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Lectura: el horror de quedar enterrado vivo bajo las Torres Gemelas, a 25 años del 11S
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Internacionales

el horror de quedar enterrado vivo bajo las Torres Gemelas, a 25 años del 11S

Publicado en septiembre 11, 2026 23 Lectura mínima
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Contents
De Colombia al “Sueño americano”El día fatal: «Esto es terrorismo»La llegada: «Lo que ví era guerra»El derrumbe de la primera torreEnterrados en el infiernoEl rescateLa recuperación
Paula Lugones

El cielo había amanecido azul, límpido y brillante aquella mañana típica del fin del verano en Nueva York, cuando el clima se vuelve agradable y casi perfecto. William “Will” Jimeno saltó bien temprano de la cama en su hogar en Clifton, New Jersey, se vistió con su uniforme de policía, despidió con un beso a su esposa Allison y con otro a su panza embarazada de 7 meses, y luego a su hijita Bianca, de 4 años, que seguían dormidas. Se fue a trabajar a Manhattan, como todos los días.

Pero aquella jornada luminosa y apacible, el 11 de septiembre de 2001, derivaría en pocas horas en el terror más espeluznante que haya sufrido Estados Unidos en su historia, con el ataque sincronizado con aviones secuestrados que impactaron contra las torres del World Trade Center y el Pentágono en Washington, y con otra aeronave que terminó estrellándose en Pennsylvania.

En el más mortífero atentado en el planeta, perpetrado por 19 terroristas (15 de ellos saudíes), murieron cerca de 3.000 personas, la inmensa mayoría trabajadores de las Torres Gemelas, y otras tantas sufrieron secuelas en su salud por años. Unas 25.000 personas lograron ser evacuadas, pero los edificios de más de 100 pisos terminaron derrumbándose poco después, engullendo miles de vidas.

Pero William, que con un equipo de policías había ido aquella mañana al World Trade Center para ayudar a escapar a los que habían quedado atrapados, vivió su propia película de horror: se le desplomaron las dos torres encima y estuvo enterrado durante 13 horas bajo los escombros, a 10 metros de profundidad, aplastado con un inmenso bloque de hormigón. “Will” es una de las apenas 18 personas rescatadas vivas entre las ruinas.

A 25 años de aquel día de espanto, cuenta la horrible sensación de ver a los desesperados saltar de las torres y estrellarse en el suelo; aquellas 13 horas atrapado bajo tierra, cubierto de polvo, agobiado por el dolor, el calor de las explosiones y la sed, y la pesadilla de ver morir a su amigo a su lado. También la esperanza y el milagro: cómo lo encontraron, su recuperación y los desafíos de vivir pensando todos los días en lo que pasó aquel 11 de septiembre.

Will recibió a Clarín en el escritorio de su casa en Chester, New Jersey, donde atesora en una repisa algunos retazos de la tragedia de Estados Unidos y la suya propia. Una cruz forjada con hierro de las torres, su placa de policía, la pistola que llevaba aquel día, junto con las esposas que aún están cubiertas del polvo de las torres.

De Colombia al “Sueño americano”

William “Will” Jimeno nació en Barranquilla, Colombia, y llegó a los 2 años a Estados Unidos, de la mano de su papá soldador y su mamá, maquilladora y peluquera. De chico jugaba al fútbol y miraba las series de guerra y ya entonces descubrió que su sueño era ser policía porque “quería ayudar a la gente”. A los 18 se inscribió en la Armada, donde estudió por cuatro años, y luego se formó como policía otros cuatro.

Mientras tanto, formaba una familia con Allison. Cuando tenía 24 años se casaron, tuvieron una hija, Bianca. Seis semanas antes de los ataques del 11/S compraron su primera casa porque se agrandaba la familia: Allison estaba embarazada de una segunda niña.

Will trabajaba como policía en la Port Authority Police de New York y New Jersey, que es la fuerza encargada de la seguridad de los aeropuertos, los túneles, los puentes, las terminales de ómnibus y el World Trade Center.

El día fatal: «Esto es terrorismo»

El 11 de septiembre comenzó como cualquier otro día. Will, que entonces tenía 33 años, se fue a trabajar en su horario habitual, de 7 a 15.

Cuando llegó a Manhattan, le asignaron la vigilancia en la terminal de ómnibus, en midtown. Pero enseguida lo llamaron de regreso al cuartel general. Allí los esperaba el sargento John McLoughlin, con cara muy seria. En una televisión vieron por primera vez el drama: “Una de las torres estaba en fuego, con un agujero negro, con pura candela” y un colega enseguida arriesgó: “Esto es terrorismo”.

