Jorge Messi, fallecido este sábado, fue padre, entrenador, representante y compinche de Lionel, el crack que superó a su lado todas las barreras. Supervisor de una fábrica siderúrgica, tras aprender el oficio de albañil y construir la casa familiar de Rosario, también le puso los cimientos a la maravillosa carrera de Leo: fue el principal promotor de que su hijo fuera a probarse con apenas 13 años al Barcelona de España. Allí, a la par, cimentaron un vínculo inquebrantable mucho antes de que papá Messi comenzara a gestionar los contratos, administrar el dinero y ser un consejero estratégico.
Aquella tarde de septiembre de 2000, cuando iban camino de la primera prueba en suelo catalán, la vida familiar comenzó, sin saberlo, a cambiar para siempre y la relación de padre e hijo marcó un reimpulso aún mayor en todos los aspectos. Ese chico que había sido evaluado por endocrinólogos por su preocupante baja estatura y se inyectaba él mismo en las piernas hormonas de crecimiento cada noche había crecido deportivamente con el empuje de Jorge. En el fútbol y en la vida: sus padres consiguieron costear el tratamiento a través de Barcelona, que le ofreció incorporarse a La Masía.
Atrás habían quedado sus primeros pasos en Abanderado Grandoli, el club de barrio donde Jorge había aceptado ser entrenador de la categoría 1987, la de Lionel, y estaba en curso la etapa juvenil de Newell’s, sin recursos para afrontar lo que la salud de Leo demandaba. De estar en la mira de todos por lo que generaba en una cancha a llegar a un aeropuerto en el que nadie los recibió a los dos, que viajaban por primera vez a Europa, y a Fabián Soldini, por entonces su representante. No había familiares ni choferes con carteles donde estuvieran escritos sus nombres.
Aquel período de prueba fue más extenso de lo imaginado. El trío se alojó en un hotel en el que la habitación tenía una vista impresionante de la elevación de Montjüic, así como de la antigua plaza de toros y de la fuente monumental en torno a la cual transitan coches y autobuses desde la mañana hasta la noche. El examen comenzó ese mismo día del arribo, tras llegar al entrenamiento en subte, pero la decisión final sobre si se quedaba dependía de Carlos Rexach, el secretario técnico, que estaba en los Juegos Olímpicos de Sídney y extendió su estadía un poco más. Como debía esperar a su regreso a España, el DT de las inferiores Joaquim Rifé le concedió a los Messi un permiso de tres días por semana, lunes, miércoles y jueves, para que Leo pudiera entrenarse con los jugadores del Barça de su edad. Tenía 13 años.
Retrata el libro “Messiánico” que Jorge y Leo repetían la rutina de bajar a la estación de metro Plaza de España y volvían a la superficie en la de Collblanc, la más cercana al Camp Nou. Mientras la Pulga se cambiaba, papá se quedaba con Fabián junto al terreno de juego. No hablaban ni lo animaban ruidosamente. Había una única consiga: “Jugá como sabés”. Ante rivales mayores, el día de la prueba final, marcó un gol a los Maradona y Rexach no dudó: “¡Lo fichamos ahora mismo!”. Al otro día, regresaron a Rosario y se reincorporó a Newell’s, que no sospechaba lo que se venía porque Celia, la madre, había dicho que su hijo estaba con neumonía y por eso no estaba yendo.
A comienzos de 2001, tras haber empezado la temporada con su club, los Messi tuvieron la confirmación de que lo esperaban en Barcelona. El 1° de febrero se fue toda la familia. Lionel, quien lloró mucho en el viaje, y Jorge sabían que ya no regresarían por un largo tiempo. Celia y sus otros hijos, Rodrigo, Matías y Marisol, volvieron a casa poco después, mientras el jugador crecía al lado de papá, partícipe en todo momento del avance del tratamiento -mejoró 29 centímetros en treinta meses- y de los progresos personales y deportivos. Leo hablaba poco y escuchaba mucho a Jorge, como siempre, en aquel departamento alquilado cerca del Camp Nou. Fue una base óptima para la trayectoria que construiría. “Yo siempre fui crítico conmigo, pero siempre necesité la aprobación de mi viejo, desde chiquito. Terminaba un partido y le preguntaba a él; hizo que siempre yo quiera superarme”. Al resto de la familia le costó adaptarse y la mamá y los hermanos volvieron a Rosario, y de pronto padre e hijo quedaron solos en Barcelona. Con los años, Leo puso en palabras aquellas noches: “Yo me encerraba a llorar sin que él me viera, y sé que él también lo hacía, pero trataba de que yo no me diera cuenta”. Solos, lejos, con una ilusión que por momentos era difícil de sostener.
Desde entonces, los lazos entre ellos fueron cada vez más fuertes. Incluso a la distancia, porque más adelante la Pulga se quedaba solo, mientras papá iba y venía. Y cuando Lionel era el que volvía a casa, en la adolescencia, se cumplía siempre un ritual antes del regreso a España. Una estación de servicio al costado de la Panamericana, a la altura de Campana, era el escenario en el trayecto Rosario-Ezeiza. “Siempre que voy a Europa, el viejo quiere tomar un último café para darme los últimos consejos. Encima, esta vez viajo solo… sabés cómo está toda la familia”, reconoció el futbolista a LA NACION en julio de 2005, tras el título del Mundial Sub 20 y antes de sumarse a su primera pretemporada fuerte en Barcelona. Un vínculo paternal sólido. “Es mi mejor amigo”, dijo alguna vez Leo de su papá.
