Profundizar y escribir sobre un personaje mundialmente célebre del que, en teoría, se ha dicho prácticamente todo, puede resultar un desafío improbable y riesgoso, con amenaza de colisión literaria. Sin embargo, cuando esa búsqueda se realiza con pasión, perspicacia y, sobre todo, conocimiento, siempre se está a tiempo de más. Ello logró el periodista Pablo Amalfitano al abordar la magnética figura del legendario Guillermo Vilas, el hombre de las mil vidas, el superhéroe con raqueta que popularizó un deporte (el tenis) en la Argentina.
“El otro Vilas: historias escondidas de una vida irrepetible”, que acaba de publicar Ediciones Al Arco, es una riquísima obra en la que Amalfitano (de 35 años, nacido en Mar del Plata, la ciudad que cobijó a Vilas desde chico) logra, en dieciséis capítulos, escarbar y ahondar en una carrera inigualable y con un sinfín de matices. A muchos de esos matices, directamente inéditos o muy pocos conocidos, el autor logró sacarle brillo con su detallista investigación. Anécdotas, testimonios, documentos, descubrimientos, alegrías, conflictos, amores. Desde “la génesis del fenómeno”, pasando por la llegada a la cima en Forest Hills 1977, hasta la radiografía del último Vilas, que este lunes está cumpliendo 74 años (desde hace años está radicado en Montecarlo y con dificultades de salud).
“El hecho de que [Amalfitano] haya resuelto investigar y escribir sobre la personalidad de Guillermo Vilas sin haberlo visto jugar, pero habiendo estudiado todas las informaciones al respecto, es más valioso que nunca en un tiempo en el que todo se vive muy rápido y en el que frecuentemente hay desconocimiento o falta de la debida inquietud para ocuparse de personalidades que han sido más que importantes”, se describe en el prólogo, escrito por Juan José Moro, el pionero del periodismo de tenis en la Argentina y protagonista de un mundo radial que marcó una época. “Vilas fue disruptivo y carismático para la época. Su leyenda seguirá vigente. Vale la pena, entonces, conocerlo un poco más”, añade el periodista Alfredo Bernardi en la contratapa.
“Si Maradona se juntaba con el Papa, Vilas cenaba con el Shah de Persia en el centro neurálgico del jet set europeo. Si Maradona se lucía con una prolífica capacidad para soltar frases célebres, Vilas dedicaba interminables horas a leer poesía y a crear su propia poesía para pensar la vida, la muerte y la soledad. Si Maradona destiló parte de su magia en algún Bailando de Italia, Vilas eligió cantar con una apertura artística que viajó del rock al techno-house. Si Maradona estaba en los ojos de cuanta mujer uno pudiera imaginar alrededor del mundo, Vilas encandiló en el corazón de Mónaco a una Princesa con la que se escondió en una recóndita isla del Caribe (…) Este libro pretende volcar las diferentes bifurcaciones del zurdo de larga cabellera y legendarias proezas”, apunta Amalfitano.
A continuación, LA NACION publica un capítulo de esta obra.
Llegar a un torneo en… helicóptero
Vilas es el tenista más destacado de la historia de la Argentina. Nadie podrá dudar jamás del status que tiene en lo más alto del deporte nacional. Pero a nivel internacional, además, representó bastante más que eso: formó parte de la generación de jugadores que impulsaron el nacimiento del tenis como se lo conoce por estos tiempos, los que colocaron la piedra fundacional de los primeros años de apertura para el profesionalismo.
La Era Abierta se inició en 1968 y el Poeta empezó a explotar todo su potencial poco después, en el amanecer de la nueva era, en los primeros años de la década del ‘70. Tuvo su apogeo entre 1977 y 1979, cuando ganó sus cuatro coronas de Grand Slam y una enorme porción de los 62 títulos que acumuló en el Grand Prix, pero también supo sostenerse entre las mejores raquetas del mundo hacia 1983.
Fue protagonista excluyente de una era diferente, cuando todo era más artesanal. No existían los jugadores de la elite de hoy que llegan a los clubes con un séquito de diez personas, como si fueran incluso empresas. Vilas mantenía una amistad con otros grandes campeones como Borg o Gerulaitis, pero su único ladero era Tiriac, el hombre que había inventado el management en el tenis y, para el zurdo, oficiaba de todo: manager, entrenador, amigo, compañero, armador de viajes y todo lo que a uno se le pueda ocurrir.
