Es el cuarto invierno de la invasión a gran escala. Y es muy difícil. Los misiles y drones rusos destruyen deliberadamente la infraestructura energética de la cual depende la supervivencia de la población civil. En enero y febrero, la temperatura desciende hasta menos veinticinco grados centígrados. Las ciudades ucranianas literalmente se congelan. Millones de personas tienen acceso limitado, o no tienen acceso en absoluto, a la calefacción, el agua y la electricidad.
Recuerdo que en 2022, cuando los rusos empezaron por primera vez a golpear la infraestructura, apareció en las redes una foto de una maestra de Kyiv. Está con un abrigo rojo, un gorro caliente, en cuclillas junto a un poste metálico sobre el que puso su computador, justo en la calle, cerca de una tienda donde funciona un generador y hay señal de internet. Y allí, en pleno frío, les da una clase a los niños. Y pensé que los rusos habían venido a quitarnos todo: nuestra tierra, nuestra libertad, nuestro futuro, la educación de nuestros hijos. Pero esa maestra de Kyiv decidió no entregarles nada. Y hasta una cosa tan sencilla como darles clase a los niños se convirtió en un acto de resistencia.
Sé por experiencia propia que, cuando no puedes confiar en el sistema internacional de paz y seguridad, siempre puedes confiar en las personas. Estamos acostumbrados a pensar en categorías de Estados y organizaciones intergubernamentales, pero la gente común tiene mucha más fuerza de la que ella misma imagina.
Hace cuatro años estaba en Kyiv cuando las tropas rusas intentaban cercarla. En aquel momento, nadie creía que pudiéramos resistir una amenaza militar tan poderosa. Recibíamos cada mañana como una victoria, porque habíamos logrado aguantar una noche más. Recuerdo cómo las organizaciones humanitarias internacionales evacuaban a su personal. Pero la gente común se quedó y empezó a resistir. Las personas comunes empezaron a hacer cosas extraordinarias.
Una de esas personas era mi amiga Victoria Amelina, la escritora ucraniana. En los primeros días de la invasión a gran escala, interrumpió un viaje y regresó a Ucrania. Muy pronto se incorporó al trabajo de documentación de crímenes de guerra. Y además hacía muchas cosas en paralelo. Recuerdo que le decía: haces demasiado y ya estás al borde del agotamiento: escribes un libro, documentas crímenes de guerra, vas a misiones de campo, haces trabajo voluntario. ¿Cómo puedes asumir más proyectos? Pero ella respondía que tenía una sensación persistente de no estar haciendo lo suficiente. Y que no sabía cuánto tiempo le quedaba a ella y, al final, a todos nosotros.
Un mes después de esa conversación, un misil ruso impactó un restaurante en Kramatorsk. En ese momento Vika estaba allí acompañando al Donbas a un grupo de colombianos que promueven la campaña de solidaridad ¡Aguanta Ucrania!. Sufrió una herida grave y cayó en coma. Tal vez suene absurdo, pero le escribía mensajes todos los días. Estaba convencida de que despertaría y leería todo. Y aun cuando una amiga común, que estaba a su lado en cuidados intensivos, me dijo que no solo debía prepararme, sino aceptar lo inevitable, respondí que, aun así, no perdía la esperanza.
No hace mucho revisé por primera vez esa última conversación que Vika nunca llegó a leer. Y esto es lo que quiero decirles.
Primero. Durante tres siglos, los ucranianos vivieron a la sombra del imperio ruso. Por eso entramos en esta guerra como una sociedad sin contexto. Nuestra historia no fue escrita por nosotros. Somos un país con una literatura clásica sin traducir. Las personas en otros continentes sabían de nuestra parte del mundo solo que aquí estaba Rusia. Un imperio no es solo la posesión de tierras, recursos y personas. Es la posesión del conocimiento, es decir, el derecho a nombrar las cosas.
Segundo. Putin afirma abiertamente que no existe la nación ucraniana, así como tampoco existen la lengua o la cultura ucranianas. Desde hace doce años documentamos cómo esas palabras se convierten en una práctica terrible en los territorios ocupados. Los rusos eliminan físicamente a las personas activas en las comunidades, prohíben la lengua ucraniana, saquean el patrimonio cultural ucraniano y educan a los niños ucranianos con manuales rusos en los que Ucrania no existe como Estado.
Y por último. Esta guerra tiene una dimensión de valores. No es una guerra entre dos países, sino entre dos sistemas: el autoritarismo y la democracia. Putin busca demostrar que un país con poder de veto en la ONU y armas nucleares puede permitirse todo lo que quiera. Incluso privar a toda una nación de su identidad y su libertad. Y la libertad, para los ucranianos, no es solo un valor de autoexpresión, es un valor de supervivencia. No habríamos sobrevivido ni surgido como nación si no hubiéramos aspirado obstinadamente a la libertad durante todos estos siglos.
Por eso, pese a todo, hay personas que enseñan a los niños ucranianos. Hay personas que escriben libros ucranianos. Hay personas que preservan su memoria.
Sembramos. Sembramos semillas. Sembramos incluso en invierno, cuando todo está congelado. Sembramos aquello que no teme al frío. Sembramos como un acto de fe, porque sabemos que la primavera llegará inevitablemente y todo lo que sembremos brotará. Y sí, es un trabajo a largo plazo. Pero quien piensa en el largo plazo, gana.
Cuando releía aquella conversación que Vika nunca alcanzó a leer, recordaba todo lo importante que logró hacer en su corta vida; pensaba en el amor que compartió generosamente conmigo, con su familia y con nuestras amigas; revisaba las fotos de su libro inconcluso sobre mujeres en la guerra, que fue publicado después de su muerte y traducido a varios idiomas. La vida humana es frágil. Pero aun así, puede estar llena de sentidos eternos.
Ahora sé mucho sobre lo que es la esperanza. La esperanza no es la convicción de que todo saldrá bien. Es la profunda conciencia de que todos nuestros esfuerzos tienen sentido.
*Oleksandra Matviichuk, defensora de derechos humanos y presidenta del Centro para las Libertades Civiles, en 2022 recibió el Premio Nobel de Paz.
“Cartas de Ucrania” es un proyecto de la campaña de solidaridad latinoamericana ¡Aguanta Ucrania! en conjunto con PEN Ucrania, UkraineWorld e Instituto Ucraniano.



