MIAMI (Enviado especial).- Ningún mal es necesario y mucho menos en un Mundial. Pero si este triunfo sufrido ante Cabo Verde sirve para algo, debería ser para recordarle a Argentina que, a partir de ahora, ya no alcanza con la chapa. Después de una actuación preocupante frente a una de las selecciones más débiles del torneo, el campeón del mundo avanzó a los octavos de final. Ganó más por jerarquía que por juego y no puede permitirse otra actuación así si quiere sostener con argumentos la ilusión del bicampeonato. En su primer partido de eliminación directa descubrió una versión desconocida en este torneo: la de un equipo vulnerable, que por momentos perdió el control y dejó de transmitir esa sensación de que el triunfo jamás corría peligro. En octavos espera Egipto. Después de lo visto en Miami, ningún rival parece tan accesible como antes.
Acaso solo Lionel Scaloni imaginaba un partido tan peleado. En la previa había elogiado mucho a Cabo Verde, aunque entonces sus palabras sonaban más a respeto protocolar que a una preocupación real. Argentina jugó incluso por debajo del nivel que había mostrado en la etapa de grupos, donde ya había quedado en deuda. Buscó que el triunfo fuera consecuencia del dominio y no de un golpe por golpe frente a un rival armado para defender y contragolpear. Equipos con ese talento pueden darse ese lujo: dejar correr los minutos hasta encontrar el espacio, sabiendo que la oportunidad iba a llegar. Pero esa paciencia por momentos se transformó en parsimonia. Instalado en campo rival, frente a un laborioso Cabo Verde que defendía con las líneas muy juntas, aunque desde un bloque medio y no tan cerca de su arco, el equipo de Scaloni movía la pelota de un lado a otro, pero le faltaban ingenio, velocidad y precisión para romper ese cerrojo. Conducían Lisandro Martínez y Cristian Romero, pero el resto aparecía tapado, incluido Messi, siempre rodeado por dos marcas.
Demoró casi medio tiempo en activar el plan alternativo: saltear líneas para encontrar a los laterales en profundidad o pinchar la pelota al área para los delanteros, aprovechando que la última línea de de Cabo Verde ofrecía muchas menos garantías cuando retrocedía que cuando defendía de frente. Así llegó el gol: un bochazo de Lisandro desde mitad de cancha para que Messi ganara la espalda de Disney Borges, amortiguara la pelota con el revés del botín izquierdo y definiera por encima de Vozinha. La misma fórmula que dejó a Argentina afuera del Mundial de 1998, pero invertida: de Bergkamp a Messi, para que esta vez la selección avanzara de ronda.
El séptimo gol de Messi en el Mundial no bastó para terminar de desenredar la maraña. Argentina volvió a caer por momentos en un ritmo demasiado pausado, sin esa marcha más, ese vértigo que había sido una de sus marcas en Qatar y durante buena parte de las eliminatorias. Con Alexis Mac Allister como volante central, el mediocampo perdió dinamismo. El futbolista de Liverpool jugó más pendiente del orden que de darle ritmo al equipo, y Argentina sintió esa falta de velocidad en una zona clave de la cancha, donde necesitaba mover la pelota con mayor rapidez para desarticular a un rival intenso para recuperar y ágil para salir de contraataque.
En el segundo tiempo, Cabo Verde adelantó unos metros sus líneas y Argentina pasó a construir desde más atrás, pero el equipo africano también mostró otras intenciones en ataque. Ya no se conformó con tapar líneas de pase y mantener el juego lejos de Vozinha. Empezó a acelerar, aprovechando una selección lenta y por momentos desconectada, que dejó flotando una sensación poco habitual: que el triunfo no estaba asegurado.
Y no lo estaba. Deroy Duarte primero exigió a Emiliano Martínez con un remate de media distancia y, unos minutos después, apareció solo en el área para definir cruzado y marcar el empate. Una desinteligencia fatal: Enzo Fernández no siguió su carrera para cubrir un posible centro atrás y Lisandro Martínez tardó en salir a achicar.
Scaloni buscó cambiar desde el banco, aunque sin modificar el esquema ni la idea. Argentina seguía dependiendo casi exclusivamente de Messi: el juego pasaba por sus pies y también las infracciones cerca del área que él mismo provocaba para probar de tiro libre. Tuvo la chance más clara, entrando al área con la pelota dominada, pero perdió el mano a mano con Vozinha, el arquero de 40 años que terminó imponiéndose en el duelo personal.
El final fue tomando ribetes dramáticos. Argentina insistía sin claridad y las veces que lograba llegar con cierta claridad aparecía siempre una pierna rival. A eso se sumó la lesión de Medina, uno de los que más empujaba, y obligó a Scaloni a invertir un cambio que pensaba seguramente para otra función. Y el posible penal por mano de Roberto Lopes a falta de dos minutos. Y el tiro libre de Messi que murió otra vez en los guantes del arquero.
El suplementario tuvo algo de la final de Lusail, incluso en el color de las camisetas. Un partido roto, sin medio campo, con dos equipos de recetas distintas pero dispuestos a no renunciar a la victoria. Llegó el gol de Lisandro Martínez, tras un tiro de esquina de Messi, pero Sidny Lopes Cabral, el lateral que es compañero de Nicolás Otamendi en Benfica, la colgó de un ángulo y le dio a Argentina otro golpe. Y también otra señal de alerta.
La selección llegó al final echando el resto, con Messi notablemente cansado, Leandro Paredes intentando serenar el juego y Cabo Verde fortalecido anímicamente, convencido de que el batacazo todavía era posible. Y ahí, cuando ya nadie encontraba respuestas y el estadio miraba en silencio un desenlace impredecible, apareció otro córner de Messi para que Cuti Romero cabeceara a la red.
Este Mundial no da tiempo ni margen para el festejo. El martes, Argentina volverá a jugar, ahora en Atlanta y frente a otro rival africano, en busca de los cuartos de final. El desahogo del final fue un premio al esfuerzo, a la perseverancia y a creer hasta el último minuto, aunque también dejó una enseñanza: si vuelve a jugar así, el próximo aviso puede ser el último.


