Resulta difícil de explicar en pocas palabras lo que rodeó, en escasos minutos, la eufórica clasificación que consiguió River ante San Lorenzo y que lo depositó en uno de los cuartos de final del torneo Apertura, donde se encontrará en el Monumental ante Gimnasia. El viento de una feroz tormenta estuvo arremolinado, con un fuerte enojo del público mientras caía a pesar de tener un hombre más que su rival y los posteriores desahogos y euforia repartidos al momento del empate in extremis en el suplementario y los posteriores exitosos penales. Una noche de locura, verdaderamente.
El Ciclón jugó un total de 90 minutos con diez hombres por la expulsión tempranera de Matías Reali, entre los 60 posteriores de tiempo reglamentario y los 30 de suplementario. Parecía la situación que destrabaría a un River que, pese a ganar en jornadas anteriores, no logra desplegar destacadas versiones que justifiquen esos resultados. Todo le cuesta, al punto de que esa situación fue para peor: nunca estuvo en ventaja, a diferencia del Ciclón, que abrió el marcador y volvió a ponerse por encima en el primer tiempo del tiempo extra.
Ese último gol, el de Fabricio López, activó los más grandes murmullos del público riverplatense. Hasta el hartazgo de lanzar un cántico que el ciclo de Eduardo Coudet, hasta el momento, no había sufrido y tenía su último antecedente en el epílogo de la crítica última etapa de Marcelo Gallardo: “¡Jugadores, la c… de su madre, a ver si ponen huevos, que no juegan con nadie!» y “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!“, explotó en el Monumental sobre la hora y tenía a River próximo a la eliminación.
Como si todo estuviera guionado, pasarían 30 segundos solamente para que, en medio de la furia popular, Juan Fernando Quintero lanzara el centro con el que buscó la definición de algún compañero. No sucedió: su lanzamiento se fue cerrando tanto y, a la vez, alejando de cualquier salto, que confundió al arquero Orlando Gill. El paraguayo voló tarde y la pelota se coló al lado de un palo, decretando la igualdad y la resurrección. Entonces, el estallido. Asimismo el intercambio de malestares: el colombiano lo gritó con furia hacia una tribuna, lanzando insultos en medio de los abrazos.
“¡Dale! ¡La c… de tu madre!“, lanzó, a la vez de ponerse su dedo, primero, en una oreja y, luego, en su boca, reclamando silencio o, en realidad, apoyo antes que una situación tensa. De ahí el pedido posterior de “unidad” de Coudet, asegurando que “tenemos que estar todos juntos”, aunque no lo declaran de forma tan directa. Incluso, lo dicho por Lucas Martínez Quarta: “Nos dolió, nos tocó. La gente se manifiesta con total derecho. Como jugador del club, duele. Vamos a necesitar de ellos en este final de campeonato”.
Desde aquel éxtasis hasta el último penal del Ciclón ejecutado por el lateral Mathías De Ritis, desviado por los dedos de una mano de Santiago Beltrán y uno de los postes, transcurrieron solamente 18 minutos. Ese fue el tiempo en el que River pasó del caos, imaginándose un final bajo una silbatina estruendosa por despedirse del campeonato, a volver a soñar con revertir la actualidad, soñando con el trofeo del Apertura en sus manos. Porque el fútbol, muchas veces, no entiende de lógica y este domingo fue una clara muestra.
Es que no hubo momento en el que no estuviera arrinconado. Como si fuera poco el sufrimiento por el 0-1 y el 1-2 del partido, llegó la tanda de penales. La ejecución liviana de Giuliano Galoppo y la cruzada por Kendry Páez, ambas detenidas por Gill, le dio a San Lorenzo la posibilidad de sacar el boleto a los cuartos de final con solo convertir uno de los dos remates que tuvo a su merced.
Tras el remate fallado por el ecuatoriano, Gregorio Rodríguez tuvo la clasificación en su pie, pero se encontró con la aparición de Beltrán. Incluso, el cuadro de Boedo tuvo un tercer match point a disposición por la inspiración del arquero paraguayo, que contaba con la chance de detener otro más, el de Gonzalo Montiel, que finalmente convirtió. Y al momento en el que Ignacio Perruzzi volvía a tener la chance de convertir para superar a River, se pasó de fuerza y altura, enviándola por arriba.
Luego llegó el convertido por Joaquín Freitas y el fallado por De Ritis. Fueron 18 minutos. Frenéticos, sufridos, dramáticos. Pero con un River que terminó con algo en común, dentro y fuera: la sonrisa por estar entre los ocho mejores.