Entonces Will llamó por teléfono a Allison y pudo conectarse. “Tuve suerte de poder avisarle que un avión había pegado en la torre porque los teléfonos estaban colapsados”.

Los subieron a todos en un ómnibus, eran unos 20, entre ellos Will, Dominick Pezzulo, Antonio Rodrígues y el sargento McLoughlin. Iban a vivir la experiencia más terrorífica de sus vidas.

El primer avión chocó la Torre Norte a las 8.46. Cuando Will estaba viajando en el ómnibus hacia el World Trade Center, el segundo avión se estrelló contra la Torre Sur. Eran las 9.03.


Will Jimeno junto a su mujer Allison y sus hijas Bianca y Olivia. Fotos: gentileza Will Jimeno.

La llegada: «Lo que ví era guerra»

El grupo arribó al sitio que ya vivía una enorme conmoción. “Lo que yo vi era guerra”, se estremece Will. Y en ese momento un compañero apuntó al horror que nunca borrará de su cabeza. “¡Están saltando!”, gritó aterrado. Will quedó en shock. “Cuando miré para arriba, del agujero grande de la primera torre, había gente saltando hacia su muerte”.

No había tiempo. El sargento Mc Loughlin les dio la orden de ingresar a las torres que arriba estaban en llamas. Allí fueron ambos, junto con Pezzulo y Rodrígues. “Empezamos a correr. Tenía miedo. Aunque había estado en la Armada, era policía y me sentía muy macho, tenía miedo. Pero seguimos para adelante”, cuenta Will.

“Ese momento fue horrible porque había partes del avión en la calle, pedazos de hormigón, miles de personas corriendo. Pero algo peor: partes de personas, brazos, piernas. Y tuvimos que correr en medio de todo eso”.

A las 9.15 ingresaron al Concourse del World Trade Center, el gran nivel comercial y de circulación subterráneo debajo de las Torres Gemelas desde donde se podía acceder a ellas. En el lugar también se encontraba una oficina de Port Authority y de allí tomaron los equipos, los tanques de oxígeno y los colocaron en un carro. Se hicieron una promesa: “Pase lo que pase, estaremos juntos”.

Había que ser valiente porque el escenario era aterrador. Will cuenta que veía gente corriendo entre cadáveres, heridos, policías que disparaban a los vidrios para que se rompieran así más gente podía salir. “Se escuchaba al hormigón cayendo, pero también otro sonido bien raro, que era el sonido de una persona cayendo. Se explotaban en la calle o caían sobre la gente que estaba corriendo. Eso era bien duro. Era horrible”.

El derrumbe de la primera torre

En medio de ese caos se encontraron con otro compañero policía, Cristopher Amoroso, que se unió al grupo de Will, Pezullo, Rodrígues y el sargento McLaughlin. “Cuando íbamos hacia la primera torre, el sargento sintió que algo pasaba, como que el suelo temblaba. Se dio cuenta de que había un problema de estructura, pero nadie pensaba que los edificios se iban a caer, nadie”.

“Entonces oímos ¡Booooom! Y veo un fuego, una bola de fuego grande como una casa y yo estaba parado ahí, aguantando mi casco, y todo moviéndose como un terremoto”.

Era la Torre Sur que se derrumbaba sobre ellos. A las 9.59.

“Empezamos a correr. Las luces se prendían y apagaban y entonces vi algo marrón: no sabía, pero era el edificio que se estaba cayendo”, se estremece Will. “Algo me levantó y me tiró a mi espalda y el hormigón empezó a caerme encima. Algo me pegó en el casco tan duro que me lo arrancó de la cabeza. Y en ese momento, me cubrí y aguanté”.

William cerró los ojos, pero pudo escuchar el sonido del mundo venirse abajo. “Fue como un millón de trenes cayéndote encima. Era como el diablo gritando y sentía que sería así para siempre”.

Entonces todo fue silencio y oscuridad.

Enterrados en el infierno

Todavía atribulado, recién varios minutos después tuvo noción del espanto: había quedado enterrado bajo 10 metros de escombros y apenas podía moverse.

“Miré para arriba y vi un agujero a lo lejos por el que entraba algo de luz. No podía ver nada, la verdad. Pero vi que un pedazo de hormigón me había caído encima y me aplastaba todo mi lado izquierdo. Solo podía usar mi mano derecha y un poquito la izquierda”, relata Will.

¿Qué había pasado con sus compañeros? El sargento no estaba herido, pero había quedado atrapado más abajo. Enseguida se escuchó su voz en la penumbra pidiendo a todos que se nombraran para saber quién estaba vivo. Will y Pezzulo gritaron sus nombres. Amoroso y Rodrígues no respondieron. “En ese momento supimos que habíamos perdido a dos compañeros. Estaban muertos”.

