Alden Biesen, un castillo belga del siglo XVI, a tiro de piedra de las fronteras de Alemania y los Países Bajos, sirvió a los dirigentes europeos para celebrar este jueves un “retiro”. Europa vive en un cruce de caminos histórico, después de perder a su gran aliado de los últimos 80 años justo cuando Rusia ataca por el este y China duda entre ser el gran socio o el gran rival comercial.
Los europeos tienen recursos suficientes para sacar la cabeza en este mundo de superpotencias depredadoras: el mercado con mayor poder adquisitivo del planeta con más de 450 millones de personas. Una industria militar que en apenas tres años ha dado un paso delante de gigante y ya arma por sí sola todo el esfuerzo de guerra ucraniano. Una potencia financiera al menos equiparable a la estadounidense. Le faltan recursos energéticos, pero a sus vecinos le sobran. Pero todos esos recursos que tienen no los utilizan eficazmente porque subsisten obstáculos en el mercado interno europeo.
La economía europea va al ralentí, pero ha resistido una grave sucesión de crisis desde la pandemia hasta la guerra arancelaria de Donald Trump pasando por la crisis energética. El desempleo está en mínimos históricos. Y aunque la crisis por la subida del precio de la vivienda es un factor común de preocupación, las expectativas económicas son relativamente optimistas.
Les puede el miedo al cambio. No es sencillo entender que el primo mayor, el que daba seguridad a Europa, puede ser ahora un enemigo que amenace incluso militarmente. Un enemigo que anuncia oficialmente que ayudará a financiar centros de pensamiento y fundaciones que apoyen a los partidos de extrema derecha que quieren destruir la Unión Europea.
La mayoría de los líderes entiende que tiene una amenaza interna, apoyada por Rusia y Estados Unidos, pero responsabilidad europea. Los partidos de extrema derecha en el entorno del 25% de apoyo a nivel continental y amenazando con entrar en gobiernos centrales dentro de un año: en Francia con Marine Le Pen o Jordan Bardella y en España con Santiago Abascal de la mano del Partido Popular.
Nunca desde los años 30 del siglo pasado, en la década que vio la eclosión del fascismo europeo, tuvieron tanto apoyo. Nunca, ni si quiera entonces, el apoyo fue tan general por toda Europa. Portugal, un país vacunado contra el virus del extremismo hasta hace pocos años, vio cómo el candidato ultra alcanzaba el domingo el 35% del voto en el ballotage de las presidenciales.
La otra amenaza es externa, porque por primera vez desde antes de la Segunda Guerra Mundial, en el movimiento de las grandes superpotencias Europa está sola. ¿Cómo se sale de esa trampa? Los europeos creen que es esencial un salto adelante económico que permita reducir dependencias externas y afirmar una política de seguridad, comercial y energética independiente. Todos, desde la derecha radical de la italiana Giorgia Meloni hasta el socialismo del español Pedro Sánchez, coinciden en el diagnóstico. Las diferencias están en las soluciones.
Los dirigentes de la derecha tradicional, como el alemán Friedrichs Merz, o de la derecha radical, como la italiana Giorgia Meloni, abogan por desregular, por eliminar buena parte de la normativa económica europea para dar mucho más margen a las empresas, para ahorrarles costos y permitir actividades que hoy tienen restricciones o están vetadas. Apuestan sobre todo por eliminar restricciones medioambientales y liberalizar los mercados laborales.
Enfrente tienen al francés Emmanuel Macron y al español Pedro Sánchez. Su propuesta es más clásica en el contexto de la Unión Europea y a la vez un salto adelante en la integración del bloque. Ellos abogan por una política europea de reindustrialización y por proyectos comunes en aspectos como energía o defensa que se financien a través de eurobonos, deuda emitida conjuntamente. Defienden la importancia de aprobar ya la normativa que fomentará el “Buy European” e incluso, en el caso del español, dar pasos hacia la creación de unas Fuerzas Armadas europeas.
El retiro sirvió para que el ex primer ministro italiano Mario Draghi, quien presidió el Banco Central Europeo casi una década y el año pasado redactó el gran informe que debe servir de guía a la política económica europea, abroncara a los líderes. Según un funcionario europeo, Draghi les dijo que deben reducir barreras en el mercado interno europeo, movilizar el ahorro europeo para que vaya a inversión productiva dentro de Europa (casi 300.000 millones de euros acaban cada año en Wall Street), reducir el coste de la energía, activar “preferencias europeas” en sectores estratégicos y avanzar en una especie de federalismo pragmático. Que avancen más rápido quienes están dispuestos, como se hizo cuando se creó el euro.



