo a flote frente a la mirada incrédula de quienes hace años venían pronosticando su derrumbe. Recortó el gasto público, eliminó aranceles para impulsar importaciones que terminaran con el desabastecimiento y permitió el uso informal del dólar, que hoy reina en un país donde reapareciern las tiendas y restaurantes de lujo, aunque, claro, solo para el disfrute de unos pocos.
Y supo, durante un tiempo, negociar con Washington, pese a su recurrente discurso de “yanquis go home”. En los últimos años reanudó parcialmente el comercio de petróleo con licencias a empresas como la estadounidense Chevron, un soporte esencial para la maltrecha economía local.
El gobierno de Trump había ofrecido 50 millones de dólares por su captura y lo acusó de estar al frente del tráfico de drogas y del Cartel de los Soles, una banda cuya existencia es puesta en duda por numerosos expertos.
Maduro, quien se define como «marxista», «cristiano» y «bolivariano» deberá ahora enfrentar la Justicia de Estados Unidos.

