De Mauritania, en el noroeste africano, a Zambia, en el centro sur del continente de las mil y una limitaciones, hay unos 5700 kilómetros de distancia. Sin embargo, la selección argentina, entre el partido del viernes pasado (un apático 2-1) y este último (5-0), ambos en la Bombonera, mostró una diferencia todavía mayor.
En lo futbolístico, con un equipo que jugó -por última vez en el país antes del Mundial de México, Estados Unidos y Canadá- con mayor compromiso e ideas (y que no recibió goles). Y en lo emocional, dentro y fuera del campo. Esta vez sí con tribunas pobladas (pese a los altos precios, de $ 90.000 las generales a $ 490.000 los lugares preferenciales) y festivas. Sin insultos para Claudio “Chiqui” Tapia (el presidente de la AFA no se mostró en el campo de juego, como había sucedido, al recibir una plaqueta de Juan Román Riquelme). Y con Lionel Messi -¿en su último partido oficial en el país?- radiante, activo y, sobre todo, contento.
Eran las 19.14 cuando Leandro Paredes y Rodrigo De Paul pisaron el césped para cumplir con el ritual de los caramelos; enseguida hubo aplausos, especialmente desde el corazón de La 12 para el mediocampista de Boca. El clima de celebración, más allá de los espectáculos musicales (cumbia, el ritmo elegido), creció cuando Dibu Martínez surgió desde el vestuario para hacer la entrada en calor. El arquero sigue revalidando su estatus como uno de los máximos ídolos del campeón del mundo. Claro que todo se estremeció cuando Messi encabezó el ingreso del pelotón de jugadores. “Lionel Andrés Messi, gracias eternas por tu fútbol”, se leyó en una bandera celeste y blanca colgada en la segunda bandeja de la tribuna del Riachuelo. Fue apenas un mimo más para la leyenda que, a diferencia del amistoso ante Mauritania, no pasó inadvertido. Fue el imán durante la entrada en calor (agradeció cada cántico levantando simpáticamente los brazos); fue el faro después, en el juego estratégico.
El capitán se movió con destreza, eligió cuándo arrancar y cuando hacer la pausa (como siempre), ensayó caños, asistió, amplió su récord como máximo anotador de la selección de todos los tiempos (116 goles; hizo 38 de esos tantos en 53 partidos en suelo argentino) en su partido número 198. Y, en el arranque del segundo tiempo, hasta tuvo la cuota extra de compañerismo para cederle la ejecución del penal a Nicolás Otamendi: para el veterano defensor de Benfica fue el último desafío con la selección en el país, ya que dejará el equipo después de la Copa del Mundo. Es verdad que los jugadores de Zambia, la selección del país sin salida al mar y ubicada en el lejano ranking 91 de la FIFA, mostraron ingenuidades, pero el número 10 del Inter Miami profundizó esas limitaciones. Corrió a los defensores, los chocó, los intimidó con su presencia. Si el viernes pasado había dejado la Bombonera irritado, preocupado y mascullando bronca, esta vez el sentimiento fue totalmente opuesto.
Messi, como todo el grupo, estaba urgido de una noche de sonrisas para cambiar el chip y el espíritu. Al fin y al cabo, más allá de las evaluaciones que el entrenador Lionel Scaloni hará en la intimidad (en el segundo tiempo pudo hacer numerosos ensayos, incluso en el arco, con el ingreso de Musso), el sentimiento general fue de absoluta aprobación. La selección se despojó del clima pesimista y le permite al equipo encarar el último tramo de la preparación -hasta el debut del 16 de junio frente a Argelia, en Kansas- con otro ánimo, pese a no haberse medido con seleccionados fuertes (como sí hizo la mayoría en el camino al Mundial).
Es verdad que está abierta la posibilidad de una nueva presencia de Messi en la fecha FIFA de septiembre próximo, sobre todo si el resultado de Argentina en el Mundial acompaña, pero esa posibilidad queda muy lejos. Tras más de dos décadas luciendo la camiseta celeste y blanca, el zurdo rosarino vivió el partido como si hubiera sido el último y, un dato no menor: en un partido lleno de modificaciones, él completó los 90 minutos en la cancha.
Todavía juega al misterio y no comunicó si estará en la próxima Copa del Mundo (se fue de la cancha sin hacer declaraciones), pero todos confían que así será. Así lo sintieron los hinchas argentinos que poblaron la Bombonera y cerraron la noche cantando “¡Que de la mano, de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar!”. Para que eso vuelva a suceder se tienen que alinear muchos planetas, aquí y allá. Pero, al menos, la reacción individual y colectiva en la despedida de la selección (con un score que pudo haber sido más abultado), antes de iniciar la defensa del título mundial, dejó un sabor distinto: de ilusión y de que la llama sigue encendida.