Quedaban solo 3 del equipo.

El panorama era dramático. El espacio era “bien, bien pequeño”, recuerda. No había casi lugar. Apenas tenía unos 45 cm sobre su cabeza. “Estuvimos respirando combustible de los aviones. Estaba todo bien caliente. Es algo que no me gustaría que otras personas sufrieran, porque era horrible, horrible”.

Ellos pensaban que además del choque con los aviones, los terroristas habían puesto una bomba. No tenían idea de que la Torre Sur se había caído encima de ellos.

Pezzulo podía moverse y, arrastrándose, intentó liberar a Will del bloque que tenía encima y no pudo. Quiso salir a buscar ayuda, pero el sargento le ordenó que antes liberara a Will. Lo intentó una y otra vez. “En un momento se sentó y dijo: ‘Will, no te puedo sacar’. Y ahí otra vez me pegó el miedo”.

Pero si ese instante era ya dramático, luego todo fue peor. “Oímos otro ¡boooom! Y dije: aquí nos morimos, voy a morir aquí”, recuerda Will.

Eran las 10.28 y se les estaba derrumbando la segunda torre encima, aunque ellos tampoco lo sabían.

“Otra vez caían escombros, yo me cubrí la cara y todos comenzamos a gritar”. Y Will atinó al lenguaje de señas de las personas sordas, un gesto que solía hacer con su familia: llevarse las manos al pecho con la frase “Te quiero”. “Puse mis manos sobre mi cuerpo y pensé: aquí me voy a morir y si me encuentran quiero que mi familia sepa que en ese momento yo estaba pensando en ellos”.

Cuando todo pareció calmarse un poco, Will se dio cuenta de que seguía vivo, pero con más dolor. El sargento estaba gritando, pero Pezzulo estaba muriéndose: le había caído un bloque de material inmenso encima y sangraba por la boca. Sabiendo que eran sus últimos minutos, sacó su arma e intentó disparar hacia el agujero para tratar de que alguien se diera cuenta de que allí abajo aún había vida. “Después de que disparó, se murió”. “Mi amigo estaba muerto a mi lado”.

El sargento le pidió a Will que se calmara, que tendría que aguantar su energía para sobrevivir, que tenían que quedarse despiertos porque si se dormían se morían. Pero a cada minuto todo se complicaba y era más aterrador. Comenzaron a ver bolas de fuego y la temperatura del lugar se elevó. La pistola que había dejado caída Pezzulo se recalentó y comenzó a dispararse sola, descontrolada, en ese pequeño espacio. “Quince balas pasaron sobre cabeza”, relata Will.

“En ese momento yo ya me quería morir. Me dije: ya he sufrido, se nos cayó el edificio, estoy con mucho dolor, cayó la bola de fuego, la pistola disparó, he perdido a mis compañeros, ya yo quería morirme”, recuerda. “Y agradecí a Dios por mi familia, por los años con mi esposa y mi hijita Bianca. Y le pedí poder ver nacer a mi hija”.

En ese instante de resignación casi mortal, Will tuvo una visión: una persona caminando hacia él con un traje blanco, sin rostro, sobre el césped, en medio de árboles y con una botella de agua en la mano. “Me dio una gran paz, un gran poder para seguir peleando”. En su delirio final, jura Will, tuvo la certeza de haber visto a Jesús.

Y esa imagen le dio una inyección inesperada: “Voy a pelear hasta que ya mi cuerpo no pueda. Si me muero, voy a morir peleando”.


Will Jimeno recibió a Clarín en su casa en Chester, New Jersey.

El rescate

A las 8 de la noche se produjo el milagro. Will escuchó una voz a los lejos: “Soy marine de los Estados Unidos. ¿Alguien escucha?”

Era David Karnes, un marine reservista, junto con un paramédico, que habían entrado por su cuenta para revisar los escombros, como voluntarios, cuando los rescatistas habían tenido que frenar por temor a los derrumbes.

“Estoy abajo, estoy abajo”, gritaba Will. Tardaron, pero finalmente lo detectaron. “Estaba nervioso, estaba feliz, todo al mismo tiempo, no podía creer que nos hubieran encontrado. Llevábamos 10 horas enterrados”.

Los rescatistas llegaron hasta Will arrastrándose. “Cuando los vi casi me dio un ataque al corazón”. Le dieron oxígeno y le pidieron que se calmara porque sacarlo llevaría tiempo. No podían levantar el bloque de hormigón que lo aplastaba. “Desesperado, les imploré: córtenme la pierna. No pierdan tiempo porque tienen que rescatar al sargento”. Ahí se dieron cuenta de que había otra persona viva.

