Cuesta abandonar los hábitos de toda una vida. Cuesta entender que el gran aliado tradicional, el que sirvió como paraguas de seguridad desde 1945, pasó a ser indiferente a la suerte de Europa. O aún peor, pasó a ser su nuevo enemigo.
Pero los dirigentes europeos, que llevan unos meses en estado de estupefacción ante las embestidas del inquilino de la Casa Blanca, empiezan a asumirlo. El paraguas se cerró.
Europa tendrá que protegerse por sus propios medios justo cuando Rusia muestra una vuelta a las tendencias expansionistas y China a intentar controlar el comercio mundial con la palanca de su potencia industrial.
La cumbre extraordinaria de este jueves en Bruselas no fue el momento de tomar decisiones porque Donald Trump anunció el miércoles en Davos que ni usaría la fuerza contra Dinamarca para hacerse con Groenlandia ni impondría aranceles a los países que habían mostrado apoyo a Dinamarca. Pero fue el momento de entender que los europeos deben pasar página.
Seguirán intentando tener las mejores relaciones posibles con Estados Unidos, incluso ratificarán el último arreglo comercial, que les impone un arancel generalizado del 15% a sus exportaciones al otro lado del Atlántico.
Dinamarca permitirá que Estados Unidos estacione más hombres en más bases en Groenlandia y los europeos se comprometerán a tener más presencia militar en el Ártico. Esperarán a que el próximo presidente estadounidense sea un poco menos heterodoxo, pero ya saben que es mejor no volver confiar en Estados Unidos.
Davos ha servido este año para hacer esa constatación y la cumbre de Bruselas de este jueves cerró el círculo. El alemán Friedrichs Merz decía desde Davos a primera hora que Estados Unidos se ha convertido al fomento de la inseguridad mundial porque no sabe cómo reaccionar ante una China cada vez más fuerte que le discute su posición de hegemón mundial.
Las tendencias aislacionistas de una parte de la derecha estadounidense completan el marco para ir hacia un mundo de esferas de influencia repartidas entre Estados Unidos, China y en menor medida Rusia. Y en ese escenario Europa es enemiga de los tres, aunque China sea sólo una amenaza comercial, no de seguridad como Rusia y Estados Unidos.
Los europeos reaccionaron a partir del pasado fin de semana. El envío de unos pocos cientos de hombres a Groenlandia fue una primera señal. No era un número suficiente para detener ninguna invasión, pero era el símbolo de que ayudarían a Dinamarca. Se trataba de encarecer cualquier intento estadounidense de hacerse con la isla danesa para provocar, si llegaba a darse, una reacción interna, sobre todo en el Congreso estadounidense. Creen que funcionó, al menos a corto plazo.
Muchos diplomáticos creen que ese movimiento de tropas fue esencial en el cambio de postura de Donald Trump, sobre todo porque llegó acompañado de unos mercados financieros que empezaron a golpear a Wall Street y a la deuda estadounidense.
Los primeros anuncios de fondos de pensiones europeos abandonando sus bonos en dólares fue la señal de que los europeos poco a poco se despertaban. Que París exigiera y Berlín no negara la activación del conocido instrumento anti-coerción, y que podría haberse aprobado en esta cumbre si Trump no frenaba, coinciden varios analistas, fue la gota que colmó el vaso e hizo recular al presidente estadounidense.
A pesar de sus declaraciones, los europeos empiezan a entender también que la OTAN entró en muerte cerebral. La primera ministra danesa Mette Frederiksen respondía tranquila a su entrada a la cumbre a una corta entrevista hasta que le preguntaron si confiaba en Estados Unidos. Dudó antes de responder.
Esa duda es el fin de la OTAN, que se asienta en la confianza absoluta entre sus miembros de que todos irán en ayuda del atacado. Y, por supuesto, que ninguno atacará nunca a otro. Europa despierta a un mundo que abandona el poco respeto que había al derecho internacional para pasar a un mundo de fuerza bruta. Y como decía el jueves Merz: “no será agradable”.



