“¡Dale campeón, dale campeón!”, acompaña con cálidos aplausos el público los últimos minutos de un partido que, para muchos en la tribuna y algunos en la cancha, es la primera vez. Ni siquiera el (no tan) inesperado gol visitante en el descuento frena esa cadencia; al contrario, la potencia. Pero no hay éxtasis, la noche no da para tanto. Porque si al fútbol también le cabe aquello de que hay que ser y parecer, el vigente campeón del mundo cumple con la parte que le toca, la de jugar ante quien fuere, dar lo mejor y seguir alimentando la leyenda de ser un equipo de época. Pero todo lo que la rodea está a mucha distancia de la corona que ostentan los jugadores. Porque no parece campeón del mundo quien juega repetidamente esta clase de partidos, al punto de que, como nunca antes, llegará a un Mundial sin haber enfrentado a una selección europea en el camino. Algunos espacios vacíos en las tribunas de la Bombonera dan cuenta de eso, también: al prestigio hay que cuidarlo en los despachos de la AFA tanto como lo hacen Messi y sus compañeros cuando les dan la pelota. Hay un mar que separa las atajadas de Martínez, el carácter recio de Cuti Romero y un pase filtrado de Mac Allister de la decisión de ir a jugar contra Angola o invitar a Mauritania y Zambia a que sean los últimos rivales antes de ir por la hazaña de buscar el bicampeonato mundial. Porque el fútbol es un plato que se come adentro de la cancha. Pero se cocina a fuego lento afuera.
Enzo Fernández hace un chiche con la pelota. La engancha con el taco derecho, hace que la va a pasar hacia atrás pero la mueve hacia adelante, sin que su botín pierda contacto con el cuero. Es una delicia, un gesto técnico precioso en el costado del área de los atribulados mauritanos, que no tienen herramientas para desarmar el mecanismo del talentoso volante argentino. Mejor Jugador Joven de Qatar 2022, Enzo es ahora Fernández, un hombre en plenitud, destinado a ser el dueño intelectual de la selección argentina por muchos años. El mismo que remata con desprecio un centro atrás de Molina que Julián Alvarez deja pasar -asistencia no computada por los estadígrafos- para levantar el primer grito de gol de una noche curiosa en la Bombonera.
Porque la Bombonera no está llena, como cada vez que juega Boca y cada vez que juega Messi acá. Aunque el capitán es suplente en el inicio del juego ante un rival que ni siquiera olió la clasificación al Mundial, está en el sótano del fútbol y se ofreció a venir de África nadando, si era necesario. El clima, entonces, arranca tibio, con decibeles que suben cuando aparece Claudio Tapia en el medio de la cancha y los silbidos lo tapan, por más que lo secunde Riquelme. Hay que encontrar algo que saque las manos de los bolsillos a los que están en las tribunas, una paleta de colores distinta a la de los partidos de club: hay espectadores, no hinchas.
Entonces, si a la AFA no le importa mucho encadenar amistosos sin valor deportivo -con este van 12 desde que se consagró en Qatar, todos ante rivales del estilo, todos triunfos-, hay que encontrar estímulos por otro lado. Para Lionel Scaloni, que un día atrás había dicho que en su cabeza ya vive el Mundial, la noche es una prueba a cielo abierto para encarrilar decisiones que le faltan tomar. Entonces pone de titulares a Marcos Senesi, de probada regularidad en el Bournemouth de la Premier League, y Nico Paz, figura del sorprendente Como en la Serie A de Italia.
¿Puede ayudar al DT un partido en el que Aly Abeid, entusiasta lateral izquierdo mauritano, le pide perdón a Messi por rozarlo levemente en una acción de juego? La respuesta tiene más color de no que de sí. Pero es lo que hay, a dos meses y medio del debut ante Argelia en Estados Unidos. Y lo que viene es más de lo mismo: a Buenos Aires está llegando la selección B de Zambia, que también se sacará selfies en la Bombonera el martes antes de enfrentarse a Messi…
Pero Paz no piensa en eso, sí en su oportunidad. Se mueve por todo el frente de ataque, primero más tímido para gambetear, elige el pase seguro. Pero cuando le hacen una falta cerca del balcón del área, pide la pelota: cuchichea con Thiago Almada, mira el palo adonde va a dirigir el remate y allí lo coloca. La complicidad del gigante arquero Diop hace pensar en que para qué mide 204 centímetros, si la pelota se le va escurrir tan fácil. A Paz, nacido en Tenerife, acento español, sangre argentina, no le importa: es su primer gol en la selección. Se ríe, lo festeja. Cómo no. Es una noche de muchas primeras veces, al cabo: en el segundo tiempo debutan Gabriel Rojas (peleará por colarse en la lista como lateral izquierdo) y Agustín Giay, una alternativa ante la baja por lesión de Montiel.
Tan relativo e informal es todo que Argentina hace ¡ocho! cambios, todos autorizados por el cuarto árbitro, Nazareno Arasa, también argentino de nacimiento. Quizás no hubo tiempo para que el árbitro Derlis López y sus asistentes, todos paraguayos, subieran al avión en Asunción a un colega más. Vaya a saber.
Lo mejor del partido
En el final, con el partido ya hecho un mejunje entre tantos cambios, hubo durante unos segundos doce mauritanos en la cancha, en el revoleo de los que entran y salen, hasta que el juez corrigió una acción más digna de campeonato amateur de sábado a la mañana. La lluvia tapizaba los últimos minutos hasta que Dibu Martínez, que rankeó altísimo entre los ovacionados, tapó un mano a mano, se paró y le hizo un gesto al público, que se entregó a su carisma, un ratito antes del gol que le puso fin al partido. Cosas que pasan cuando juega la mejor selección argentina de la historia, aunque del otro lado se pare Francia… o Mauritania.



