Messi eleva a la selección argentina. La selección no permite que Messi baje. En ese armónico y hermoso punto en común se proyecta otro sueño. Lo alimenta la individualidad brillante y la fuerza colectiva. El pasado queda sólo para la comparación. Aquel tiempo de dependencia y de posible bajón no existe más hace rato. Si Leo en Qatar tuvo a su Burruchaga personificado en Dibu Martínez, hoy se ve cómo un grupo entero se sacrifica hasta que el genio entra en escena. Como si los compañeros fueran los primeros en saber que el tiempo se acaba. Que hay que aprovechar cada partido, cada minuto. Que lo que no se disfrute ahora, no se va a disfrutar más.
El día que debutó en un Mundial, Messi reemplazó a Maxi Rodríguez. Hoy Maxi analiza los partidos para una cadena internacional. En el medio debutaron y se retiraron jugadores que hoy son entrenadores. En sus más de veinte años de selección, Leo conoció a dos camadas. La actual está armada por jugadores que lo idolotraron de chicos. Lo tenían en el póster. Cambiaron la foto. Hoy lo tienen en el portarretratos. La admiración sigue, pero la viven a la par.
Le costaron a Messi los minutos posteriores a haber fallado el penal. Le había errado al arco por bastante. Siempre quedará aquel pasado del penal contra Islandia en 2018; desde allí, todo lo que podría haber salido mal salió peor. Tal vez a él todavía le surja esa imagen, pese a que el escenario es tan distinto entre los títulos conseguidos, la presión eliminada y la paz interna. Al regreso de la (esta vez bendita) pausa de hidratación, más de un compañero lo palmeó, lo alentó. Y en el juego, la selección empezó a imponer condiciones. Hasta que llegó el gol, que no podía tener otro autor.
Ese primer gol describió en su desarrollo la esencia del seleccionado argentino, progresión en la cancha con pelota al piso, y en su desenlace la idea de este texto: Thiago Almada, más allá de ser un jugador que busca el gol propio, había girado la cabeza antes de recibir para saber si Messi llegaba a su espalda. Con el correr del partido Lautaro Martínez, el goleador de la liga italiana, se destacaría por el sacrificio y marcar a quien tuviera cerca. Es la principal muestra de la solidaridad general. Mientras, Messi puede dosificar sus esfuerzos. En primer lugar, por una completa lectura del juego: sabe siempre qué hacer, cuándo y dónde. En segundo, por el desgaste en sí. Corrió más del 60% del partido contra Argelia en la velocidad más baja que contabiliza la FIFA en las estadísticas. Antes, que caminara la cancha le valía críticas. Hoy, unánimemente se entiende que está tomando carrera.

El equipo es más utilitario que en Qatar. Sale arremangado, valora a los rivales, tiene claro que no siempre se puede jugar a lo que quisieran. Habría que recordar, igualmente, que en los primeros dos partidos de 2022 no fluyó el fútbol. Por lo pronto, los jugadores parecen haberse tatuado el mensaje del entrenador. Lionel Scaloni ya dijo más de una vez que, para ganar un Mundial, por momentos hay que atrincherarse. Claro, el punto fuerte de la selección siempre será el dominio y la circulación. Aun en estos partidos donde hubo largos tramos en los que el equipo perdió la pelota, igualmente tuvo virtudes más allá del sacrificio y el orden. Lisandro Martínez guarda la sangre fría de siempre para buscar desde el fondo el pase más difícil y el más peligroso para el rival. Facundo Medina, la revelación de estos 180 minutos, tampoco la rifa. Alexis Mc Allister asegura que el rival va a tardar en recuperarla. Enzo Fernández maneja la pelota, las jugadas en las cuales se debe presionar y hasta los momentos en los que quiere que le hagan foul. No todo es correr, tratar de reducir espacios y aquietar el ritmo rival.
Los festejos por ahora están reservados para uno solo. A la selección obviamente le convendría que alguno de los centrodelanteros comience su racha positiva. Pero hasta que eso suceda Messi camina por encima de todo tipo de marcas. Antes de Qatar, arrastraba que no había podido convertir nunca en fases eliminatorias mundialistas; entonces se transformó en el primer jugador que convirtió en todas esas instancias (uno en octavos, uno en cuartos, otro en semifinales y dos en la final). Alguno podría haber imaginado que le iba a costar en lo físico en el actual; hasta ahora salió con la tarea cumplida en el debut y corrió 60 metros en el minuto 94 para definir el partido contra Austria. Comenzó el torneo con 38 años y a 3 goles de Miroslav Klose en la tabla histórica; esta semana cumplirá 39 y ya lo tiene dos abajo al alemán, fuera del alcance del retrovisor.
Mientras él la sigue haciendo ganadora, la selección lo arropa. En cada partido quedó demostrado. Frente a Argelia, se permitió una pequeña emoción al pensar en su papá. Tenía lógica: la persona que le chistaba para activarlo en las infantiles de Newell’s, que lo acompañó en Barcelona desde aquel exilio, que atendió la llamada de la convocatoria a “Leonardo Messi” a la selección juvenil y que siempre estuvo cerca, representándolo pero sobre todo formándolo, hoy lo sigue a la distancia. Así como se quebró, Leo enseguida siguió. Con la sonrisa que lo acompaña mientras juega en la selección. En este contra Austria, salió de la molestia del penal con un gol y un trabajo colectivo, más de cuidado que ofensivo, que lo ayudó a tomar esa última pelota. En ese momento, después de que Paredes rechazara lo que parecía el último centro, cualquiera pudo haber pensado ‘ya está’. En su casa, sabiendo que no quedaba margen para el posible empate, tal vez lo haya repetido: ‘ya está, ya está’. No estaba nada. Todavía hay tiempo para algo más.