Recién 3 horas después lograron liberar a Will y lo sacaron en camilla. Eran ya las 11 de la noche. Había estado enterrado 13 horas.

“Cuando salí de ese hoyo, sentí la brisa porque abajo estaba tan caliente”, rememora Will. “Miraba para arriba, pude ver el cielo y no los edificios y preguntaba: ¿Dónde está todo? Y entonces un bombero me dijo: las torres se cayeron”.

“En ese momento, por primera vez, lloré. No lloré cuando estaba herido, ni cuando se murieron mis compañeros. Pero sentí que había tanta gente todavía dentro de ese edificio y no pudimos salvarla. Y eso me partió el corazón”.

La recuperación

Will fue trasladado al hospital Bellevue, mientras el sargento todavía estaba allí abajo. Recién lo rescataron a las 7 de la mañana del día siguiente. Estuvo 22 horas bajo los escombros.

Will tenía la pierna izquierda en carne viva y un dolor extremo, pero recién en el hospital tomó conciencia de lo que había pasado. Estuvo al borde de la muerte. “Mi corazón se paró dos veces esa noche”, dice, aunque logró resistir.

Entubado por varios días, le sacaban piedras y sustancias tóxicas de los pulmones. El quería contar lo que les había pasado a sus compañeros. “No quería morirme sin contarlo. Era horrible porque no podía comunicarme con nadie”. Lo único que le daba algo de felicidad era que su esposa Allison, sus padres y su hermana estuvieron al lado suyo.

En 14 días soportó 12 operaciones, sobre todo para repararle los músculos en la extremidad. Y en medio del dolor tuvo una gran alegría porque un mes después, en una silla de ruedas, pudo estar en el nacimiento de su hija Olivia.

Le tomó dos años e incontables horas de rehabilitación para caminar sin ayuda. Su pierna izquierda se ve mucho más delgada y está repleta de cicatrices. “Hay días que mi pierna no anda bien, no me sirve”, dice.

Pero Will también peleaba por el estrés post traumático que sufría. “Yo había cambiado, estaba bravo, peleador, pero no me daba cuenta”. “Tenía mucha rabia por todo lo que le había pasado a nuestro país, a nuestro equipo, a mi familia”. Se dio cuenta de que necesitaba ayuda y recurrió a la terapia. “Empecé a ver que tenía que controlar mi vida. Y no dejar que la tragedia me controle”.

Entonces comenzó a contar su experiencia a los niños en las escuelas para que aprendan a afrontar y vencer los miedos. “Empecé a hablar y eso me ayudó a tener una vida más positiva. Aunque hay días difíciles por los problemas físicos, pienso que le estoy dando honor a mis compañeros que murieron”.

William escribió dos libros, con su historia y su mensaje inspirador: “Inmigrant, American, Survivor” (Inmigrante, estadounidense, sobreviviente), dedicado a los niños, y “Sunrise Through the Darkness” (Amanecer a través de la oscuridad).

A 25 años del atentado, no guarda rencor. Y quiere que el mundo sepa que, a pesar de que aquel día el horror tiñó el país y a la humanidad, lo que más vio y sintió fue amor. “Había héroes no solo en uniforme como nosotros, había civiles, gente de diferentes culturas, colores de piel, de religión y política, pero todo el mundo estaba ayudándose”.

Hoy, Will y el sargento son amigos y se ven seguido. Compartieron el terror, el dolor y también la esperanza. Se suman a ese grupo de amistad los salvadores: el marine y los rescatistas. “Los quiero mucho. Somos amigos. Somos familia”.

¿Después de la tragedia, es posible ser feliz?

«Me tomó muchos años volver a ser feliz”, reflexiona Will. “Pero tuve que trabajar para eso. Porque mucha gente se queda en esa situación, pero hay que pelear para estar feliz, por tus sueños. Y yo sé que, si vivo una vida buena, le estoy dando honor a mis compañeros que murieron ese día”.

Will continuó siendo miembro de la policía hasta 2024, cuando se retiró. No hay día, desde hace 25 años, que no piense en aquel 11 de septiembre. “Cada día que me levanto me acuerdo. Porque le doy gracias a Dios de que estoy vivo”.

En el aniversario de aquel atentado que marcó su vida, Will busca dar un mensaje al mundo: “Todos nosotros tenemos nuestras torres gemelas en la vida. Algo va a pasar, una tragedia. Lo importante es cómo sobrevives”. Para este hombre, uno de los 18 que entre decenas de miles logró salir vivo de ese horror, la vida es un milagro que debe alimentarse todos los días.

Paula Lugones

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