Barcelona se despidió del puntaje perfecto liguero. Nada menos que en la jornada que menos lo deseaba y esperaba, la del clásico frente a Real Madrid. En el Camp Nou, se hizo todo lo que quiso José Mourinho, el entrenador del Merengue que supo cómo jugar la previa y cómo ganarle a un rival que parecía invencible en España. Kylian Mbappé convirtió el doblete del 2-1, en los momentos más apropiados del derbi: sobre el final del primer tiempo y en el desenlace del encuentro. La Liga ahora tomó otro color.
Porque el conjunto catalán sigue liderando, pero ahora la distancia entre los dos se acortó a tres puntos (27 contra 24). Aunque en el medio de los dos quedó Atlético Madrid, con 25. Todos juntos. Eso quería Mourinho, que no se le escapara la presa. Y el día de cazarlo era hoy. Su plan salió perfecto.
Le cedió el protagonismo sin problemas, sin retrasarse excesivamente pero sí cerrando los huecos que suele aprovechar Barcelona. Algún rayo esporádico lo perforó, pero nada que lo obligara a retocar lo proyectado. Aquello lo pactó con Hansi Flick, técnico culé, con una condición: que no corrigiera las ventajas defensivas que exprimió PSG el martes -y tantos rivales del pasado- ni los retrocesos desesperados. Es que tenía las piernas frescas de Mbappé, pero también las de Yan Diomandé (ocupó el lugar del suspendido Vinícius Junior) y, sobre todo, las de un Jude Bellingham al que no se le puede descifrar qué es. Si un toro embravecido, un velocista, un idealista o, incluso, un bailarín. Porque fue todo.
Mou incluyó una sorpresa que no fue la de la fiebre que privó a Thibaut Courtois atajar. Bernardo Silva en el medio campo y Federico Valverde al lateral derecho fue una decisión que sorprendió a los expertos e hinchas cuando la noticia estaba fresca, pero tomó sentido con los minutos. El portugués fue el mosquito que fastidió a Pedri y Rodri. Y Barcelona, entonces, tuvo la pelota, pero no elaboró suelto como sabe hacerlo. Como doble castigo, buscó la pelota en su propio arco más veces de lo que lo hizo Real Madrid.
La primera, a los 40 minutos del primer tiempo. Por una casualidad: un rechace de Gerard Martín encontró las piernas de Mbappé e infló la red. Sí, de carambola, así de frío el baldazo. Y la segunda, a tres minutos del final del clásico, cuando Eduardo Camavinga se hizo indomable por derecha y le dio la definición otra vez a Kylian, aunque ahorrándole el paso de preocuparse por el arquero Joan García. Tanta concentración y lucidez explica el gol blaugrana, a los 15 del complemento: pagó cara la distracción en un tiro de esquina corto que terminó en el tanto de Raphinha, el mejor jugador del local.
Incluso, en la antesala a la entrega del Balón de Oro, que será este lunes, muchos ponían el foco en el duelo entre Lamine Yamal y Mbappé, máximos candidatos a ganarlo. Por si el clásico sirviera para aclarar alguna duda que pudiera estar sobrevolando sobre la decisión. El español va a soñar con Marc Cucurella, el compañero de selección que no le dio un centímetro de ventaja y le hizo jugar un flojo clásico. Por ese agregado, quizás, la cara disgustada de Yamal que enfocó la cámara en el final, contrastada con la sonrisa del francés. Si es uno de ellos, se verá quién es feliz en la gala de Londres.