Por tanto, como se puede imaginar, había lugar para sucesos imposibles de vislumbrar por estos tiempos, episodios de la realidad que bien podrían habitar el terreno de la ficción. En la era romántica, con protagonistas románticos, algunos torneos se jugaban en lugares insólitos. Como el de North Conway, por caso, un pueblo en el este del condado de Carroll, New Hampshire, en los Estados Unidos.
Resultaba inexplicable que aquel pequeño sitio, que en los albores de los años ochenta tenía no más de diez mil habitantes, y que emergía rodeado de montañas y bosques, pudiera aglutinar, durante una semana, todos los focos del tenis mundial. En aquel lugar se jugaba un torneo del Grand Prix, el circuito más relevante de la época. Se disputaba sobre canchas de polvo de ladrillo al aire libre y repartía 200 mil dólares en dinero de entonces.
Llegar a aquel sitio representaba poco menos que una aventura. Había que recalar en el aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey, el Estado colindante al norte con Nueva York, para tomar luego un pequeño vuelo hacia la ciudad de Portland, en el Estado de Maine, limítrofe con Canadá. Aquella era la ciudad de mayor relevancia entre las más cercanas a North Conway. Pero había más: para arribar al evento todavía faltaban unos 300 kilómetros. Vilas jugó aquel particular torneo en 1983, en julio, el último año de esplendor de su carrera, temporada en la que ganó su última corona en la ciudad austríaca de Kitzbühel, casualmente una semana antes.
Para llegar a North Conway, entonces, había que emprender un último paso: alquilar una de las viejas avionetas Cessna de cuatro plazas. La curiosidad es que aquella aeronave era piloteada por un hombre llamado Frank Heller, que también era propietario del diminuto aeropuerto en el que había que aterrizar, lo cual lo convertía en el transporte oficial del torneo. Esas avionetas se encargaban de trasladar a los tenistas, pero también a los dirigentes y a los periodistas que cubrirían el acontecimiento. Eran cuarenta minutos de vuelo sobre las montañas blancas del Estado de New Hampshire. Desde el aire, en el medio del valle, se podían observar las instalaciones.
Lo más increíble de aquel torneo, de todos modos, era incluso la forma de llegar al Mount Washington Stadium, acaso más llamativo que cualquier otro en el mundo: tenía dos canchas, pegadas una al lado de la otra, con una misma tribuna tubular compartida. Vilas, como solía hacer en algunos otros torneos con accesos “imposibles”, había alquilado un helicóptero por gestión de Tiriac para llegar de una manera muy poco habitual a los partidos que debía jugar. El lugar elegido para el estadio tenía un ingreso que marcaba una clara dificultad para entrar por la carretera. El tenis romántico de otra vida.
En aquel torneo Vilas, abrumado por el caso garantías –ese año fue acusado por el Consejo Profesional de Tenis por haber cobrado en el torneo de Rotterdam, Países Bajos, ex Holanda, el dinero de los torneos para asegurarse las figuras, una práctica que en aquel momento estaba prohibida–, sufrió el asedio del periodismo estadounidense que sólo estaba preocupado por la probable suspensión –sería levantada, al cabo, en enero de 1984–.
“Aquí en Estados Unidos todo el mundo del tenis está convulsionado por la suspensión; con cada uno que hablás el tema sale solo. Es ya casi imposible sustraerse”, expresaba Vilas, agobiado. El argentino, en efecto, perdió en los cuartos de final por 6-4 y 6-4 ante un joven Andrés Gómez, quien tiempo después se consagró campeón de Roland Garros en 1990. “Nunca le había podido ganar a Guillermo en cinco partidos, porque yo arriesgaba y él lo aprovechaba. Esta vez lo vi más impreciso, nervioso y apurado. Pensé que lo perdería solo y así fue”, admitió entonces el ecuatoriano de 23 años.
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Este miércoles 19/8, desde las 18, Amalfitano presentará su obra sobre Vilas en la sala Alfonsina Storni del Café Tortoni, Av. de Mayo 825, Ciudad de Buenos Aires. El libro ya está disponible en edicionesalarco.empretienda.com.ar.