Ya estaba ligado a la selección argentina, a la que llegó gracias a su propio deseo y al esmero de su papá. Antes de un amistoso en Japón, el por entonces DT de la mayor, Marcelo Bielsa, y su colaborador Claudio Vivas realizaron en octubre de 2002 una gira para visitar jugadores por el Viejo Continente. Después de una charla matutina en Barcelona con los jugadores Mauricio Pochettino y Roberto Bonano, ambos volvieron al hotel Princesa Sofía, donde en la recepción los aguardaba una cinta rotulada con el apellido Messi, que a Vivas le resultaba conocido porque en su pasado había dirigido a la categoría 1980 de Newell’s en la que se destacaba un tal Rodrigo Messi (hermano mayor de la Pulga).
Por curiosidad, vieron un compacto de 12 minutos con las imágenes de un chiquilín que hacía malabares en los potreros de la escuelita de fútbol del club leproso y también en las canchas perfectas de La Masía, en una categoría dos años más grande. Jorge Messi lo había editado en forma casera a través de un reproductor de video y una grabadora de mano. Pero no se atrevió a presentarse personalmente y eligió el anonimato. En los primeros segundos posteriores a darle play al video, Vivas se dio cuenta de que se trataba “del enano categoría 87” del que tanto le había hablado Gabriel Digerolamos, el DT de ese equipo.
El sueño parecía tomar forma porque de inmediato se activaron las gestiones. Hugo Tocalli lo recuerda con una memoria fotográfica: “Antes del Mundial Sub 17 de Finlandia, en 2003, me acercan imágenes de un chico de poca estatura, pero mucho talento”. Pero Tocalli eligió mantener la base que tenía y no innovó. Unos meses después, volvió sobre sus pasos. Julio Grondona, presidente de la AFA por entonces, escuchó a Tocalli y ordenó: “Tenemos que organizar un partido. Tenemos que hacer algo, lo que sea, y rápido”. Recordaba Jorge: “Prefería esperar un llamado de su país. No había otra opción, Leo quería jugar para la Argentina”. Se armó de apuro un amistoso con Paraguay, que lo blindó: la escena, retratada en un documental de LA NACION, ocurrió la noche del 29 de junio de 2004 en la cancha de Argentinos Juniors.
Cuando ese pibe tímido, al que sus compañeros del Sub 20 aún casi ni le conocían la voz, se perseguía con la idea de poder quedar afuera de futuras convocatorias a pesar de haber cumplido con creces en los dos partidos que se habían armado con la excusa de tenerlo para siempre, ahí estaban los padres para sostenerlo. La familia Messi jamás olvidará los días vividos en ese Sudamericano de 2005 en Colombia, el que lo aferró a la camiseta. “Mi Pulguita ya es todo un hombre”, comentaba emocionada la mamá, Celia, al ver a su hijo declarar ante la cantidad de medios que lo buscaban. “¡Cómo no estar feliz al verlo en un Sudamericano Juvenil! Es un loco del fútbol y cuando las cosas no le salen se pone de muy mal humor”, agregaba Jorge, tras el tercer puesto del equipo. Como en el plantel, también en casa Leo siempre necesitó sentirse arropado.
Luego tuvo las puertas abiertas en la selección mayor y su récord de seis Mundiales lo comenzó en Alemania 2006, a los 18 años. Debutó ante Serbia y Montenegro, jugó 16 minutos y se aproximaba el Día del Padre. Planeó un regalo especial: “Charlé un rato por teléfono y lo noté muy contento. Mi primera camiseta en Barcelona se la di a él, y esta también va a ser para mi viejo, que siempre estuvo al lado mío, que me apoyó en todo…”, confesó aquel día, feliz, en Herzogenaurach.
Ese vínculo muy cercano, la confianza y el respaldo constante se sostuvo a lo largo de toda su carrera. La voz de Leo era la de Jorge cuando había que pelear un contrato, acordar con empresas y hasta afrontar una presentación ante la Justicia. No todas fueron flores las vividas. También hubo espinas, como cuando hubo que comparecer ante la justicia española por la acusación de evadir 4,1 millones de euros entre 2007 y 2009 en la gestión de sus derechos de imagen. “De la plata se ocupa mi papá”, sintetizó Leo en ese juicio en el que recibieron una pena de 21 meses de prisión -no efectiva- que luego fue sustituida por el pago de multas económicas, en medio de un contexto de voluntad de cooperación.
Incluso antes de convertirse en leyenda, Lionel salió públicamente a defender a su padre de críticas y cuestionamientos mediáticos. “Decían que él y yo armábamos la selección, que ponía jugadores, que ponía técnicos… Lo metieron en el medio de muchísimas cosas que nada que ver. Una cosa es que lo digan de mí, que soy el jugador, pero ¿de mi viejo?”.
Sí, Jorge estuvo siempre allí. En los días felices en Barcelona, en la salida inesperada del club catalán, en su paso incómodo por Paris Saint-Germain y en la llegada a Inter Miami, donde se sacaron la última foto pública juntos, en noviembre pasado, luego de dos goles de Leo por la MLS. Incluso, claro está, en las buenas y en las malas con la selección argentina. Papá Messi siempre buscó el perfil bajo, que las luces fueran únicamente para su hijo, quien hasta evitó hacer mención a la delicada salud de Jorge mientras se jugaba el último Mundial, al que no pudo asistir.
Tras la seguidilla de títulos que, al fin, llegaron y la calma deportiva sobre todo en esta década, parece que fue otra vida. Hoy, el futbolista tiene su familia, acompaña en el crecimiento a sus hijos y asegura que lo que intenta es “copiar a mis papás en la crianza”. Queda el legado de Jorge para continuar.




